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La Coctelera

Las cosas que nunca mueren

Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Cine, libros, música, neurosis y confusiones mentales

21 Septiembre 2007

ese oscuro objeto del miedo

Hoy no tengo ganas de escribir sobre Suiza. De hecho, hoy no tenía ganas de venir a trabajar. Ayer tuvimos celebración familiar (mis padres cumplían 32 años de casados, lo que me recuerda que yo voy a cumplir 31), y fuimos todos a cenar a un restaurante italiano. La cena se alargó y al final nos acostamos pasadas las 1'30 de la madrugada (para mi como viene siendo habitual vaya).

Realmente me alegra ver a mis padres juntos, bien avenidos, queriéndose todavía. Hoy en día me parece todo un logro, aunque supongo que para ellos es más fácil, quizás porque se han encontrado con menos estímulos exteriores. Mi madre dejó de trabajar antes de casarse, lo que la ha llevado a llevar una vida hogareña, centrada en sus hijos y su marido. Y mi padre ha estado siempre tan perdidamente enamorado de mi madre que creo que es impensable que se hubiera fijado en otra mujer. Han crecido juntos, por el mismo camino. Ayer brindamos por ellos, por otros 32 años.

Mi hermano y yo, curiosamente, llevamos 6 años con nuestras respectivas parejas. Quizás no parezca demasiado, pero si hacemos caso de Eduard Punset acerca de que el amor dura 5 años, casi parece un logro. Creo que es cuestión de elegir bien, o de dejar que te elijan. Pero como sabe uno al principio si está eligiendo bien? sobre todo yo, que hasta me puedo equivocar de talla de zapatos. Y que me enamoro de la inteligencia. Y de los silencios que no son incómodos. Siempre me acuerdo de esa frase de Pulp Fiction sobre los silencios. Si encuentras a alguien con quien no son incómodos, sabes que puede ser especial.

Ayer, en la cena, entre charlas sobre Siria (mi cuñada es una fuente inagotable de anécdotas sobre los años que pasó allí, como por ejemplo, como les enseñaban en educación militar a montar un arma) y la nueva construcción del metro ligero, salió el tema de las adicciones. La voluntad de cada uno, la genética, la introspección. Creo que yo tengo un gen que me predispone claramente a la ganancia de peso (así que siempre tengo que hacer períodos de dieta) y un gen que me predispone a la hipocondria. Ok. Lo tolero. Pero me daría terror ser dueña de un gen que me predispusiése a la locura o una enfermedad mental. Y es que si hay algo a lo que tengo un pánico casi irracional es a sufrir de Alzheimer, o de esquizofrenia. Hay millones de enfermedades mentales curiosísimas como la negligencia hemisférica, que no es otra cosa que el deterioro de los centros visuales de un lado del cerebro que provoca que el enfermo sólo vea la mitad de las cosas. Estos pacientes sólo comen, por ejemplo, el lado izquierdo del plato, escriben en el lado izquierdo del folio o se atan sólo el zapato izquierdo. Menuda manera de ir por la vida! aunque al menos, parece inofensiva, eso sí, catastrófica si te dedicas a ser por ejemplo crítico gastronómico. O que me decis de la Ceguera al movimiento, en la que el paciente ve bien los objetos estáticos, pero no percibe el movimiento. Si echa el café en una taza, capta sin problemas la cafetera, el plato, la taza… pero el chorro aparece ante sus ojos como una columna helada e inmóvil. Se acabaron el cine, el conducir, y miles de cosas. Y luego están los transtornos específicos de algunos países o culturas, como el Koro, un tipo de trastorno mental que sólo se da en la China. El enfermo cree que su pene se va reduciendo progresivamente hasta invaginarse en el abdomen y causar la muerte. Aunque si hay uno que me impresiona, es el síndrome de Síndrome de Capgras, un trastorno de la capacidad de identificación. El paciente ve la cara de su cónyuge, por ejemplo, y está seguro de que se trata de un impostor. Parece que se debe a alguna desconexión entre el mecanismo físico del reconocimiento visual y la memoria afectiva. El sujeto ve un rostro conocido, pero no experimente las reacciones afectivas correspondientes a la visión de un ser querido, por lo que interpreta que es un impostor. Hoy he descubierto que tengo miedo a los dobles. Quizás sea consecuencia de haber re-visionado "Inseparables" la otra noche, o de que nunca me han gustado demasiado los hermanos gemelos. Me han mandado unas foto de una boda a la que estaba invitada y a la que no pude ir, y de pronto, en mitad de una de ellas, aparece una chica, con el mismo corte y color de pelo, largura, ojos rasgados, cara ovalada y boca fina. Me miro y soy yo como en un mal gesto, como captada cuando alguien me hace una foto sin darme cuenta. Incluso lleva un vestido y unos pendientes que yo podría haber elegido perfectamente. Y he sentido miedo, un miedo absurdo, irracional.

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11 Septiembre 2007

Comiendo raclette

El domingo madrugamos. Volvemos a desayunar con contudencia, hace sol, casi 29 grados, los suizos se desesperezan desayunando en las terrazas, y casi parece que desde la mesa de la cocina uno esté en un apartamento de la costa del mediterráneo.
Felipe, el primo cocinero de Krys, viene a recogernos a casa, junto con Yolanda, su novia, cordobesa de nacimiento pero que lleva vivendo en Suiza desde los siete años. Habla con una mezcla de acento andaluz y suizo que resulta entrañable. Vamos camino del cantón del Valais, ubicado en el alto valle del Ródano, en los Alpes, caracterizado por sus vinos blancos y sus altos picos. Nos abrimos paso hacia el camino de montaña de Simplon. Un par de horas después de subir, girar curvas, subir de nuevo y girar más curvas llegamos a la presa Le Grand Dixence, subimos en Funicular. Hacemos fotos y hablamos con unos turistas, que nos preguntan si somos italianos. Ellos son argentinos. Yolanda reconoce el francés canadiense, juega a adivinar de donde es cada turista. Decididamente soy una negada para los idiomas.

La temperatura aquí ha descendido unos cinco grados, el aire sobrevuela nuestras cabezas. Contemplo los parapetos instalados para contener los aludes de nieve del invierno. A la bajada, compro chicles marca Stimorol. Casi nunca los encuentro en España, y aquí son la marca por excelencia, junto con los caramelos Ricola y los Halter , especialistas en caramelos sin azúcar de sabores tan variados como Cassis, canela, o fruta de la pasión.
Hacemos el camino de regreso buscando un sitio donde degustar una excelente raclette , y al final nos decidimos por un pequeño restaurante, típicamente de montaña, con mesas y sillas de madera, manteles de papel y un delicioso olor a queso. Primero Felipe pide un entrante de carnes secas, que incluye buey y caballo. Los caballos los importan directamente de Canadá. No me disgusta pero resulta un sabor bastante fuerte, prefiero el jamón o el lomo ibérico. La raclette se come con vinagrillos, y patatas cocidas. Escogemos tomar raclette "a volunté". Vamos, que puedes comer hasta hartarte, literalmente. El matrimonio que regenta el restaurante se pone mano a mano, el marido, a preparar y cortar el queso, y la señora, a ir llenando nuestros platos. El sabor del queso junto a las patatas y la pimienta negra molida que acentúa el sabor del queso es exquisito. Después de 8 platos de ida y vuelta estoy que reviento por los cuatro costados. Nos vamos a Simplon, a una cadena de supermercados llamada Otto's en la que venden vino del Valais a un precio excepcional. Después llegamos a Lausanne, donde nos espera la tía de Krys. Visitamos la parte antigua de la ciudad, y la catedral, que tiene uno de los mayores órganos de Europa y un pórtico de alrededor de 1230 verdaderamente impresionante. Me quedo con ganas de visitar el barrio de Ouchy, que es algo así como el Borne barcelonés o el Fuencarral madrileño. Llegamos a tiempo de coger en la estación de tren el que sale a las 8 de la tarde hacia Vevey, pero lo hacemos sin billete, impelidos por Élida, la tía de Krys, que nos apremia a subir porque si no, lo perdemos. El tren bordea el lago y vemos toda la zona de viñedos históricos. Es un viaje enormemente agradable, con la luz de la puesta de sol entrando por la ventanilla, y el siempre agradable repicar del tren. Casi dan ganas de sacar la mano por la ventanilla y moverla en una imitación cualquiera de anuncio de BMW. Llegamos a la Tour de Peilz y yo todavía tengo ganas de cenar una ensalada. Cenamos en la cocina, y la conversación se alarga hasta pasadas las 12 de la noche. Mañana toca madrugar para ir a Gruyére y el Museo Giger.

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7 Septiembre 2007

Vevey y Chillon

Al día siguiente, tras haber medio dormido (siempre duermo mal la primera noche que cambio de residencia), empezamos el día con alegría, con un desayuno made in Suiza que incluye bastoncillos de mantequilla, pan Zopf, que es el pan de desayuno suizo por excelencia y que se asemeja a un bollo, mantequilla, mermeladas, jamón seco, queso vacherin y pan de ajo. Y el nesspreso con crema, ya que allí la leche apenas se utiliza. Siento que voy a reventar. El programa del día es un agradable paseo por la orilla del Lago hasta llegar a Vevey. La tía de Krys vive en La Tour de Peilz, que está contigua a Vevey, a menos de 1 km. Vive en la calle Rue du Château, una calle donde conviven talleres artesanos y cafés pequeñitos con puertas de madera. La calle desemboca en la fortaleza que alberga el Museo del Jeu, el museo del juego, y de ahí, a dos pasos, el lago. Primero vamos a una especie de "estanco" a comprar una tarjeta para el bus. Cuesta 20 francos. Un viaje de ida de La Tour de Peilz a Vevey cuesta 3'50 francos por persona. Los transportes son muy caros en Suiza, lo que extraña teniendo en cuenta que utilizar todas las autopistas del país cuesta 40 francos al año por conductor. El borde del lago está lleno de gente que desayuna, o come, mirando los cisnes y el oleaja. Porque hay oleaje. De hecho el aire huele a una mezcla salina de puerto mediterráneo y frescor de montaña. En la orilla de enfrente Francia saluda con insolencia. El paisaje es espectacular, la verdad. Los suizos parecen encantados de vivir aquí. Pasamos por delante de las oficinas de la Nestlé. Felipe, otro de los primos de Krys, que es cocinero, nos cuenta que en realidad la receta de Nestlé para el resto de los países europeos es distinta a la que emplean en Suiza. Vemos pasar barcos que hacen el recorrido entre Vevey y Lausanne, que está tan solo a unos 17 km. El sol comienza a calentar, y con él, la gente comienza a hacer footing. Me he dado cuenta de que los suizos son grandes aficionados del footing. Llegamos hasta el tenedor del lago Leman, y hasta la estatua de Chaplin.

En Vevey tomamos un helado antes de comer, y volvemos dando un paseo por el pueblo. La tía de Krys trabaja por la tarde y además los suizos comen pronto, así que sobre la 1 volvemos a casa. Después de comer tomamos el autobús hasta el Castillo de Chillon. Nuala, creo que aquí Mary Shelley escribió Frankenstein, o al menos, se inspiró en él, como apuntabas en la otra entrada. El castillo es simplemente una maravilla, tremendamente bien conservado. La entrada cuesta 18 francos, pero tardamos casi dos horas en ver todo el castillo. Parece que esté flotando en mitad del lago. A la salida, Rodrigo nos espera con el coche para dar una vuelta por los alrededores. Subimos la montaña para visitar el lugar donde trabaja Claudia, su mujer, que da clases de frances en una escuela de dirección de negocios de hostelería: la Swiss Hotel Management School. La escuela en realidad es un castillo-palacio y me quedo con la boca abierta. Pero subir todos los días hasta aquí en invierno y con nieve no debe ser tan agradecido.

A la bajada, paramos en ¡un McDonalds! Hace siglos que no piso uno pero los sobrinos de Krys (Rodrigo y Claudia tienen dos hijos, Rocío y Rodrigo Jr más conocido como "yoyo") tienen hambre. Me como una hamburguesa vegetal que parece falafel y una ensalada porque a las 7 y media de la tarde no tengo hambre, pero comer al aire libre viendo esas montañas bien merece el esfuerzo. Todavía tenemos tiempo de visitar Veytaux, el lugar donde ellos viven, y volvemos a casa donde nos ponemos morados de chocolate y Rodrigo habla de lo difícil que fue volver a Chile hace unos años tras llevar viviendo en Suiza 20 años, y de como decidieron volver de nuevo a Suiza, y del racismo creciente en el país. Juego con Yoyo a construir aviones con piezas de Lego, y cuando se marchan, veinte porciones de chocolate después, todavía tengo ganas de tomarme otro nesspreso y leer un poquito de Paralelo 42. La vida en Nueva York tampoco era fácil para un inmigrante irlandés.

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6 Septiembre 2007

Viajando a Suiza

La vuelta al trabajo tras las vacaciones siempre es dura. Pero las penas son menos si la amenizas con un buen chocolate suizo, una mermelada casera made in Logroño y un gruyere que quita el sentío.
Viajamos a Barcelona desde Zaragoza, donde Krys ya se ha instalado (por fin¡¡¡¡¡) para tomar el vuelo al día siguiente. La mañana previa al vuelo la dedicamos a últimas compras requeridas: donuts y horchata "maestro horchatero" para los primos de Krys, que nos han solicitado con insistencia. Comemos por ahí y recogemos al amigo de Krys, que viene unos días con nosotros. En el aeropuerto compramos otra tanda de regalos: camiseta del Barça color fosforito talla XXL y gorra del barça. Llevamos adoquines. Ni que decir tiene que los adoquines arrasan. El vuelo con Swiss Airlines sale a las 20'30, así que tenemos tiempo de echar un vistazo a las boutiques, a los duty free y tomar un café. Antes de embarcar pasando por el control recuerdo que metí el cortauñas en el bolso de mano porque se me olvidó meterlo en la maleta. Así que me tengo que deshacer de él ante las risas y caras de "pero mira que..." de mis acompañantes. La policía mira con curiosidad mi carnet que incorpora el chip que controlará toda mi vida. Vuelvo a sentirme encantada con el revuelo de los aeropuertos, la gente sentada al lado de esas grandes cristaleras que rodean las pistas, como balcones ingentes abocados al infinito. Quiero escribir un cuento que ocurra en un aeropuerto.
El vuelo transcurre tranquilo. Como no podía ser de otra manera, con destino a Suiza, Swiss Airlines nos obsequia con un catálogo con una gran selección de relojes, y con un bocadillo de pan bollo con una mezcla de mahonesa y mostaza, pepenillo y jamón dulce. Y una chocolatina. Pido una coke light y me la sirven con azúcar, tenía que haber pedido un jus d'orange. No vemos los Alpes porque cuando los sobrevolamos ya es completamente de noche. Deseo llegar cuanto antes para volver a tocar tierra firme. El aeropuerto de Ginebra nos recibe con 22 grados de temperatura exterior. La maleta de Xavi, nuestro amigo, no aparece junto a la nuestra. El primo de Krys, Rodrigo, que nos espera, ha trabajado durante muchos años en Air France. Se cuela y nos ayuda a hacer la reclamación. Desconocíamos que la compañía tiene la obligación de hacerte entrega de un "kit de emergencia", que contiene calzoncillo y camiseta interior con logo de Swiss, cepillo de dientes, dentífrico, peine y jabón. También le dan 100 dólares. Rodrigo está seguro de que su maleta se ha quedado en Barcelona y llegará a la mañana siguiente. Efectivamente, al día siguiente llaman desde la compañía para decir que a las 10 de la mañana la maleta de Xavi estará en Vevey. Así que no ha salido tan mal que la hayan perdido por unas horas.
Desde Ginebra hasta Vevey hay una hora y media en coche. Vamos por la autopista, bordeando el lago Leman, en plena región del Vaud, donde vivió y se quedó gente como Courbet, Kokoschka o Charlie Chaplin. un 60% del lago es suizo, y un 40% de sus aguas, son francesas. Tiene 12 km de anchura y 75 km de longitud. Es el segundo lago más grande de Europa. Bordeamos los viñedos, que llegan casi hasta la orilla, y Rodrigo nos cuenta que hace escasas semanas que han sido declarados patrimonio histórico. En realidad se llaman Terrazas de Lavaux, y datan del siglo XI. La foto del principio sirve para hacerse una idea.
Llegamos a Vevey pasadas las 12 de la noche. Todavía tenemos tiempo de disfrutar de un Nesspreso y un trozo de pastel de mantequilla. El edificio donde vive la tía de Krys es una casa antigua rehabilitada, con patio interior y terrazas llenas de tiestos con flores. Va a gustarme estar aquí.

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24 Julio 2007

Del azar y una chistera

Ayer se estrenó la serie 6 grados de separación. 3 capítulos que de momento, no pintan nada mal. La serie no habla de nada nuevo: gente que se cruza, gente que se roza y no se ve, gente que mira a otra que no le ve, gente que pasa de puntillas por la vida de otras personas, lista para chocar de frente cuando menos se lo espera.
Nada nuevo, efectivamente. Nada que Raymond Chandler, o Robert Altman, o Auster, quizás sobre todo Auster, no hayan tratado antes en sus películas, en sus novelas, seguro que experimentado en su vida diaria. Y es que las vidas de la gente efectivamente se cruzan, se desconocen pero un día impactan, colisionan, y creo que entonces podrían ser capaces de provocar toda una explosión del universo.

Siempre he sentido particular atracción por la casualidad, el azar, que no es lo mismo exactamente que el destino. El destino implica algo escrito, inexorable y a la vez inamovible. El azar es algo previo, una situación, una oportunidad, un segundo parado en muchos segundos en que tienes que tomar decisiones, aunque a veces se vean impelidas por fuerzas desconocidas. El mismo azar que hace que piense que Los amantes del círculo polar es una de las películas más bonitas que se hayan rodado. Y el mismo que me hace creer que perder un avión que luego explota en mitad del Pacífico no es mera casualidad. La misma que me hace creer que no es casualidad que una compañera nos pregunte por rutas de Cantabria, se nombren sitios determinados, y a los 10 minutos en riff aparezca un post sobre Cantabria que responde exactamente a las preguntas de esta persona. La misma que me hace creer que no es sólo casualidad que le hable a una persona de un libro extraño y muy difícil de encontrar, que esa persona viaje hasta Francia, y allí, en una de tantas librerías, encuentre ese libro, la misma edición, en castellano, listo para ser descubierto. Porque hay muchas librerías, hay muchos países, mucha gente dispuesta a comprar libros. Para Krys todo se reduce a que cuando alguien habla de algo, o te presentan a alguien "nuevo", el cerebro está más atento a percepciones. Yo creo que hay algo más, que las coordenadas espaciales y temporales son capaces de alinearse caprichosamente para hacer que pierdas un vuelo, encuentres algo en un sitio insospechado muchos años después, que la persona que se sienta de pronto una mañana a tu lado en el metro es la persona que después esa mañana te va a ofrecer el puesto de tu vida en una entrevista de trabajo, o que la persona que se sienta a tu lado en el avión tras tener que cambiar de asiento es la persona de tu vida. ¿Dónde queda ahí la mente atenta?

La Universidad de Virginia creó hace ya algún tiempo una página que recoge el espíritu de los 6 grados de separación: Seis grados de separación es la teoría de que cualquiera en la Tierra puede estar conectado a cualquier otra persona en el planeta a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cuatro intermediarios. La teoría fue inicialmente propuesta en 1929 por el escritor húngaro Frigyes Karinthy en una corta historia llamada Chains. El concepto está basado en la idea que el número de conocidos crece exponencialmente con el número de enlaces en la cadena, y sólo un pequeño número de enlaces son necesarios para que el conjunto de conocidos se convierta en la población humana entera. La Universidad de Virginia llama a su página el Oráculo de Bacon. Para resumir, el asunto consiste en enlazar dos actores de cine en menos de seis pasos. En este caso, el referente es Kevin Bacon. Se supone que en menos de 4 pasos puedes conectar a Bacon con medio mundo. Pero no sé si servirá con alguien que no sea actor, o escritor, o se mueva por ese mundo. En todo caso he hecho la prueba con Paul Auster y sólo lo separan dos grados de Kevin Bacon. Probad: http://oracleofbacon.org/. Lo increíble es que de Andrés Pajares sólo lo separan tres grados. Y si queréis más experimentos, en la página http://smallworld.columbia.edu/, podéis participar directamente de la teoría de los 6 grados de separación, en este caso, a través del correo electrónico, y quizás os pueda pasar como este chico, que forma parte del experimento:
"la persona objetivo que me ha "tocado" es Christina Garrison, una chica de 18 a 24 años que trabaja de camarera en un bar de camioneros y vive en Grand Island, Nebraska, desde 2002. Es actriz aficionada y le gusta el karaoke. Anteriormente ha vivido en los estados de Virginia e Illinois, y visita la ciudad de Nueva York muy a menudo.
La persona más cercana a Christina que conozco, y a quien le he decidido pasar "el relevo", es a Andrea, lectora de uno de mis blogs. La razón es que ella vive en Nueva York, ciudad que Christina Garrison dice visitar muy a menudo.
Espero que haya suerte y pueda dar con Christina, me encantaría que me contara un montón de peleas de camioneros borrachos."

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20 Julio 2007

Buzones

Tengo una malsana costumbre, mirar los nombres de los buzones de mis vecinos. A través de los nombres y del número de ellos que aparecen en esas plaquitas negras, se pueden saber muchas cosas. Incluso el hecho de que alguien en lugar de plaquita tenga cartelillo de papel, puede indicar que son inquilinos de alquiler, gente de paso, gente que viene y va, al que un día puedes dejar de ver simplemente.

Si un día tuviése una casa propia e independiente me compraría un buzón modelo country, color negro. En realidad, necesitaría varios buzones, rotulados de la siguiente manera:

BUZÓN 1: Deje aquí las buenas noticias, los amigos que vuelven después de años de separación, los sueldos nescafé para toda la vida, los premios literarios, las sorpresas del destino.

BUZÓN 2: Deje aquí las malas noticias, las separaciones, las muertes, los ingresos hospitalarios, los despidos, las cartas de editoriales que rechazan tu novela, los corazones rotos.

BUZÓN 3: Deje aquí esas pequeñas cosas que nos hacen perder tanto tiempo: el IBI, la declaración de la renta, los pagos de luz y de agua, el cargo de la VISA.

BUZÓN 4: Deje aquí su regalo. Esa novela de Auster que a usted ya no le apetece leer, ese cd que ya no escucha, esa piedra que encontró el verano pasado en los Ibones de Estanés.

BUZÓN 5: Deje aquí sus preocupaciones, sus dolores, sus llantos, su pena, su malhumor, su dependencia, sus complejos, sus crisis, sus inseguridades. Y pase el BUZÓN 6, está abierto, recoja las promesas, los buenos augurios, la suerte, el magnetismo, la frivolidad, la autocomplaciencia, el beneplácito, el hedonismo, la gula, la amistad.

BUZÓN 7: Éste es el buzón de las utopías y de los sueños. Está lleno a rebosar, así que tenga cuidado, sea paciente, pero inténtelo, no se rinda. No es fácil que se rompa porque está hecho de un material más duro que el resto. Lo fabrique yo misma. SUERTE.

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10 Julio 2007

Cosas por las que dar las gracias aunque estén perdidas

Cada día se hace más cuesta arriba esperar que lleguen las vacaciones. Caminar hacia la parada, saludar a los habituales, esperar que el número 44 hago el giro a la derecha. El café de la máquina, los saludos, revisar la documentación de la auditoriía. Mientras mi mente vaga. Tan pronto estoy en Finlandia (una compañera está preparando sus vacaciones) como en el Castillo de Chillon, en el que he descubierto que Gonzalo Suarez rodó "remando al viento", cuando Liz Hurley todavía no era guapa (no era tan guapa) y Hugh Grant no hacía sexo oral en los coches, sólo debajo de la mesa.

Fin de semana del Pirineos Sur. Empanadas argentinas, perros, perros-flautistas, flautistas con perro, perroflautismo vario, rayas, bongos, camisetas con mensaje. Dudo entre ir a pasar el día, por aquello de pasar un día en el Pirineo con mis amigos, o marcharme de fin de semana a tierras del Valle del Aure y Louron, en Francia, con mis padres. Me decanto por lo último. Cambiemos los mensajes de las camisetas por los de las tumbas de pueblos como Arréau. Estuve el año pasado y me pareció grandioso.

Ayer hablaba con una amiga sobre las cosas perdidas y encontradas. En este vida he perdido tres cosas insignificantes, de acuerdo, pero de las que todavía me acuerdo:

-Un jersey de Willey Fog. Podéis reiros, pero para mi era especial. Mi hermano tenía la pareja, Rigodón, y hay por ahí una foto en la que estamos de la mano, vestidos con nuestros jerseys naranjas, pantalón de chandal con raya a un lado y zapatos de suela gruesa, llenos de polvo. Tomada en la calle en la que estaba la primera casa en la que vivimos. Una foto a la que tengo enorme cariñó. Supongo que el jersey acabaría donado a la parroquia, aunque a mi me guste pensar que simplemente, desapareció.

-Un muñeco Misha de las Olimpiadas de Moscú de 1980. El osito era de goma, y se ponía en la parte de arriba de los lápices. En su barriguilla de goma tenía dibujados los aros olímpicos. Tengo grabado a fuego el recuerdo de estar haciendo los cuadernillos rubio y repitiendo mentalmente el orden y color de los aros olímpicos.

-Un collar rojo que heredé de mi abuela, de cuando era niña. Años después de que ella no lo llevase seguía conservando el olor a manzana reineta del granero en el que ella lo guardaba, junto con un montón de aperos, conservas y azafrán cuando era tiempo de recolección.

Tres cosas perdidas, que quiero recompensar con tres cosas que quiero encontrar este verano.

- El pueblo medieval de Yvoire.
- Un baño de sol en el campo de la casa de Marian, la madre de Krys.
- Un sitio donde hagan mantecados de los de antes, como se dice aquí, "revenidos".

P.D. Creo que "Abismado" no lo recoge el diccionario de la RAE, pero define el momento exacto, la sensación perfecta de quedarte encogido, cuando él o ella pasa, y te mira, o te saluda, cuando hace tiempo que no ves a alguien, y todavía se te remueve el corazón. O los dos cerebros. Gracias por la canción, aunque cantéis en español.

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6 Julio 2007

A través de la risa la vida me pide perdón

Te pido perdón por haber roto la mesa de mármol de la terraza, símbolo familiar, casi totémico, utilizándolo de balancín. Ni siquiera tengo la disculpa de que era una adolescente inconsciente.
Te pido perdón por aquella vez en que te conté que las ranas me daban miedo, sólo para que metieses tu mano dentro de mi saco de dormir para sacar aquel renacuajo, y yo aproveché para retenerla.
Te pido perdón por aquella vez en que te dije que sólo podíamos ser amigos, aun sabiendo que la culpable de todo era yo. Te pido perdón por no haber sabido ser la que querías que fuése, por no haber cantado contigo los coros de Linkin Park. Por no ser como Lara en Doctor Zhivago, por no tener su capacidad de abnegación y sufrimiento.
Te pido perdón por haber dejado que la relación de hermanas que teníamos se perdiése, se desdibujase, y que ahora seamos casi como extrañas, o como meras conocidas, algo que todavía duele más. Te pido perdón por no haber conservado la zapatilla de ballet, justificandome con la falta de espacio de mi casa, pero quiero que sepas que para mi siempre serás una artista, la Isadora Duncan de las causas perdidas, de los ballets de tercera, la reina de la pista, aunque perdieses a tu Travolta. Y que siempre serás ligera, aunque en el ballet de Nancy te dijeran que eras demasiado alta.
Te pido perdón por no haber pasado la última noche de nuestro viaje de estudios contigo, pero pensé que preferirías estar con él, arañando minutos a Bruselas y sus calles mojadas. Y a los pocos años que sin saberlo os quedaban. Te pido perdón por no haber podido despedirme de ti, por no haber ido más que en un par de ocasiones al cementerio. Tú sabes que cada vez que paso por el portal de tu casa te recuerdo, o cuando veo los billares a los que íbamos cuando faltábamos a clase en los últimos días antes de las vacaciones de verano. Os pido perdón por no haber puesto todo de mi parte.
Te pido perdón por sentirme incómoda en aquel taller que un día ibas a heredar, por corregirte, por haberte dado una segunda oportunidad. Y te pido perdón por no saludarte el último día.
Te pido perdón por no saber perder, por no poder sentirme triste siempre que tú querías, por no responder a tus llamadas.
Te pido perdón por las veces que te he podido fallar, por no ser más valiente, por no ser más arriesgada, por conformarme.
Te pido perdón por no devolverte con creces todo lo que me has dado, por ser la más fuerte, la mejor, la que no falla nunca y me levanta aunque me caiga cien veces.

Pido perdón por no ser infeliz.

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