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La Coctelera

Las cosas que nunca mueren

Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Cine, libros, música, neurosis y confusiones mentales

8 Enero 2008

La culpa fue de Haydn

El despertador no ha sonado. No hay luz en la habitación. ¿Qué hora es? ¿Qué día es?
Tardo unos minutos en darme cuenta de que no han transcurrido años desde ayer, que solamente han pasado unas horas. Las cortinas siguen cerradas, dejando tras el ventanal al resto de la humanidad. Quiero quedarme aquí un rato más, entre las sábanas, aspirando el olor a suavizante, que contrasta con el olor a tabaco que desprende mi pelo. La suavidad de las sábanas me hace pensar en la cantidad de cosas que recordamos por un sentido concreto. La voz de mi padre cuando se enfadaba. Los pliegues alrededor de la boca de mi madre cuando sonreía al ir a recogernos al colegio. El sonido del fluorescente de mi cuarto de estudiante, donde pasé tantas horas. El olor a manzana que siempre desprendía Valentina, la rugosidad de los codos de Mario, los pies hundiéndose en la nieve en aquel viaje a Dinamarca, los fuertes abrazos de mi último amante en el andén de la estación de Atocha, la cinturilla de esa falda que me aprieta, los roces buscados en el autobús de camino al trabajo, las voces monótonas que anuncian la salida de los trenes en la estación, el cerco que deja el vaso de café con leche en la mesa de mi despacho, tan perfecto, tan imperfecto, tan imperecedero.
La fiesta de ayer fue un auténtico desastre. Mi vestido de 300 euros no acabó en el suelo de un hotel caro, arrugado de cualquier manera. No hubo una habitación 305 cargada de olor a sexo, ni cristales empañados, ni tampoco sexo apresurado y doloroso en un ascensor parado entre dos pisos. Me recuerdo a mi misma sentada en el largo sofá, entre aquella gente desconocida, anónima, dormida. Mi ingenio desaparecido, sepultado por un vestido demasiado caro que me disfraza. Apenas lo vi, sepultado entre aquellas personas que no me interesaban nada, secuestrado por artistas, por lolitas treinteañeras, y sobre todo, por el tipo aquel que no se despegaba de él. Apenas pude dirigirle un par de frases estúpidas. “Estás preciosa esta noche”, me había susurrado él al llegar. “Gracias, tú también”. Me sentí increíblemente estúpida tras pronunciar aquellas palabras atropelladas. Él me había mirado, con una sonrisa irónica colgada de la boca, como analizando que había tras aquellas palabras, sopesando si merecería la pena intentar descubrir algo más de aquella amiga de su novia, de la que sólo sabía que vestía bien, que odiaba las ostras y que era una apasionada de Haydn y el rock sinfónico, que tenía en su casa un Giacometti original y que le gustaba ir sola al cine. Sintió que él miraba su nuca, que bajaba su cremallera de 300 euros con la mirada, que se detenía en el sujetador invisible, que medía su cintura con aquellos rayos X que a ella le parecían tan sexys. Desapareció entre la gente, los canapés y las charlas fútiles.
Volvió a verlo al final de la fiesta. Intercambiaron unas palabras, sus manos se rozaron en el marco de la ventana cuando él se acercó a decirle que escogiera una canción de despedida. Ella eligió, conscientemente, “L’encontro improwiso”, la ópera que sonaba en la exposición cuando los presentaron por primera vez. También fue la primera vez que el tiempo se detuvo, se hizo tan denso y tan corpóreo que pensó que podría atravesar el espacio. Durante días pensó que una enfermedad degenerativa le estaba haciendo perder visión lateral, hasta que comprendió que su mente había borrado todo lo superfluo para centrarse exclusivamente en él, y colocarlo directamente en su centro de visión. Como un disparo de precisión, una diana iluminada, un altavoz atronador resonando en su cerebro. Ni siquiera el éxtasis que había tomado ocasionalmente le había provocado una sensación tan maravillosa y tan cruel al mismo tiempo.
Vuelvo a aspirar con lujuria el olor a aquel sucedáneo del sexo que no he tenido, que quizás jamás tendré. Descorro las cortinas, y Madrid me parece sucio, caótico, como todas las copas apiladas en el fregadero de su casa, de la casa que comparte con Nuria, mi amiga, mi hermana del alma, a la que se que acabaré traicionando, a la que ya he traicionado. La culpa es de Haydn, de las malditas exposiciones del Círculo de Bellas Artes, de los cigarrillos, las películas románticas que acaban bien, de su voz, sus camisas negras y las arrugas de sus manos.
Recuerdo su mirada encendida cuando traspasé el umbral de su casa, cuando estaba esperando el ascensor, la puerta de su casa todavía abierta, despidiendo a los últimos invitados. Nuria le besa en la boca pero él me mira a mi, y el tiempo se vuelve a detener. Pero el romanticismo se ha ido a la basura, y ahora sólo queda el deseo, la urgencia de tener lo que el vestido de 300 euros no puede saciar.
Me levanto, preparo café. Destierro a Haydn al fondo de la librería, castigado por la Santa Inquisición del apartamento 12 de Recoletos 129. Y fumo, fumo mucho, fumo en blanco y negro, me fumo todos los momentos de la mañana, y luego de la tarde, y me dedico a no hacer nada, a recrearme y a retorcerme como una gata en celo agazapada en el sofá, esperando lo inevitable, esperando que el teléfono suene, y que el círculo se cierre.

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