Rendez-Vous
Hay algo reconfortante en saber que hay cosas, que nunca cambiarán. Como el olor de la cena de Nochebuena en casa de mis padres. Hay algo inherente al ser humano que le agarra insistentemente a los recuerdos antiguos, a las cosas que una vez le hicieron feliz, a la memoria impoluta y a los recuerdos idealizados.
Hace escasos días leí una interesante teoría acerca del dolor acerca de las cosas perdidas. Según este famoso antropólogo, la gente, ante la cercanía o la suposición de una ruptura, elabora un dolor más imaginario que real. La gente eleva al cubo un dolor que luego, cuando llega la ruptura, no es ni tan fuerte ni tan intenso, ni tan largo. Y que la gente predispuesta a imaginar el dolor ante una ruptura, la vive con mucho más dolor que aquellos que jamás pensaron en ella.
Así que supongo que para este señor, la clave está en no pensar jamás en aquello que no sea el presente. Deberíamos borrar entonces cualquier recuerdo que nos condicione en relaciones, afectos, vínculos sociales, en la búsqueda potencial de un trabajo, en una mudanza. Y deberíamos ser capaces de no intentar jugar con el futuro, no intentar adivinar qué va a ocurrir, no preocuparnos por lo que todavía no ha sucedido. Inevitablemente, soy de esas personas que intentan no pensar en el futuro, sobre todo, de un tiempo a esta parte, pero tampoco quiero renunciar a soñar o hacer planes.
Estos cuatro días festivos han sido días de excesos. Excesos gastronómicos, excesos de momentos familiares bien recibidos, de gastos a golpe de tarjeta, de carreras en busca de regalos. Como si la Navidad tratase de compensar la falta de tiempo, de palabras, o incluso de instantes que dejamos escapar por falta de tiempo a veces, por pereza otras, durante el resto del año.
Y ha sido un exceso de cine en versión original, variado y acertado:
En estos días he visto:
-El pájaro de la felicidad, de Pilar Miró, en el que una mujer se busca a si misma y se destapa como una mujer imperfecta y hasta de buenos sentimientos tras haber sido una hija de puta.
-No sos vos, soy yo. En el que un hombre se busca a si mismo tras la ruptura con su pareja, que le engaña con otro a los dos días de casarse. Al final el que parece encontrarse a si mismo es el psicólogo.
-Como ser John Malkovich, de Spike Jonze, en el que cada uno se busca a si mismo y es tal el caos que al final no sabe uno donde se ha metido.
-High Art, de Lisa Cholodenko, en el que una editora de fotografía y una fotógrafa acaban encontrándose a si mismas y descubriendo que las mejores fotografías son aquellas sin cualquier signo de impostura, pero en las que parezca que estás posando.
-Velvet Goldmine, donde varios personajes de nuevo se buscan a si mismos, pero todo ello adornado con brillantina y la música de T-Rex y Bowie sonando por los altavoces.
-Días de vino y rosas, de Blake Edwards, aplastante película en la que dos buenas personas se pierden y sólo una llega a encontrarse, dejando al espectador con la lágrima colgando y la sensación de que el suelo es frágil y todo lo que ha construído una persona se puede perder fácilmente por una debilidad.
Al final, todo parece ser cuestión de perderse y encontrarse. Yo todavía no sé quien soy. La bibliotecaria responsable? la impostora de escritora frustrada? la librera otra vez frustrada? la amantísima cocinera? la corredora de fondo? la hija mayor obligada a cumplir el prototipo de hermana obediente?
Viendo Retorno a Brideshead hace unos días decidí que no estaría mal ser Julia, la hermana mayor del oligofrénico Sebastian. Amada por Jeremy Irons, viviendo en una mansión con jardines y fuente con chorritos y vestida siempre a lo años 20. Y sobre todo, indolente, soñadora, y con una perpetua sonrisa en la boca. Aunque no pueda llevarle la contraria al antropólogo tocapelotas, porque cuando Julia empieza a preocuparse por el futuro, en un rendez-vous imaginario, se vuelve un ser desdichado y hace lo que mucha gente que sufre una particular enfermedad, matar el dolor antes de sentirlo. Abandona a Irons, abandona su particular sonrisa y se recompone fría como un tempano, por el miedo a sufrir, el miedo a que la felicidad se acabe, a que el suelo se hunda, a que la brillantina pierda el brillo y la música llena de energía de T-Rex se transforme en la marcha fúnebre de Chopin. Una manía de algunos seres humanos que incluso ahora, en Navidad, se resisten a abandonar.

Troutman dijo
Es gracioso que cualqueir película pueda describirse como un ceirto personaje en busca de si mismo. O si no el viaje de mengano en busca de algo (físico o etéreo). Al menos los de Murakami persiguen gatos. En el mayor problema puede surgir cuando tú ya te has localizado pero eres incapaz de alcanzarte.
Yo solo pienso en el futuro, y siempre cercano, por dos razones:
1) Obvia, cunado creo que estoy mortalmente enfermo.
2) Cuando me aburro o estoy jodido, momento en el que trato de pensar en futuros hechos divertidos o agradables
El punto 2 no funciona en conjunción con el 1.
26 Diciembre 2007 | 03:37 PM