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La Coctelera

Las cosas que nunca mueren

Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Cine, libros, música, neurosis y confusiones mentales

19 Octubre 2007

París, mon amour

Ayer por la noche volví a ver La última noche, sin duda, una de las 10 mejores películas que he visto en los últimos 5 años. Y sin embargo, el impacto fue menor. Quizás por aquello de que las primeras emociones siempre dejan un recuerdo más vivo. En un momento de la película los amigos de Monty hablan de que tras esa última noche, todo acabrá. Jamás volverán a verlo.

Hay veces en que conoces a alguien y sabes que será efímero, durará poco. La película me hizo acordarme de Isabel, una amiga de la universidad a la que hace 5 años que no veo, pero con la que me escribo cartas esporádicas.

Isabel y yo nos conocimos como se conoce mucha gente, tras años de vernos en clase, sin hablarnos, sin saber nada la una de la otra, sin saber reconocer esa conexión especial que una persona establece con un potencial amigo. Yo conocía a Pedro, amigo de Isabel, y sabía que estaba enamorado de ella, hasta los huesos. Pedro era muy alto, jugaba al baloncesto, pero sin duda, era un chico tremendamente feo, de barbilla muy pronunciada, orejas enormes, y muy desgarbado. Todo ello lo suplía con una inteligencia brillante y un sentido del humor muy rápido y bastante negro. Isabel, desconociéndolo, o sabiéndolo, ejercía de mejor amiga de Pedro, al que le contaba sus inquietudes sentimentales, destrozando el corazón del chico, que le dedicaba sus canastas en los partidos del instituto. Isabel tampoco era muy guapa, pero él la quería y eso le bastaba. Obviamente, la carrera terminó y Pedro e Isabel siguieron siendo amigos. Para entonces, ella y yo, apuntadas a un mismo curso de francés, nos habíamos hecho amigas. Isabel se marchó a trabajar al extranjero con una beca, a París, concretamente. Pedro, impulsivamente, buscó trabajo en aquella ciudad tan inhóspita como bella siguiéndola, algo que Isabel interpretó como algo ridículo e incluso agobiante. A los meses de su estancia en París, Isabel hablaba como una verdadera francesa, trabajaba como documentalista gráfica en Renault y se había enamorado de Youssef, un chico árabe que trabajaba como ingeniero en la Renault. Pedro, desesperado, me escribió un largo mail donde me contaba que Isabel se había vuelto loca, que iba a casarse con el tal Youssef y que tenía que hablar con ella. A día de hoy Isabel y Youssef llevan 5 años casados, tienen una hija y viven en Burdeos. A Pedro le ha crecido más la barbilla, si todavía era posible, está más feo, si todavía era posible, y está más solo, aunque sigue manteniendo su sentido del humor, doy fe de ello y de los monólogos que alguna vez ha desgranado en un conocido bar zaragozano.

Isabel se ha convertido en una verdadera señora francesa, mientras que mi amiga la francesa, la diseñadora industrial, sigue manteniendo su charme francés pero cada día maneja mejor la jerga maña. Creo que no va a volver a Francia, ya que el mayor vínculo que mantenía allí se llama Antonin, un imbécil redomado que la lleva a bodas en palacios y a cruceros pero que no sabe comer jamón con los dedos ni decir Saragosse. Creo que Antonin no volverá a ver a Solenn. Creo que Pedro no volverá a ver a Isabel. Creo que es posible que Solenn y Youssef se conozcan porque ella estuvo un tiempo trabajando para la Renault en París. Creo que a Pedro, le crece el mentón cada vez que pasan un documental de París en la televisión o cada vez que Isabel le manda una instantánea de La Torre Eiffel para su cumpleaños.

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