El domingo madrugamos. Volvemos a desayunar con contudencia, hace sol, casi 29 grados, los suizos se desesperezan desayunando en las terrazas, y casi parece que desde la mesa de la cocina uno esté en un apartamento de la costa del mediterráneo.
Felipe, el primo cocinero de Krys, viene a recogernos a casa, junto con Yolanda, su novia, cordobesa de nacimiento pero que lleva vivendo en Suiza desde los siete años. Habla con una mezcla de acento andaluz y suizo que resulta entrañable. Vamos camino del cantón del Valais, ubicado en el alto valle del Ródano, en los Alpes, caracterizado por sus vinos blancos y sus altos picos. Nos abrimos paso hacia el camino de montaña de Simplon. Un par de horas después de subir, girar curvas, subir de nuevo y girar más curvas llegamos a la presa Le Grand Dixence, subimos en Funicular. Hacemos fotos y hablamos con unos turistas, que nos preguntan si somos italianos. Ellos son argentinos. Yolanda reconoce el francés canadiense, juega a adivinar de donde es cada turista. Decididamente soy una negada para los idiomas.

La temperatura aquí ha descendido unos cinco grados, el aire sobrevuela nuestras cabezas. Contemplo los parapetos instalados para contener los aludes de nieve del invierno. A la bajada, compro chicles marca Stimorol. Casi nunca los encuentro en España, y aquí son la marca por excelencia, junto con los caramelos Ricola y los Halter , especialistas en caramelos sin azúcar de sabores tan variados como Cassis, canela, o fruta de la pasión.
Hacemos el camino de regreso buscando un sitio donde degustar una excelente raclette , y al final nos decidimos por un pequeño restaurante, típicamente de montaña, con mesas y sillas de madera, manteles de papel y un delicioso olor a queso. Primero Felipe pide un entrante de carnes secas, que incluye buey y caballo. Los caballos los importan directamente de Canadá. No me disgusta pero resulta un sabor bastante fuerte, prefiero el jamón o el lomo ibérico. La raclette se come con vinagrillos, y patatas cocidas. Escogemos tomar raclette "a volunté". Vamos, que puedes comer hasta hartarte, literalmente. El matrimonio que regenta el restaurante se pone mano a mano, el marido, a preparar y cortar el queso, y la señora, a ir llenando nuestros platos. El sabor del queso junto a las patatas y la pimienta negra molida que acentúa el sabor del queso es exquisito. Después de 8 platos de ida y vuelta estoy que reviento por los cuatro costados. Nos vamos a Simplon, a una cadena de supermercados llamada Otto's en la que venden vino del Valais a un precio excepcional. Después llegamos a Lausanne, donde nos espera la tía de Krys. Visitamos la parte antigua de la ciudad, y la catedral, que tiene uno de los mayores órganos de Europa y un pórtico de alrededor de 1230 verdaderamente impresionante. Me quedo con ganas de visitar el barrio de Ouchy, que es algo así como el Borne barcelonés o el Fuencarral madrileño. Llegamos a tiempo de coger en la estación de tren el que sale a las 8 de la tarde hacia Vevey, pero lo hacemos sin billete, impelidos por Élida, la tía de Krys, que nos apremia a subir porque si no, lo perdemos. El tren bordea el lago y vemos toda la zona de viñedos históricos. Es un viaje enormemente agradable, con la luz de la puesta de sol entrando por la ventanilla, y el siempre agradable repicar del tren. Casi dan ganas de sacar la mano por la ventanilla y moverla en una imitación cualquiera de anuncio de BMW. Llegamos a la Tour de Peilz y yo todavía tengo ganas de cenar una ensalada. Cenamos en la cocina, y la conversación se alarga hasta pasadas las 12 de la noche. Mañana toca madrugar para ir a Gruyére y el Museo Giger.