La vuelta al trabajo tras las vacaciones siempre es dura. Pero las penas son menos si la amenizas con un buen chocolate suizo, una mermelada casera made in Logroño y un gruyere que quita el sentío.
Viajamos a Barcelona desde Zaragoza, donde Krys ya se ha instalado (por fin¡¡¡¡¡) para tomar el vuelo al día siguiente. La mañana previa al vuelo la dedicamos a últimas compras requeridas: donuts y horchata "maestro horchatero" para los primos de Krys, que nos han solicitado con insistencia. Comemos por ahí y recogemos al amigo de Krys, que viene unos días con nosotros. En el aeropuerto compramos otra tanda de regalos: camiseta del Barça color fosforito talla XXL y gorra del barça. Llevamos adoquines. Ni que decir tiene que los adoquines arrasan. El vuelo con Swiss Airlines sale a las 20'30, así que tenemos tiempo de echar un vistazo a las boutiques, a los duty free y tomar un café. Antes de embarcar pasando por el control recuerdo que metí el cortauñas en el bolso de mano porque se me olvidó meterlo en la maleta. Así que me tengo que deshacer de él ante las risas y caras de "pero mira que..." de mis acompañantes. La policía mira con curiosidad mi carnet que incorpora el chip que controlará toda mi vida. Vuelvo a sentirme encantada con el revuelo de los aeropuertos, la gente sentada al lado de esas grandes cristaleras que rodean las pistas, como balcones ingentes abocados al infinito. Quiero escribir un cuento que ocurra en un aeropuerto.
El vuelo transcurre tranquilo. Como no podía ser de otra manera, con destino a Suiza, Swiss Airlines nos obsequia con un catálogo con una gran selección de relojes, y con un bocadillo de pan bollo con una mezcla de mahonesa y mostaza, pepenillo y jamón dulce. Y una chocolatina. Pido una coke light y me la sirven con azúcar, tenía que haber pedido un jus d'orange. No vemos los Alpes porque cuando los sobrevolamos ya es completamente de noche. Deseo llegar cuanto antes para volver a tocar tierra firme. El aeropuerto de Ginebra nos recibe con 22 grados de temperatura exterior. La maleta de Xavi, nuestro amigo, no aparece junto a la nuestra. El primo de Krys, Rodrigo, que nos espera, ha trabajado durante muchos años en Air France. Se cuela y nos ayuda a hacer la reclamación. Desconocíamos que la compañía tiene la obligación de hacerte entrega de un "kit de emergencia", que contiene calzoncillo y camiseta interior con logo de Swiss, cepillo de dientes, dentífrico, peine y jabón. También le dan 100 dólares. Rodrigo está seguro de que su maleta se ha quedado en Barcelona y llegará a la mañana siguiente. Efectivamente, al día siguiente llaman desde la compañía para decir que a las 10 de la mañana la maleta de Xavi estará en Vevey. Así que no ha salido tan mal que la hayan perdido por unas horas.
Desde Ginebra hasta Vevey hay una hora y media en coche. Vamos por la autopista, bordeando el lago Leman, en plena región del Vaud, donde vivió y se quedó gente como Courbet, Kokoschka o Charlie Chaplin. un 60% del lago es suizo, y un 40% de sus aguas, son francesas. Tiene 12 km de anchura y 75 km de longitud. Es el segundo lago más grande de Europa. Bordeamos los viñedos, que llegan casi hasta la orilla, y Rodrigo nos cuenta que hace escasas semanas que han sido declarados patrimonio histórico. En realidad se llaman Terrazas de Lavaux, y datan del siglo XI. La foto del principio sirve para hacerse una idea.
Llegamos a Vevey pasadas las 12 de la noche. Todavía tenemos tiempo de disfrutar de un Nesspreso y un trozo de pastel de mantequilla. El edificio donde vive la tía de Krys es una casa antigua rehabilitada, con patio interior y terrazas llenas de tiestos con flores. Va a gustarme estar aquí.