Día nublado. Bien. Como a mi me gustan. Siempre he confiado en los buenos presagios de los días nublados. Nubes bajas, algodonosas, enfadadas. Olor a café recién hecho. Oigo a Anna en lacocina, peleándose con los niños. Jordi grita enfadado y Elia mira seria ycallada a su hermano pequeño. Sin verlos, sé como están sentados. Anna delante del fregadero, con las manos aferradas al borde de la mesa, los nudillos blancos por la tensión. Jordi en su pequeña trona, reclamando el derecho a ser el rey de esta selva poblada de elefantes marinos. Y Elia, en su pequeña burbuja, reina, princesa de las soledades, su pelo negro y rizado cayéndole sobre los hombros.

Me quedo un buen rato sentado en el borde de la cama, con los pies metidos en las zapatillas, pero tocando el borde del suelo con los talones. Así mis pies parecen más grandes. Pienso en las noches de Atlanta, cuando Anna y yo nos conocimos. Ella cubría las retransmisiones de water-polo de la selección española para la televisión pública y yo terminaba mis estudios de doctorado sobre anatomía patológica en la universidad. Recuerdo el espasmo, el calambre, la descarga, el calor. Y esos paseos por la noche, los helados compartidos, el sexo en cualquier parte, los poemas en inglés y las improvisadas audiciones en tu apartamento de alquiler.
Recuerdo que me pareció la mujer más hermosa que había visto nunca.

Regresamos a Barcelona, juntos, sabiendo que aquí todo sería distinto. Nuevas coordenadas temporales y espaciales, obligaciones, relaciones en punto muerto. Ahora todo ha cambiado.
Miro a Anna y siento ternura, compasión, un nudo invisible que me amarra con fuerza y a la vez me repele. Veo sus caderas deformadas por los partos, las estrías cuando entra a la ducha desnuda, las arrugas que comenzaron a aparecerle debajo de los ojos desde que cumplió los 30. Sigue siendo una mujer muy guapa.
Hacer el amor con ella es como volver a casa tras un largo viaje de verano, sediento, cubierto de polvo, exhausto. Es como la sensación de sentarte en el sillón y quitarte los zapatos. Los pies por fin pueden moverse, respiran, los músculos se relajan. Pero enseguida te recuperas, y quieres volver a viajar, a ver mundo, a sentir el cansancio y el vértigo de no saber que harás mañana al
levantarte.

Hace tiempo que Anna es mi amiga, mi amante, mi mujer, pero sé que ya no es ELLA. Ya no es el sentimiento que me hacía quedarme horas pensando en la suerte que había tenido al conocerla. Me
siento culpable cuando me dice que me quiere, que sabe que eligió bien. Y yo soy un puto cobarde que ha perdido la ilusión pero no se atreve a hacer nada para cambiarlo. No es que no quiera a Anna, lo que pesa entre nosotros es mucho más que lo que nos separa, pero cada noche me cuesta más abrazarla, mirarla sin pensar que ella intuye algo en el fondo de mis ojos.

Cuando bajo a la cocina los niños han terminado de desayunar y ella me espera para marcharse con ellos y despedirse de mi. Me abraza y me susurra “gracias” al oído y se marcha, con el pelo negro suelto, con sus delgados brazos en un andar desacompasado, tan característico de ella. Miro la cocina, la mesa recogida, las tazas dentro de la fregadera, la puerta que se acaba de cerrar. Me ataca un sudor frío que me hace temblar, hasta que me tranquilizo y cojo mi bolsa y cruzo la puerta poniendo punto y final a este episodio de pánico.

El tráfico está imposible, como casi cada mañana. A la altura del cruce entre Gran Vía y la calle Balmes nos detenemos en un semáforo. Giro la vista a la izquierda y allí está de nuevo. La habré visto 3 o 4 veces en el último mes. Una moto negra, una larga pierna enfundada en unos vaqueros, pelo castaño que se escapa por debajo del casco.
Pienso en darle un pequeño golpe, así tendría que parar y al menos tendría la oportunidad de conocerla. El semáforo cambia y ella sale rápidamente, la miro perderse mientras sigo soñando con ella en mi cocina, ella con mis hijos. Me ataca de nuevo el sudor frío. Hago el resto del trayecto sintiéndome desfallecer, mareado, con la tensión por los suelos. No sé como no he provocado un accidente. Cuando detengo el coche a la entrada del hospital tengo que encender un cigarrillo y cerrar los ojos durante diez minutos. Voy al parking y
cierro el coche, ando rápidamente hasta la zona de urgencias. El resto del día transcurre en una nube.

Por la noche Anna me espera con la mesa del comedor arreglada, hay velas y flores. Me pone una copa de vino en la mano.
Me cuenta que la cadena le ha hecho una buena oferta, para las retransmisiones deportivas para los juegos olímpicos de Beijing. Hay que prepararlo con tiempo así que la requieren allí en cuanto sea posible. Sabe que yo no puedo dejar mi trabajo en el hospital, pero aún así me pide que lo considere, que pida una excedencia. Ya ha pensado que los niños podrían ir en septiembre y matricularlos en una escuela británica. Mientras voy a buscar mi chaqueta para coger un cigarrillo, pienso en todo lo que esto supone. La distancia, los malentendidos, la pereza, la falta de sexo. Una
carretera que me libera de decirle a Anna que no puedo vivir con ella. Seráfácil decir que la distancia lo ha estropeado, que me he dado cuenta de que soy feliz sin ella, de que he conocido a alguien. Pienso en las posibilidades de que la chica de la moto sea enfermera y un día la encuentre en el hospital, en que sea repartidora de pizzas a domicilio, abogada que lleve mi divorcio, agente de seguridad en el aeropuerto que despedirá a Anna, taxista que me lleve de vuelta a casa, camarera en el bar que van a abrir al lado del hospital, ponente en el congreso médico del mes que viene. Pienso en una nueva Atlanta, en paseos bajo las estrellas, en helados compartidos, en el sudor frío de la emoción, en los latidos acelerados cuando suena el teléfono. Me desplomo antes de imaginar su voz.