Diario de una guerra

21 de enero de 2007.

15 grados, sopla el viento. Noche despejada, sin nubes. Tres
cigarrillos.

Esta noche las ametralladoras no han dejado de sonar en la
parte norte de la ciudad. He decidido empezar a escribir lo que ocurre en este
lugar, supongo que como mero acto de egoísmo. Creo que es también el egoísmo lo
que me ha traído a este lugar. La gente cree que ser voluntario y marcharse a
ayudar en mitad de una guerra es un acto altruista, pero yo pienso que en todo
caso, es un acto de vanidad y de egoísmo. El egoísmo de lo útil. Un egoísmo
utilitario?

La gente aquí no tiene apenas tiempo para detenerse durante
el día, para mirarte, para reconocerte. Llevo una semana aquí y parece que ya
hubiese pasado un mes. El tiempo no pasa rápido en mitad de una guerra. El
tiempo simplemente, desaparece. Ya no está la hora del café, la hora de la
charla, la hora de ir al baño, o la hora de ir a comer. Las cosas se hacen
cuando hay tiempo, o ganas, o simplemente cuando te acuerdas. Porque aquí, se
olvida prácticamente todo. Es como si me hubiese tenido que borrar el cerebro.

Me pregunto que hará Javier, si al final esta semana habrá
mandado la solicitud para ese curso de postgrado. Lo imagino tumbado en la
cama, fumando, como yo ahora mismo. Por un momento me siento conectada al
exterior. Javier, te echo de menos, eso todavía no se me ha olvidado.

23 de enero de 2007.

Ayer no pude escribir, el viento arreció y nadie pudo
permanecer fuera de los barracones, todos tuvimos que ayudar a reforzar las estructuras.
Cenamos sopa de coliflor y salchichas frías. Una de las cocineras es de Zahara
de los Atunes, en Cádiz. Le conté que de pequeña a veces veraneábamos allí,
alojados en la misma pensión verano tras verano, dejando atrás el sofocante
calor de Madrid. En Cádiz hay buenos hospitales, quizás cuando regrese intente
hacer la residencia en el sur. Madrid es sofocante, se consume como este
cigarrillo que voy a ser incapaz de acabar. Las sirenas suenan de nuevo,
retumban, y el cigarrillo se consume. Las luces parecen semáforos que se han
quedado en ámbar, si me esfuerzo, puedo imaginar que es como ver Madrid cuando
llegas en vuelo desde Londres. Sólo que ahora no estás tú en el aeropuerto,
esperando. Y tampoco tú, Javier. ¿Estás fumando? ¿Estás ahí? La conexión se ha
perdido. Mañana intentaré acercarme al centro de la ciudad y escribirte un
correo electrónico. Estoy bien, me gusta la sensación de no saber si tengo la
cabeza en los pies o si ni siquiera tengo cabeza. Te mando un beso de humo
imaginario.

25 de enero de 2007.

12 grados, el viento ha cesado. Comienzo mi segundo
cigarrillo. Me ha venido la regla, así que de momento, no vamos a ser padres. Ni
siquiera sé si me gustaría tener un hijo tuyo. Eres frío, extraño, como una
montaña que se resiste a ser escalada. Sé que te erosiono, y eso te fastidia.
Pues fastídiate. No, mejor, ven. Ven aquí conmigo. Volaremos de nuevo a
Londres, así no tendremos que imaginar que esas luces del frente son las luces
de un Madrid nocturno de tiempos pasados. Demasiado tiempo. Demasiado poco
tiempo. Se escurrió. Aquí en cambio el tiempo pesa. La cocinera te caería bien,
es una mujer de unos 50 años, con los hijos ya en la universidad, separada,
llena de alegría. Me llama doctora, y yo le regaño. Le digo que no me llame
así, me hace sentir extraña, como si ella sintiera que mi labor es más
importante. Y yo creo que no, aquí la máxima gratitud es comer algo caliente
tras 12 horas de intenso trabajo. Ellos nos sostienen, nos dan aliento. Yo sólo
curo cuerpos, ella les da vida.