Hoy hace un frío espantoso. Un frío de los que cortan la piel. Un frío con el que no podría ni la crema anuncio este que pasan constantemente con las manos de la chica acariciando una pieza de madera a la que masturba claramente con el tacto de sus manos. Ya sabéis que extrañamente, debo pertenecer a ese 10% de la población a la que el frío en lugar de hivernar como un oso le estimula y el verano le deprime en cierto grado.
Hace unos instantes he tenido un momento extraño. Estaba mirando por la ventana y el cielo estaba blanquecino. Ha sonado un teléfono. Y por un momento he tenido un dejá-vu, que me ha alejado 5 años de golpe. Me ha recordado a uno de mis primeros días cuando llegué a este lugar. 5 años. Y otro dejá-vú. Últimamente he sufrido un montón de ellos. Supongo que es fácil porque el paisaje de la ventana sigue inamovible, no se ha transformado en todo este tiempo. No han construído nada, ningún edificio de hormigón atrapa-almas, ni el prometido parking, ni ha muerto ningún árbol. Los galgos abandonados por los cazadores de Juslibol siguen campando a sus anchas de vez en cuando. Los ingenieros del ITA abandonados por sus novias siguen viniendo a trabajar cada día. Los alumnos cada día llevan coches más espectaculares, y cada vez me parecen más jóvenes. Pero todo más o menos sigue igual. Hay algo agradable en lo que es cotidiano, en la repetición, siempre que sólo te roce y no te provoque algo parecido a un estado de narcolepsia.
Esta semana, a raíz de lo de la reclamación en la tienda he estado reflexionando. Me hace falta volver a hacer deporte. Miro las galletas con insistencia y aún no sé como no he sucumbido. Estoy estresada, y a la vez, aislada. Ni siquiera me duele la cabeza, ni tiempo para mi hipocondria. Algunos días vuelvo del trabajo andando, pero eso no es suficiente. Creo que necesito correr, sudar, o en su defecto, golpear un saco de arena. Soltar adrenalina. Hace un par de días consumí parte de mi ansiedad dándole un viaje a mi tarjeta de crédito en las rebajas. Ala, ropa interior para renovarse el cuerpo y el espíritu. Y mirones en la cola. En las tiendas tipo Women Secret, Intimissi, etc (¡viva la publicidad!), tiendas femeninas, hay dos tipos de visitantes masculinos. Los que acompañan a la novia, mujer, amiga o lo que sea, y están como intimidados por la exhibición de sujetadores, tangas y culottes, que cuando su novia les pregunta, "¿te gusta?" enrojecen y encogen los hombros deseando salir de allí y los que están en su salsa. A esos los reconozco porque son los que miran sin ningún disimulo lo que tú, que no eres su pareja, has comprado y llevas en la mano. Mi duda es qué recorre en ese momento su mente. Te imaginan con ello puesto, o tratan de saber como eres. O simplemente están hechizados por la variedad de lazos, dibujos, telas y demás de los artilugios femeninos. Sea como sea me disgustan tanto como los que se ven arrastrados a los probadores femeninos.
Al chico que miró mi ropa le dedico este pequeño cuento que escribí los días de Navidad, y que afortunadamente no trata de sujetadores.
El señor Tomura se levantó como cada día, a las 6:45 de la mañana. Apenas dejó que el despertador sonase. Tres toques. Se afeitó antes de lavarse los ojos y se peinó con agua de colonia. El sobre seguía sobre el lavabo, donde lo había dejado la noche anterior.
Después de desayunar y ponerse su kimono, se sentó en el viejo sillón de cuero, frente al ventanal. Los edificios ascendían hacia las nubes pero él, desde su planta décima, apenas alcanzaba a ver destellos de sol reflejados en las ventanas del edificio del otro lado de la calle. Rasgó el sobre con el abrecartas que había traído desde Japón. Un abrecartas en forma de espada con mango de marfil, asemejando la cola de un dragón. Era uno de aquellos objetos que hubiese podido describir con los ojos cerrados o reconocer con el tacto de un solo dedo, como un ciego es capaz de leer el braille.
El sobre era color crema, con caligrafía de tinta negra, pluma. Cursiva, letra elegante. Letra femenina sin duda. Los trazos le recordaron instantes de una vida pasada, de su casa en Kioto, de un jardín lleno de flores de la mañana, las ipomoea purpúrea, una de las flores ancestrales de Japón. Apartó los recuerdos de su mente. Las manos le temblaban mientras el papel se rasgaba y la radio cantaba una lenta melodía de los años 50. Los vecinos del apartamento de arriba iban de aquí para allá repartiendo algo de la belleza que siempre tiene un día navideño. Las primeras palabras del papel aparecieron borrosas ante su vista, de pronto cansada, de pronto miope y herida.
Pasó más de diez minutos leyendo aquella carta, dos hojas llenas de la misma caligrafía fina, delgada y elegante del sobre color crema. Su vista recorrió los apartamentos de la otra parte de la calle. De pié, miró afuera. La vida no se detenía, nunca, impasible ante las adversidades, ante los balazos y las ametralladoras de un día de 2006. Ni aunque fuese el último del año.
Jamás hubiese pensado que Claire le encontraría. Cuando abandonó Kyoto en 1980 con destino a Nueva York pensó que jamás podría olvidarla, pero el tiempo le había demostrado que todo el mundo es capaz de sobrevivir, de seguir respirando, de seguir cultivando ipomoeas purpúreas, aunque fuese desde un alfeizar y no en un jardín. La letra de Claire se había vuelto más pausada con el paso del tiempo, como si por fin, hubiese llegado al lugar donde siempre había querido estar. En su carta le explicaba que ahora vivía en Madrid. Se había casado con el dueño de una inmensa tienda de regalos de Navidad. Pensó en Claire con una nariz roja como el reno Rudolf y sonrío por un momento. Parecía feliz, medianamente feliz. Recordó el accidente, los días en el hospital, la operación de Claire. La única mano tendida a lo largo de su cuerpo, con aquel anillo azul del que jamás se había separado. El pelo de Claire, negro, sobre la nieve de la almohada de una habitación en Osaka. El dolor. Los reproches, la culpa, los silencios y los gritos. Y de nuevo, los silencios. Y luego el avión, la distancia, el olvido, las manos invisibles de Claire abrazándole alrededor de su cuello, detrás de su sillón. Claire nada le pedía en la carta, tan sólo le preguntaba si seguía recordando.
La emoción lo derrumbó y lloró como un niño.
La carta se quedó debajo del cojín del sillón de piel, y el señor Tomura volvió a su gran empresa, a sus horarios. Una tarde, al volver del despacho, mientras esperaba a un compañero en la barra de un bar con una copa, entrevió a una hermosa mujer en la neblina de humo y luces tenues. Pelo negro, delgada. Estaba pagando su copa. La mano de ella entró y salió de su bolso, revelando un anillo azul encastrado. Podría haber sido ella, la niña del jardín que siempre interrumpía a mamá cuando escribía y que jugaba a ponerse su anillo azul. Tomura le sonrió, pero ella no le devolvió la sonrisa. Cogió su bolso y su abrigo y salió a la calle, perdiéndose en la inmensidad de la Quinta Avenida. Tomura la siguió con la mirada, añorando los años perdidos, la quietud de Japón, la quietud de aquel jardín a salvo de todo.
Aquella tarde contestó a Claire, listo por fin a no seguir olvidando. Llevaba más de 20 años sin volver a mirar el viejo album de fotos, que viajó con el desde Kyoto. La caligrafía de Claire brotaba de página en página, impidiendo olvidar que aquella alguna vez había existido. Tomura fue al alfeizar de la ventana, y arrancó la flor más hermosa. No eran flores de Pascua, pero florecían por Navidad. La metió dentro del album, en aquella página en que Claire y la pequeña Naruto sonreían como si ellas sí pudiesen ver el final de aquellos rascacielos inmensos. Volvió a guardarlo en el mismo lugar. Y se sentó en el sillón de piel, con una antigua melodía de los años 50 meciéndole en el comienzo de la noche. Los vecinos volvían a hacer ruido. Volvía a estar en casa.

Me encanta el cuento para mirones, debe de ser que soy una cotilla y morbosa malsana, ejem.(je,je,je)
No, en serio, me encanta, sobre todo como está escrito, el detalle de que se peine con agua de colonia, que me parece que define perfectamente al Sr. Tamura, y que me ha hecho brotar una sonrisa, o la flor que crece en invierno primero en el jardín y luego en el alfeizar como símbolo del recuerdo...
yo creo que estas tiendas, llenas de bragas con muñecos y de "cosas monísimas" (dixit) le restan erotismo a la ropa interior
Tú lo que eres es un guarro al que le gustan las cosas rojas con ligueros y puntillas.
Buen cuento, aunque no sé hasta qué punto tiene demasiadas espectativas, líneas, inconclusas, que puede hacerlo un poco confuso. Debe ser la influencia de Ana la del taller: tanto repetirlo al final debe ser que lo interiorizo. De todas maneras lo bueno está en los detalles. Un cuento que enlaza más con la necesidad de lo cotidiano que con los mirones. Que, por cierto, no sé si existen descontando a los clásicos viejos verdes. Pero claro, no puedo meterme en la cabeza de la gente.
"Tú lo que eres es un guarro al que le gustan las cosas rojas con ligueros y puntillas."
pozí... y negras también
Lo único que le puedo criticar al cuento, que me gusta mucho, es la imagen de un señor mayor japonés llorando como un niño... No me cuadra en absoluto. No lo he visto nunca ni me acaba de parecer creíble. Sé que eres consciente de su cultura mucho más falta de manifestaciones sentimentales y que usabas esa imagen como "figura impactante" pero yo no me veo a ningún señor Tomura llorando como un niño. Como mucho una lágrima se le escaparía sin querer, no más.
Gracias a todos por los comentarios, como siempre.
Seguramente tienes razón con lo de llorar como un niño. Con lo fríos que son los orientales. Seguramente quedaría mejor que apretase una taza de té entre sus manos y la apretase tanto que esta se resquebrajase.
Tu blog el otro día no me dejaba agregar ningún comentario, guapetona.
Un beso
Muy buen cuento, me encantó la parte de las ipomeas, sobre todo por que estoy conezando un cultivo de convolvulaceae, me encantan esas flores, no solo por su belleza, sino por que las semillas te permiten llegar a un grado de introspección fabuloso. Te las recomiendo.