Últimamente me resulta muy difícil encontrar tiempo para actualizar el blog, y hasta para leer más de media hora al día. El estudio lo consume todo. Y eso me cabrea, porque me hace tener la sensación de estar perdiéndome algo grande. kafka en su orilla me mira desde su estantería, igual que la Mantícora de Davies. Por no hablar de Surik y las bostonianas de Henry James. Me dan ganas de mandar muy lejos los apuntes sobre las licencias compartidas en recursos electrónicos, el Digital Object Identifier y el G9, y cambiarlo por los amorosos brazos de esos libros que me esperan. Pero siempre he sido bastante responsable, esa maldita manía mía que hace que me responsabilice demasiado de las cosas.

Estoy descubriendo lentamente lo agradable que es vivir sin padres. Planificar tu semana en torno a tareas domésticas, a las ganas de hacer y deshacer, a estados de ánimo. Me he dado cuenta de que ya he elegido mi parte favorita del sofá. K. ha hecho lo mismo con la suya!. En la cama, cada uno duerme en el lado en el que también duerme en Barcelona, o incluso, en las camas ocasionales ocupadas en vacaciones. Ahora, durmiendo solitaria en mi habitación, elijo ese mismo lado, incapaz de ocupar el centro de esa imensa cama.

Poco a poco voy conociendo el barrio. Empiezo a reconocer a la gente que espera el bus cada día en la marquesina de la avenida. Conozco a las dos hermanas que regentan el bar que mejor hace el chocolate a la taza de todo el barrio. He aprendido a neutralizar sonidos que al principio me resultaban extraños. He dejado de escuchar el sonido del autobús, del ding-dong del ascensor en la planta séptima. Reconozco las llaves del vecino de al lado cuando llega a casa. Tiene un pésimo gusto musical, que además demuestra cantando de vez en cuando. Y tendencia a poner la televisión bastante alta, pero por lo demás no tengo ninguna queja. A veces se oye discutir a una pareja, un día por unas lentejas con poco aliño, otro porque él le hace más caso a su familia que a ella. No sé si llevan poco tiempo juntos o por el contrario están cansados de verse, pero me siento avergonzada cuando tengo que asistir al impúdico espectáculo de sus gritos.

Dicen que el hombre necesita las rutinas para sentirse seguro, y lo confirmo. Los cambios asustan, el miedo a lo desconocido asusta. El otro día, mientras K. y yo disfrutábamos del trayecto en la línea 39 de camino al barrio de Gràcia, íbamos hablando de los cambios. Le contaba el caso de una amiga de otra amiga que ha sido seleccionada por un órgano administrativo de la Unión Europea para un fantástico proyecto de dos años. Sueldazo, carreraza, y la oportunidad de vivir una experiencia que a priori, suena bien. Luxemburgo está cerca de París, de Viena, de Amasterdam. Una buena oportunidad para viajar. Aunque ella dice que ya se ha encontrado varias veces por la calle a algunos de sus compañeros de avión. Luxemburgo como ciudad meramente burocrática carece de lo que hace a las ciudades, hogares, o recuerdos. Pero son dos años, el tiempo pasa pronto. Quizás cambie al novio peruano por uno alemán, o sueco. Me arrepiento. Me arrepiento una vez más de mi enorme sentido de la responsabilidad que me llevó hace casi 8 años a rechazar la oportunidad de trabajar en París, en el Instituto Cervantes. En ese momento antepuse la relación de pareja que tenía entonces a ese exilio soñado. Ahora creo que si tuviera esa oportunidad la cogería al vuelo. Al fin y al cabo, un vuelo al mes París-Barcelona no sería tan descabellado. Y K. me apoyaría. Ahí reside parte de lo que te hace pensar que una relación puede funcionar de verdad. El otro te deja crecer, te apoya, y no tiene miedo. Al fin y al cabo una relación puede irse al traste igualmente en mitad del mar, en tierra firme o sobrevolando el infinito. O en la rutina del día a día. Será que siempre he tenido muy claro que lo que ha de suceder, sucederá igualmente. Tu pareja puede enamorarse de una francesa preciosa que aterriza en su lugar de trabajo como desenamorarse de ti porque descubre que no te cepillas los dientes durante al menos, 6 minutos seguidos. El amor puede ser infinito, o finito. Es de todo menos racional, aunque a veces sea lo más racional del mundo. Sabemos de quien nos enamoramos. Yo siempre he tenido debilidad por los hombres inteligentes y a quien pueda admirar. Pero también necesito que me admiren. Así que la racionalidad ocupa una gran parte de esa flecha que Cupido dispara despiadadamente. Yo sé que Cupido no va a disparar su flecha para que me enamore de Richi, ese artista de la chapa que tiene el taller empapelado de rubias con pechos como melones. A no ser que Richi sea listo y lea en su tiempo libre. Con lo cual, todavía no me sentiría demasiado cómoda en su taller.
Hace tiempo que no me importa reconocerlo. No somos racionales cuando estamos enamorados, pero creo que sí lo somos en el momento en que tomamos la determinación de quien nos enamoramos. Aunque tardemos años en descubrirlo.