Es inevitable hablar del paso del tiempo cuando se acercan estas fechas, arañando los últimos días del calendario al año que toca a su fin. La vida sigue, una vez más. La gente cambia, o permanece, o se aleja, o se acerca. Tus hermanos regresan, tus amistades se casan, tienen hijos, compran casas, se separan, se convierten en pareja, se hipotecan, pierden trabajos, enferman, sanan, viajan, aprenden bailes de salón. Tus padres se siguen queriendo, te acogen en su casa, tu madre sigue cocinando, tu padre sigue sin saber cocinar. Hay vacios en la mesa, en los huecos de cada día. Qué le importa eso al futuro.
El sábado hablábamos K. y yo con una amiga, la geóloga, de su miedo irracional a la muerte. Ella es fuerte y segura de sí misma, independiente. Quizás para una hipocondríaca como yo el miedo a morir debería ser más real, estar más presente, pero no es así. Yo puedo estar atenta a síntomas, ella siente pánico ante la idea de no existir. ¿Qué habrá más allá? -dice ella-.
Yo le contesto que morir debe ser como dormirse, la ausencia de todo, la nada, la inconsciencia. Una telaraña que te mece y te arrulla y te da frío, para después desaparecer. Y quizás no haya más allá, no habrá una estepa blanca donde resuenen poemas de Sylvia Plath ni canciones de Woven Hand. Ni David Edwards venga a buscarte y te tome de la mano, y te haga sentarte en un porche con balancín, mientras te esperan todos aquellos que se quedaron con el camino. Quizás la eternidad, el más allá, si existiese, nos diese la posibilidad de ser lo que no fuimos. Quizás allá escribir fuese fácil, quizás allí todo se jugaría con otras reglas, donde la constancia, o las ganas, o el deseo, contasen más que la suerte o el talento. No os riais de la idea de una estepa blanca con casas coloniales donde resuenan los ecos de Sylvia Plath. Si lo cuento así, es porque una vez soñé que era así. Soñar para saber que no será así.
Dicen que de cada persona del mundo nos separan otras seis. La teoría de los seis grados de separación. Me cuesta creer que estoy sólo a 6 personas de pongamos por ejemplo, Bush o Bill Gates. Y por otro lado, no me costaría nada creerlo. Quizás con la idea del más allá suceda lo mismo.
Hace frío, mucho frío, y aquí no llegan las luces de navidad. Por unos días no quiero pensar en el gasto energético, ni económico de la ilusión. Quiero volver a ser una niña que va por la calle con una sonrisa en la boca. Para el 2007 quiero salud, seguir cerca de los míos y capacidad de discernimiento. Quiero ser más valiente, creer más en mi misma y momentos inolvidables. Y quiero el nuevo libro de Siri Hustvedt, "Una súplica para Eros". Quiero que Carlos Lozano desaparezca de la televisión, quiero que Matías Prats revele su secreto para aparentar 46 años cuando tiene 56. Quiero un reality sobre escritores con escritores hipocondríacos y maniáticos. Quiero un viaje a Nueva York en unas aerolíneas que no acaben como Air Madrid. Quiero que a mi amiga la pintora no le encarguen más copias de Botero, al que detesto. Quiero que K. tenga su XBOX y me enseñe a jugar las tardes de invierno a juegos de estrategia. Lo quiero a él sobre todas las cosas. Quiero que mi hermano regrese a Marruecos y que Lay aprenda el grito de las bereberes. Quiero que mi amiga la francesa supere encuentre que su pareja por fin es un 100% y no un 33%. Quiero que la geóloga encuentre un trabajo en el que no tenga que analizar cementos y que la economista encuentre la paciencia para llevar mejor los envites de su suegra. Quiero hijos para los que lo desean y felicidad para todos. No renegaré del 2007 aunque me falle.

P.D. Quiero una bufanda roja para abrigar el corazón de L. Lolita. No quiero que la ternura que esconde se escape por un descosido de sus costuras.