Con la entrevista a nuestro señor alcalde nos despedimos, queridos oyentes.
Que el amor les abrace, una noche más. Hasta mañana.
Marvin cerró el micrófono, se quitó los auriculares y se recostó en la silla. Cerró los ojos durante segundos. Encendió un cigarrillo. La ceniza cayó sobre la mesa, mientras él volvía a recostarse en la silla, con los ojos abiertos esta vez.
La puerta del estudio se abrió y por ella apareció la cabeza de Antoine.
-Marvin, yo me voy ya.
-Voy a acabar este cigarrillo. No te preocupes.
-El médico te había prohibido fumar.
-La nicotina no puede matarte cuando ya estás muerto. Marvin sonrió esforzando una mueca.
-Hasta mañana Marvin.
Marvin hizo un gesto con la mano a Antoine y volvió a cerrar los ojos. Se sentía exhausto. Cuando el cigarrillo se consumió entre sus manos, recogió su abrigo, su bufanda y sus guantes y cerró la puerta del estudio. El ascensor funcionaba toda la noche. El trayecto del piso 12 a la planta baja duraba exactamente 27 segundos. 27 segundos que tardaba en ponerse el abrigo, los guantes y la bufanda, mirando en el espejo su triste estampa de hombre gris.
Saludó al conserje con un gesto de cabeza. El frío aire nocturno le golpeó con la intensidad de una despedida inesperada. La silueta de la gran torre Hellisandur apenas era perceptible para el espectador que no estuviese habituado a encontrarla en mitad de aquella explanada vacía y solitaria. Llegó al aparcamiento rápidamente, con una desagradable sensación de urgencia. El motor ronroneó suavemente y Marvin enseguida llegó a la rotonda que llevaba a la Avenida Draganjokull. De ahí a su casa todo el camino eran desvíos a la izquierda, hasta llegar a la calle de Ingolstand, una hilera de construcciones de dos plantas con un trocito de jardín. El alumbrado había sido modernizado hacía unos meses, desde entonces, su calle le parecía menos solitaria.
Los zapatos se alineaban en el hall de la casa como restos de un naufragio, pertenencias de gente que se ha arrojado por la borda olvidándolos en la cubierta. Los de Mathilde todavía permanecían allí, rozando tímidamente las botas de agua de él, las que utilizaba los días en que iba a pescar al lago Ventirkh.
Su habitación estaba en la parte de arriba, tras las 15 escaleras enmoquetadas por las que Marvin pasaba concienzudamente el aspirador dos veces a la semana. La habitación era grande, pintada en un azul petróleo. La pintó así cuando Mathilde se marchó de la casa y de su vida. Antes había sido blanca, pero pensó que entre esas paredes oscuras a él le sería más difícil encontrarse cara a cara con la tristeza. Las cortinas grises llegaban hasta el suelo, arrastrándose. Marvin solía quedarse dormido mirándolas, en la penumbra de su habitación, con la lámpara de la mesilla del lado donde Mathilde había dormido, encendida. En la pared enfrentada a las ventanas, había una fotografía de gran tamaño de Diane Arbus. Miró los zapatos de las gemelas, que seriamente le miraban desde la fotografía. La había adquirido hacía dos años, en un viaje a Canadá, cuando fueron al funeral del abuelo de Mathilde, en Vancouver. Después del funeral él había recorrido la ciudad, y en barrio céntrico encontró una tienda de láminas y fotografías, pequeña, íntima y añeja. Recorrió la tienda entera admirando las fotografías expuestas y los catálogos. Estaba a punto de marcharse cuando una lámina le miró y le disparó al corazón. “Identical twins” de Diane Arbus, leyó. Las gemelas calzaban zapatos negros, y vestido negro con cuello blanco y lazada. Tenían el pelo negro, y posaban con aire serio. Había algo doloroso en la fotografía que traspasaba el leve color sepia que intencionadamente trasladaba a las gemelas muchos años atrás. Y sin embargo Diane Arbus había hecho la fotografía en el año 2002. Se preguntó si las niñas serían quizás judías neoyorkinas. Debían contar 12 años.
Marvin la había traído a casa. Tiempo después, Mathilde se había marchado, y ellas, bautizadas como Isabella y Leonora, seguían allí, viviendo intermitentemente en el mar azul petróleo del segundo piso.
Martin se durmió mientras se acariciaba la cicatriz. Hoy le dolía, parecía que mañana el viento soplaría fuerte.
La mañana siguiente apareció fría, áspera, y con un reinante viento caprichoso. La cicatriz guerreó duramente mientras Marvin se tomaba el café en su cocina de 5 metros cuadrados, en la que tenía la impresión de tropezar consigo mismo continuamente. Su turno no comenzaba hasta las 8 de la tarde. Era lo bueno de tener un trabajo en horario nocturno. Aquella mañana decidió que llegaría hasta el centro para hacer unas compras. Al salir, volvió a mirar los zapatos de Mathilde, que le miraban de manera insultante, recordándole que ahora era un soltero con una cocina de 5 metros cuadrados. Decidió que a la vuelta, los tiraría, junto con la tostadora que ella le regaló por su último cumpleaños y que jamás había utilizado.
Recordó los meses transcurridos desde la partida de Mathilde, su adiós, su ausencia, la beatitud con que la cama le recogía aquellos días que recordaba como una neblina. Seguía tremendamente triste. La neblina era una muerte, pero esta vida errante, automática y sin sentido, era un suicidio consentido.
A las 4 de la tarde, tras hacer unas compras por el centro y comer en el chino de la calle Einstein, Marvin se dirigió a su habitual sesión de fototerapia. A Marvin, como a mucha gente en Finlandia, le habían diagnosticado Trastorno Afectivo Estacional, algo que no era extraño en Finlandia si consideramos la cantidad de horas sin sol que Marvin sufría a lo largo de varios meses. Estrés, depresión, anorexia, falta de apetito. Ya no recordaba si como cada año, esto había comenzado con la estación de la oscuridad o si era consecuencia de la ausencia de Mathilde. Marvin tenía miedo a que la luz y el sol llegasen solemnes y arrogantes y el poso de tristeza siguiese allí. Porque entonces Mathilde nunca se iría del todo, como sus zapatos.
Marvin pasaba 3 horas expuesto a una luz blanca y radiante, 2 veces por semana. Sus neurotransmisores así mejoraban poco a poco y le permitían mejorar su humor, sus ganas de trabajar, su apetito. El doctor Pascualis leía sus niveles de serotonina, y realizaba otros exámenes. Lo bombardeaba a preguntas. Le dijo a Marvin que dentro de poco podría darle el alta ambulatoria. A partir de entonces, debería seguir el tratamiento en su casa, 10 a 15 minutos los primeros días, hasta llegar a una hora de exposición lumínica. Marvin abandonaba las sesiones lleno de vitalidad y optimismo mediano, con el alma tranquila.
Días después, como le había dicho el doctor, Marvin recibió el alta ambulatoria. La lámpara ya estaba preparada en su habitación desde hacía dos días. El primer día que tuvo que utilizarla, Marvin leyó cuidadosamente las instrucciones de uso. Se sentó en la butaca que tenía en su habitación, cerró y protegió sus ojos, y se dispuso a recibir su dosis de optimismo.
Los días fueron pasando, y Marvin se sentía mejor cada día. El recuerdo de Mathilde dejó de ser una herida abierta. Ahora la recordaba como una etapa pasada de la que debía alejarse. Las horas que pasaba en casa, transcurrían con calma, con esa tranquilidad que a veces sólo da el hogar. Marvin ya no tenía miedo de estar solo. Las gemelas parecían también más contentas, aunque seguían mirando serias y al frente, como si no fuesen conscientes la una de la otra, como dos entes divididos y desconocidos.
Una mañana, paseando por las afueras de la ciudad, Marvin vio el colorido cartel que anunciaba la próxima llegada de un circo. Una extraña sensación de angustia y melancolía se apoderó de él. Sus padres nunca quisieron llevarlo al circo mientras fue pequeño. En la inmensidad de su cuarto infantil del barrio de Mäatsbunssen, mientras jugaba a ser Yuri Gagarin en la carrera espacial, Marvin soñaba con domadores de leones y funambulistas, sus preferidos. Pero sus padres nunca quisieron llevarle al circo. En su lugar, le instaron a estudiar y a ser, como decía su padre, “un ser humano social y comprometido con sus semejantes”. Mathilde alguna vez le había llevado a hacer submarinismo, como cuando estuvieron la costa azul, pero él añoraba las alturas, la sensación de vértigo que nunca había experimentado. La profundidad del mar le aterraba y hacía que Mathilde siempre le tomase el pelo. Pintar el cuarto de un azul profundo había sido también una manera de vengarse de ella, aunque no sirviese de nada, excepto para tener la posibilidad de ahogarse en la profundidad de sus paredes.
El cartel del circo le trajo todas esas emociones que él había enterrado día a día y año tras año. Su mente se trasladó a antes de ese tiempo, cuando la habitación no era tan pequeña y las risas en la habitación resonaban en toda la casa. Él siempre perdía.Y Otto siempre ganaba. Después, Otto desapareció. Su madre le obligó a borrar de su vida a ese amigo imaginario que se sentaba a su lado en la cápsula espacial. Sus padres al fin y al cabo habían sido unos buenos padres adoptivos, severos, pero afectuosos.
Los días pasaron. Marvin seguía con su terapia a domicilio. Ahora llegaba ya a los 50 minutos de exposición lumínica diaria. Se sentía feliz y tranquilo, contento consigo mismo. Pero una noche, mientras ponía un corte publicitario durante la emisión de su programa nocturno, tuvo una idea. ¿Qué ocurriría si intentaba ser feliz para siempre? ¿Qué ocurría si era tan feliz que el pasado ya no importaba? Borrar de su memoria a Otto, no volver a pensar en Mathilde, no dormirse mirando las cortinas silenciosas de la habitación azul. Borrar ese rasgo innato en él, esa predisposición del alma a la tristeza y a la introspección. Volar libre, al fin, hacia las alturas.
Esa noche salió de la Radio con paso rápido, y se metió en la cama deseando que ya fuese el día siguiente, como si la mañana siguiente fuese el primer día de su nueva vida, alquilada en unos grandes almacenes de componentes y objetos eléctricos. A la mañana siguiente, comenzó su “nueva terapia”. La lámpara no debía utilizarse más de una hora al día. Aquel día, él estuvo 1 hora y media. Por la tarde todavía no notaba nada nuevo, ningún síntoma extraño. Tan sólo tranquilidad y optimismo. A aquel día siguieron otros días, y poco a poco, Marvin fue prolongando su exposición. La radiante luz de la lámpara actuaba sobre su organismo, elevando los niveles de serotonina. Marvin temblaba, gritaba de alegría, desbordaba vitalidad y euforia. Estaba pletórico, hiperactivo, apenas dormía. Como el sueño no le vencía, alquiló en un videoclub cercano a su casa todas las películas sobre astronautas de que disponían. Reía a carcajadas.
Los compañeros de la radio estaban asombrados. Marvin estaba desconocido, hablaba sin cesar, sonreía, abrazaba y hacía regalos inesperados. Y bromeaba en el aire. Su programa comenzó poco a poco a tener más audiencia. Los huéspedes de las ondas nocturnas agradecían el humor de Marvin y poco a poco su éxito se extendía. Un día, Marvin recibió una llamada. El director general de una cadena televisiva del país le ofrecía la oportunidad de presentar un programa hecho a su medida para la franja nocturna. Después de negociar las condiciones, Marvin aceptó. Pensó en que tendría que aumentar a 4 horas su terapia.
Meses después, Marvin triunfaba con su programa nocturno televisivo. Era adorado por los telespectadores. Las llamadas de agradecimiento y de felicitación se sucedían. Una noche, al finalizar el programa, el teléfono sonó una vez más. Alguien le pasó la llamada a Marvin.
- Buenas noches. Soy Marvin Lahtí.
- Buenas noches Sr. Lahti. Me ha encantado su programa
- Gracias.
- Quería preguntarle si tendría usted inconveniente en que me acercase mañana por la noche, cuando acabe el programa, por su camerino.
- Bueno…
- Necesito hablar con usted
- ¿De qué? ¿Qué quiere de mi un desconocido?
- Si no tiene inconveniente, eso se lo diré mañana. Cuídese Marvin. ¿Le duele la cicatriz?
- Yo… hace tiempo que no… oiga, ¿cómo…? ¿sigue usted ahí?
Aquella noche, Leonora e Isabella bailaron para Marvin una danza de despedida, sin mover los pies, sin abandonar la rugosa oscuridad de su acuario. El día siguiente transcurrió como el anterior, y como el otro antes del anterior. Marvin casi había olvidado la llamada del día anterior cuando el teléfono volvió a sonar, esta vez, en su camerino.
-Marvin Lahti.
-Marvin, de nuevo soy yo.
-Hmmm… ehh… ¿es usted?
-tengo algo que contarle. Quiero verle.
- ¿Para qué?
- tengo que decírselo en persona.
-¿No será una broma?
-Le aseguro que no. Tranquilícese Marvin. No quiero hacerle daño. Nada más lejos de la realidad.
- ¿dónde quiere que nos veamos?
- En el café que hay en la calle Minskhoff. El de las persianas de madera.
-Sé cual me dice. Estaré ahí a las 6 de la tarde. Llevo un sombrero verde, me reconocerá.
-Hasta mañana Marvin.
-No me ha dicho su… ¿oiga? ¿oiga??
Marvin colgó el teléfono. No estaba asustado, pero tenía la certeza de que algo grande e irremediable iba a suceder.
El día amaneció con fuerte viento, sólido, corpóreo. A las 6 en punto de la tarde Marvin apareció en el café “Estrómboli”. Manoseaba sin cesar un klinex que había encontrado mientras recorría la larga avenida Minskhoff, a pasos largos y seguros.
Alguien tocó a Marvin en el hombro mientras él apenas se había apoyado en la barra del bar. Marvin se sobresaltó.
-Marvin.
Marvin permaneció paralizado varios segundos, mirando al hombre que seguía tocándole en el hombro. Finalmente sólo pudo balbucear unas palabras.
-No… no es posible… usted…
-Lo sé. Gemelos idénticos Marvin. Seguramente no sabías que tenías un hermano gemelo, pero yo sí. No esperaba encontrarte a estas alturas de la vida.
-Yo… perdóname. Apenas puedo reaccionar.
-Sentémonos.
Marvin pudo observar que él llevaba una larga gabardina. En el café hacía calor pero no se la quitaba. Se sentaron en una mesa cerca de una ventana.
-¿Cómo..? Dios mío, no sé por dónde comenzar a preguntar para lograr entender esto.
-Es sencillo Marvin. Nuestra madre se llamaba Mirna Markussen. El 8 de octubre de 1958 dio a luz a dos niños, en el hospital Mika Walkari. Era una madre soltera y sin recursos, así que decidió darlos en adopción. Pero fuimos adoptados por dos familias distintas. Mis padres adoptivos me contaron, muchos años después, que yo alguna vez había tenido un hermano, gemelo. Gracias a la amistad con un funcionario del Departamento de Ministerio de Salud y Familia de Reikiavikj, un alto cargo, pude acceder a la información de las circunstancias de nuestro nacimiento, y saber que habías sido adoptado por una familia de aquí. Nosotros emigramos a los Estados Unidos cuando yo tenía 4 años, debido al trabajo de mi padre, y yo regresé hace res años. Fue entonces cuando te busqué, pero en la dirección de los Lahti ya no vivía nadie.
-Mis padres murieron.
-Después de aquello simplemente deseché la idea de seguir buscando. Hasta que te vi en tu programa de televisión.
-¿Cómo te llamas?
-Albert.
-Albert.
-Yo siempre intenté imaginar cómo te llamabas. Había imaginado un nombre más fuerte.
-Bueno, creo que tú para mi siempre fuiste Otto.
-En fin… verás Albert. No sé muy bien como tomar esto, ni qué hacer a partir de ahora.
-No hagamos nada especial. Tan solo somos dos personas que ahora conocen algo que desconocían.
-¿Cómo si fuésemos dos compañeros de trabajo que comienzan a sentirse cómodos el uno con el otro?
-Por ejemplo.
-Quiero enseñarte una cosa.
Albert sacó del bolsillo de su gabardina una hoja doblada, que entregó a Marvin.
En ella pudo leer:
Mirna Markussen.
8 de octubre de 1958
Parto común de dos varones, gemelos simétricos unidos. Craneópagos
Doctor Angstell.
-¿Qué es esto?
-Esto somos nosotros. Es la inscripción del parto de nuestra madre.
-¿Gemelos unidos craneópagos?
-Sí. ¿Jamás te duele la cicatriz?
-La cicatriz… sí. La caída cuando tenía dos años, la operación.
-No hay ninguna caída Marvin. Nacimos unidos por el cráneo. Los médicos nos separaron y lograron que los dos sobreviviésemos, aunque yo perdí algo de masa encefálica. De hecho, no me apaño con los números demasiado bien, y a veces tengo lagunas y pérdida de la concepción espacial.
-Dios mío Albert.
-Lo sé.
-Supongo que por eso pensaba en ti…
-¿Qué quieres decir?
-Otto. Mi madre me obligó a olvidarte. Quizás esa materia gris quedó en mi cabeza y nos unía como un hilo invisible.
-¿Otto es un amigo imaginario?
-Otto fue siempre una sombra.
-Todos los niños que están tristes tienen a alguien.
-Todos estos años… sin saberlo…revisiones periódicas de pequeño, hasta que cumplí los 10 años. Una caída. Una caída.
-Salgamos a dar un paseo Marvin.
-Espera… ¿dónde vives? ¿a qué te dedicas? ¿Qué has hecho todos estos años?
-Te lo contaré todo, si tú quieres.
-Quiero. Mañana puedes venir a mi casa. Te apuntaré la dirección.
Vio como Albert se guardaba el pedazo de papel en el bolsillo. Se despidieron tímidamente, con un gesto parecido al que Albert había depositado en el hombro de Marvin.
Aquella noche Marvin despidió su programa como de costumbre, pero lo acompañó de un saludo especial:
-Albert, te espero mañana.
Al llegar a casa descorrió las cortinas y miró afuera largo rato. El sueño llegó enseguida. A la mañana siguiente buscó una gran caja para embalar la lámpara.

Encantador relato. Siempre tirando de abandonos y cicatrices eh? Es muy efectivo. Especialmente als imágenes de la casa y de los zapatos. Espectacular. También la fototerapia cmo droga, aunque quizás te podías extender más en la partte malsana, adictiva de la misma, aunque no sé si casaría con el relato. En cualquier caso, brillante.
Luego llega mi parte de los peros. Supongo que la estructura de los diálogos es deliverada, pero no apuntar en los mismos quién dice qué siempre me paerce peligroso. En primer lugar se puede uno perder facilemente confundiendo las palabras de un interlocutor con otro. No es el caso porque, al menos a mí, en esta cocasión, no me ha ocurrido. en segundo lugar, la lectura deviene extraordinariamente fluida, lo que puede dar lugar a que los diálogos parezcan muy dinámicos, incluso apresurados. en est caso la sensación que he obtenido es que hablan a toda hostia, lo caul es perfecto para las partes telefónicas, pero no sé si es la intención de la conversación del café. Si lo es, quizás abría que apuntarlo definiendo el personaje de Albert como un tio con una guindilla en el culo. Espero que otros lectores den su opinión al respecto porque entiendo que es ciertamente subjetivo.
Como soy muy malo, yo hubiese hecho que albert, después de la conversación, se olvide de todo debido a su maltrecho cerebro y no se vuelvan a ver.
No sé si decir que es efectivo es bueno. Quiero decir, ¿abuso demasiado de ello? Supongo que es innato en mi y me cuesta evitarlo.
Gracias por las "alabanzas". Estoy de acuerdo, para variar, en lo que dices de los diálogos. Mientras lo escribía me daba cuenta de que quizá dos personas que se acaban de conocer y con un impacto emocional tan fuerte no hablarían tan fluidamente, ni tan rápido. En cuanto a lo de señalar quien dice cada cosa, creo que aquí no se confunde, al menos para ti, pero no estaría de más decirlo verdad?
Me encanta tu idea de que Albert olvide todo por su parte dañada del cerebro y no se vuelvan a ver, pero entonces... ¿no podría haberse olvidado de Marvin a lo largo de los años? En todo caso me encanta. Me falta tu punto retorcido característico de ti. Por eso es tan sumamente agradable para mi leer vuestros relatos.
Aquí otra retorcida.
Me ha gustado mucho la historia. Supongo que escribes sobre cosas cercanas o que puedes haber experimentado porque es la mejor manera de hacerlo bien. Cuando nos metemos en camisas de once varas y sacamo temas o tonos que no nos son propios es cuando la podemos cagar más facilmente. Cada uno tenemos nuestro estilo, a mí también me pasa. Intento hacer cosas diferentes que sorprendan para ser polivalente pero acaba saliendo lo que soy, claro.
Respecto a los dialogos yo ralentizaría el último. Las réplicas y contraréplicas de frases cortas me parecen perfectas para una ágil conversación telefónica pero en la últim yo introduciría (y esto es algo totalmente personal también) acotaciones sobre la actitud, la expresión o el sentimiento de ambos. Incluso párrafos enteros de cómo, por ejemplo, uno de ellos se retuerce las manos o se toca la cicatriz con nerviosismo. Eso hace la conversación más pausada e íntima y al mismo tiempo nos dice mejor cómo se sienten.
Otra cosa es que he intuido lo del hermano siamés. No sé si la intención era que se intuyera pero las referencias a las gemelas de la foto, al circo (he pensado en las cantantes de Big Fish) y a la cicatriz me lo han dejado claro y eso ha roto el suspense del misterioso hombre que llamaba por teléfono...
¿Dices que retuerce un kleenex que ha recogido del suelo? Qué marrano, ¿no?
Yo agradezco también mucho los comentarios, te hacen ver cosas que ni se te pasaron por la cabeza. Ayudan un montón.
Me ocurre una cosa extrañísima: dejo mi comentario pero en la páginade inicio, por mucho que refresque, me ignora y sigue diciendo que sólo hay dos comentarios... ¡La coctelera me ignora!
Los leo los leo! A mi también me lo hace a veces, puñetera coctelera!
Sí, supongo que el texto da demasiadas pistas. Thanatos me hizo observar lo de las gemelas, él también es partidario de quitarlas o hacerlo menos evidente. Quizás podrían desaparecer. Pero lo de la cicatriz me gusta. El Kleenex lo encuentra en un bolsillo. Debería haber puesto que lo encuentra en el bolsillo del abrigo, es verdad, ¡Marvin, qué marrano eres hombre!
Me ha gustado mucho porque en un texto relativamente corto has dado mucha información sobre el personaje, desde su infancia hasta ese paso que él decide dar de la tristeza a la felicidad. Y tal y como ya te han dicho, lo has hecho de una manera ágil y muy fluída.
La imagen los gemelos y de la cicatriz es muy poderosa. Otras también lo son, o eso creo, como cuando pinta la habitación de azul o la de las fotografías de la casa. Quizás podrías utilizar otra imagen para explicar la tensión o el asombro que rodea a los dos hermanos en la cafeteria. Nuala, en ese sentido, te ha dao buenos consejos.
En fin, creo que tampoco he dicho ninguna novedad. Sigue jugando con los diferentes tipos de narrador, da mucho juego! : p
Muchas gracias Absence!
Un día te podrías animar a escribir algo tú también no?
Gracias por vuestros buenos consejos.
Un abrazo
Por fin he sacado un rato para imprimirlo y poder leerlo en condiciones.
Me ha parecido un texto muy ameno, quizá por su fluidez. Sé que algunos habeis apuntaod demasiada rapidez en los dialogos pero a mi no me ha resultado una rapidez forzada sino natural.
Por otra parte coincido con Absence en lo de que has logrado imagenes muy poderosas, que dotan al texto de un símbolismo muy estético.
Además me gusta mucho la idea de que quiera olvidar, ser feliz y decida darse sobredosis de fototerapia...
Por último, con respecto a la última frase he tenido que pensar durante unos segundos antes de entender que te referías a la lámpara de fototerapia, es más, al principio entendía que Marvin se mudaba a algun sitio y por eso embalaba una lámpara. Lo peor es que mi lapsus, en este caso creo que más debido a una falta de masa encefalica que a un problema de claridad dle texto, no se lo puedo achacar a una operación de separación de encéfalos con mi siamesa.
Ahora que tengo tiempo escribo algo. Básicamente lo primero que se me pasa por la cabeza.
Antes sí que escribía relatos, pero no se por qué durante la carrera dejé de hacerlo. Y ahora no tengo ganas. Cosas que pasan