Lo primero que siento al salir del hospital es que el aire puro (puro?) me marea. Los coches hacen un ruido infernal. Resulta increíble que en estas dos semanas haya aprendido a convivir con el ruido permanente de las obras de las nuevas consultas externas del hospital y sin embargo haya olvidado el ruido de los coches, los cláxones, incluso, las voces altas.

Era inevitable que mi primer post tras este paréntesis hablase del hospital, de mis miedos, de mi hipocondria, de la terrible sensación de desamparo que sientes cuando una noche sales de cena y te encuentras a las 5 de la mañana con un camisón, (de nuevo un camisón) que te han puesto del revés, una mascarilla y un gotero. Era la primera vez que me pasaba así que durante un día tuve una sensación tremendamente surrealista. Pero no voy a hablar de la comida sin sal del hospital, de lo increíblemente amables que eran todas las enfermeras, de lo horrible que es una broncoscopia o de que los pijamas de hospital producen eritema. En una habitación individual de apenas 14 metros cuadrados para lo único que tienes tiempo es para pensar, para leer, para valorar todo lo que se cierra tras una puerta que no puedes cruzar.

Es un topicazo, pero valoramos poco el estar bien, y nos quejamos de un dolor de cabeza, de un dolor de espalda. Valoramos poco la libertad. Estar casi 15 días viendo las mismas paredes me ha hecho pensar en la increíble angustia de una cadena perpetua, al igual que el tubo de la broncoscopia en las cuerdas vocales y la sensación de asfixia te hacen pensar en lo horrible que debe ser morir ahogado.

He estudiado, he leído, he visto saber y ganar mientras mi hambriento estómago comenzaba a reclamar la merienda de las 5 de la tarde. Y he recibido constantes visitas de mis padres, de mi hermano y mi cuñada, de K. cuando el pobre pudo por fin escaparse de Barcelona, tres días enteros en el hospital, de mis amigos, de compañeras de trabajo. E innumerables llamadas de teléfono. Me quedo con eso, con la parte positiva.

Ahora toca descansar, veré mi dvd de pearl Jam, escucharé la grabación del Azkena, leeré las páginas atrasadas de riff y disfrutaré de unas pequeñas vacaciones que incluyen Logroño, donde espero volver a ver a Totalín y Mr. Vitro.

Es curioso, la comida de mi madre me sabe salada, y la calle, todavía me marea. Es casi casi como un síndrome de Estocolmo, como si en el hospital se sintieses protegida y ahora tuviéses que aprender a caminar de nuevo. Con un kilo menos de peso, con un concierto perdido, con un increíble amor por la vida y por la gente. Una enfermera me dijo ayer que descubrió a Eddie Vedder en la banda sonora de Pena de Muerte. La voz más bonita, me dijo. No pude despedirme de ella.

El próximo post no hablará de enfermedades, ni de pijamas ni será sentimental, palabrita del niño Vedder.