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La Coctelera

Las cosas que nunca mueren

Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Cine, libros, música, neurosis y confusiones mentales

23 Agosto 2006

Tarjetas de visita

Agosto es un mes maldito. Cine pésimo (excepto benditas y escasas excepciones), librerías favoritas cerradas, restaurantes cerrados. Toda la ciudad tiene un cierto aire de soledad que a mi me encoge el alma y que se deja sentir en los autobuses semivacíos.
El cumpleaños de mi hermano fue el sábado pasado, así que esa semana fui a comprarle un regalo, las tragedias de Eurípides, que sabía que quería. 3 volúmenes de la editorial Cátedra como 3 soles. Él nos congratuló con una selección de pasteles dignos de un monumento. Y mi madre se lució con uno de sus famosos platos. Tomamos cava catalán y vino aragonés, confraternizando en buena armonía. Sólo faltó un plato de cuscús en honor a mi cuñada.

Aprovechando las vacaciones de mi hermano, le he pedido que ponga su talento al servicio de Quark Express o FreeHand y nos diseñe unas tarjetas de visita. Sé que es un tanto snob y quizás hasta esté anticuado, pero me gusta la idea y me gustan las tarjetas, que luego siempre pierdes y nunca encuentras. Las tarjetas me hacen pensar en American Psycho y los delirantes momentos del libro en torno a ellas, su tipografía y la calidad de su papel. Creo firmemente que las tarjetas de visita dicen mucho de una persona, aunque sea a grandes rasgos. Mi prima es extrovertida, sincera, y un tanto kitsch. Su tarjeta es como ella, libre, directa, incorrecta. Una compañera de trabajo me dio hace poco la suya cuando se cambió de casa. Tiene un bonito color sepia y una tipografía en cursiva, que parece la Century Gothic, una de mis letras favoritas. Ella es centrada, racional y muy equilibrada, aunque la cursiva le delata como un espíritu romántico. Yo jamás tendría una tarjeta de visita impresa con tipografía Comic Sans, la detesto. No entiendo el apasionamiento de la gente con esta letra.
Observar la letra favorita de la gente, el tamaño al que escribe, lo que se pide en un restaurante o el escaparate en el que se para es sólo otra forma de disección. Dejaré que mi hermano intente hacernos una radiografía emocional a K. y a mi. Al fin y al cabo, no puedo negar que me encantan los estúpidos test que arrojan cosas sobre mi que ya sé. El test del cubo, el test del árbol. Y juro y prometo que no cambio respuestas cuando un estúpido test me dice que estoy muy unida a mi madre o que soy una persona demasiado diplomática.

Juro que este invierno no me pondré leggins de esos solamente aptos para piernas perfectas, sin grasa sobrante. Así le daré en el cocoroto al test que dice que a veces me cuesta tomar la iniciativa. Yo, que en tiempos me decidí a ponerme una camiseta interior de mi abuelo como prenda exterior. Es terrible cuando veo, en las fotografías, que no dejo de parecer una niña de 15 años con camiseta color gris modelo primera guerra mundial. Nadie se dio cuenta.

Sigo leyendo La Regenta, cuando tengo tiempo. Su indecisión me pone nerviosa, si pudiese le propinaría, así, con el verbo propinar, dos tortas en su cara perfecta e inmaculada de virgen de romería. No espabila, La Regenta, con esos desvelos místicos y esa manía suya de entregar sólo su mente a la infidelidad y reservar su cuerpo a su amantísimo esposo, que no se la ha follado en los últimos años ni una sola vez. A ver quien aguanta una cosa así. Ahora sólo me falta que en la nueva colección que llega con septiembre, titulada algo así como muñecas de novela, o heroínas románticas, no lo recuerdo, y que seguro contará en su regimiento de porcelana con Madame Bovary, Anna Karenina o Lara de “El doctor Zhivago”, salga La Regenta, con su rostro de virgen de romería.

Mi última adquisición ha sido “Las bostonianas” de Henry James. Llevo unos meses en que me apetece leer literatura del siglo XIX, incluso del XVIII. Aunque también le he echado el ojo a un cómic muy apetecible y del que apenas tengo referencias, pero leí sus tres primeras páginas y creo que podría gustarme: El viaje, de Edmond Baudoin, y que básicamente se puede resumir así:
Simon es un ejecutivo parisino cuyo devenir cotidiano se rige por la rutina y los imperativos de los demás; un buen día, decide darle un vuelco a su vida y tomar un tren con destino incierto.

A quién no le gustaría hacer eso al menos una vez en su vida. La historia de Simón, el protagonista de El viaje no es sino la historia del propio Boudoin: creció en un entorno adverso para la creatividad: acuciado por apuros económicos, y muy en contra de su voluntad, aceptó un empleo de contable en la misma oficina donde trabajaba su padre; sin embargo, a finales de los años sesenta, renunció a ese puesto para entregarse por completo a sus pasiones: la pintura, el diseño y la historieta. A juzgar por su trayectoria posterior, en pocos casos como en éste esa entrega habrá sido más provechosa.

La historia de Boudoin también es, al fin y al cabo, la que muchos sólo soñamos. Y eso no lo dice ningún test raquítico y frígido.

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