Si alguien tiene el tiempo y las ganas de leerlo entero, a pesar de su extensión, lo agradeceré. Y de criticarlo. Es una primera escritura, que quiero revisar, para enviarlo a un concurso que me interesa.
Gracias de nuevo y por todo.

La casa apareció al fin tras una colina apenas salpicada por flores blancas. Azahar de las novias. Alba no pudo reprimir un pequeño suspiro que para cualquiera que la conociese minimamente, sabría que estaba compuesto de nostalgia y miedo a partes iguales. Bajó la ventanilla y sacó la mano intentando captar la tibieza del aire, y ese extraño sentimiento que dicen que arrulla a la isla volcánica de la Pantellería, apenas 83 Km cuadrados de extraño sentimiento, de casas y dammusos estremecidos por las pequeñas explosiones. La isla, colonia primero de los fenicios, los cartagineses y después los romanos, pasó en el siglo VIII a manos de los árabes. Aunque después fue ocupada por los normandos y finalmente por Italia, la tierra de aquella isla estaba llena de ciudades de evocador nombre árabe: Bugeber, Mueggen, Kamma, Gadir. Ellos iban camino de Kamma. A su lado, Martín fumaba con aire ausente, como si aquella tierra le dejase indiferente, como si la belleza le dejase totalmente indiferente. Alba sintió deseos de zarandearlo, era él quien la había arrastrado hasta allí. De pronto Martín pareció volver a la realidad, y parte de la ceniza se desprendió de la punta de su cigarrillo y aterrizó en la mano de Alba.

-¡me has quemado!

-Perdona cariño. Mira, no me digas que esto no es precioso.

-Lo es, si te gusta vivir como un muerto en vida. Podríamos perecer aquí y nadie se enteraría.

-No seas exagerada. Mira, qué luz. Lo inunda todo. Aquí no vamos a poder escondernos en la sombra, como hacíamos en Madrid. Dios, qué luz. Espero que la casa esté tan llena de luz como estos campos.

Alba no dijo nada. Siguió mirando a través de la ventanilla bajada, meciendo su mano en la tibieza del aire. Pantellería. La Pantellería. Nunca había escuchado ese nombre hasta que Martín vino una noche con una tropelía de palabras atravesadas, una cascada de desvaríos ante los que no se vio con fuerzas para defenderse. Una nube de tristeza atravesó su cerebro. En realidad, nunca había sabido defenderse de él. Se le había metido entre sus huesos como una maldita enfermedad, un mal sistémico que poco a poco la minaba, con sus caprichos, con su absoluta dependencia de ella, de que ella le adorase con un amor de madre y amante que la dejaba absolutamente exhausta. Martín y su egoísmo, su carácter infantil, su torpeza y sus complejos. Martín y su genialidad, su sexualidad y aquel don invisible que hacía que la gente se volviese a mirarlo. Así era Martín. Hubo un tiempo en que ella había luchado contra la fiebre, los dolores y las bajas emocionales, pero se había rendido. Era más fuerte que ella, más fuerte que todos los antipiréticos, antihistamínicos y antibióticos emocionales con los que ella luchase. Pero algo se había resquebrajado.

Hacía alrededor de un mes que Alba Martínez, la famosa pintora, había inaugurado su última exposición en El Círculo de Bellas Artes de Madrid. Una exposición fraguada en unos meses de aletargo emocional, de crisis, de reencuentro con sus deseos. Y el malhumor de Martín, acechando implacable cuando ella regresaba cada noche del estudio. Pero la obra había salido adelante, y a pesar de que era oscura y ponía de manifiesto una crisis existencial y vital, Alba creía firmemente que era su obra más madura, fruto de un embarazo de más de 6 meses, de largos silencios, de tardes enteras sin pintar absolutamente nada, pensando en Martín, en sus ojos, en la desesperanza de él. A él le había dedicado siempre su obra, y esta vez no era una excepción. Quizás por eso, cuando la crítica fue tan despiadada, ella sintió que aquel vínculo con Martín realmente se rompía, no era tan sólo un arañazo superficial.

“Alba Martínez da un giro a su pintura y se aleja de las emociones”.
Alba Martínez inauguró ayer, 13 de julio, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, la exposición “Átomos”.
Alba Martínez, 38 años, madrileña, presentó ayer su quinta exposición en la capital, desconcertando a la crítica con una serie de pinturas que pierden su sensibilidad infantil y un tanto naif que tanto nos gustaba. Alba sale del bosque mágico de la pintura despierta y llena de sensibilidad cuasi adolescente para adentrarse en un mundo de líneas transversales y seres inertes que no dejan resquicio a la capacidad de sorpresa.

La crítica continuaba desgranando su supuesto malestar, su crisis, sin un ápice de comprensión. Alba se sabía el primer párrafo de memoria, tras leerlo innumerables veces. Ella misma se había empeñado en ponerlo en el frigorífico de acero y dos puertas de su cocina de 20 metros cuadrados, atrapada con aquel imán que solía sujetar los retazos de papel de periódico en que Martín dibujaba esbozos de sus ideas.

Ahora no sabía muy bien que sentía. Tristeza, rabia, pretendida indiferencia. Una mezcla de las tres. Aquella noche, tras leer la crítica aparecida en todos los medios de comunicación, Martín la invitó a cenar a un restaurante íntimo y apartado. Pidió la comida por los dos, le dejó elegir el vino. Alba fue incapaz de decir una sola palabra acerca de su humillación, de lo incomprendida que se sentía. Y Martín, con su habitual torpeza, pensó que una cena con vino de 200 euros la botella, su parloteo acerca del nuevo diseño del despacho y la comodidad que siempre había habido entre los dos, sería suficiente. Solamente al final, cuando el café de ella se enfriaba ante sus ojos desnudos, la rabia contenida salió a la superficie.

-Martín, ¿por qué no me has dicho que mis pinturas son una basura?.

Porque no lo son.

-Tú crees que son una basura. Ni siquiera has intentado comprenderlas.

-Alba, a mi me gustan.

-No te gustan.

-De acuerdo, me han sorprendido. Todos estos meses de silencio, de sorpresa. Y, la verdad, me han sorprendido.

-Así que realmente tengo razón y te parecen una basura. Toda yo te parezco una basura. Piensas que no tengo talento, o que se me ha perdido en el camino. Que soy un fraude con un pincel a medio manejar.

-Alba, te estás pasando. Sólo he dicho que son distintas, no que no me gusten.

-La crítica me ha despedazado Martín, ¿es que no te das cuenta?

-Son sólo críticos Alba por el amor de dios. Seguro que a la gente le gustan.

-Martín, eres un estúpido redomado. Me importa un carajo que no le gusten a la gente. Mi vida profesional está en entredicho. Mi talento, han hablado de mi talento y de que no entendían que ocurría. Es horrible. Quiero irme a casa.

Aquella noche durmieron sin tocarse, permaneciendo cada uno en su inmovilidad como náufragos aferrados a una tabla a medida rodeada de tiburones en alta mar. Era fácil no tocarse, no respirar. Y Alba se levantó por la mañana, mientras Martín seguía durmiendo, ajeno a su inquietud.

¿Y si te dejo? – pensaba Alba. Si te dejo te morirías, estúpido redomado. No sabes cuanto me necesitas. Si te dejo te morirías, estúpido, estúpido. Se arrodilló y le apartó un mechón de la frente. Sintió ganas de masturbarse mientras lo miraba, más bello que cualquiera de sus obras. Si te dejo, te morirías estúpido, te morirías. Y le echó la colcha por los hombros, dejando el mechón de pelo en su sitio. Fue entonces cuando decidió colgar aquella crítica estúpida en su estúpido frigorífico de acero, demasiado grande, y que enfriaba demasiado. El termostato se había roto dos días después de su llegada aquella casa.

A aquella noche siguieron más noches, todas iguales, en una batalla absurda por mostrar dolor, orgullo herido e incapacidad para aceptar los errores. Martín estaba inmerso en el lanzamiento de una nueva línea de juguetes infantiles, y el despachó de diseño industrial en el que trabajaba requería de casi todas sus energías. Alba transitaba como una sonámbula. Iba a su estudio cada tarde, pero no pintaba. Parecía que desde el día de la exposición tenía miedo de intentar volver a pintar.

Y entonces, cuando aquello estaba a punto de derrumbarse, Martín había vuelto una noche con aquella estúpida idea de Italia y el dammuso. Cocinó para los dos unos tallarines de espinacas, puso la mesa, con sus dos platos negros, y la hizo sentarse y beber el vino que le había servido.

-He pensado que necesitamos hacer un impás. He alquilado un dammuso, una especie de casa típica en Italia, en la isla de Pantellería. Es preciosa, ya lo verás. Tú podrás pintar y yo tendré tiempo para desarrollar la idea del despacho. Esos juguetes van a provocarme un paro cardíaco. Necesito un par de meses de desconexión.
Alba de nuevo no dijo nada, sólo movió la cabeza en un signo afirmativo. Sintió crecer la fiebre, el pulso asíncrono, la nube tras los ojos. Martín la acorralaba como un virus que se hace fuerte, rompiendo sus defensas.

Y ahora, aquí estaban ellos, camino de Kamna. Conforme se iban acercando a la ciudad, que quedaba a la izquierda de la carretera, Alba se sentía más y más inquieta. La casa se veía al final, como si la carretera realmente terminase allí mismo, justo en uno de los límites de la isla. Bajaron todo el equipaje. Habían tenido que llevarse la furgoneta grande para transportar los lienzos y los instrumentos de Alba. El dammuso les dio la bienvenida, con un leve crujir del suelo al atravesar el arco de la fachada principal. La cal parecía supurar de las paredes, todo era blanco, límpido, como Martín decía, un mal lugar para esconderse. La luz inundaba las habitaciones, revelando la pureza de la construcción, con un brillo que casi era hiriente. Pensó en habitaciones blancas, en quirófanos inmaculados y desinfectados, en camisas blancas atadas a la espalda, en una pastilla de jabón de flores de azahar, en el delantal de su madre los días de fiesta, en calles blancas por las que corría como un espíritu libre, en un pequeño pueblo andaluz. Pensó en su padre, después de varios años. Jamás perdió aquel acento del sur que le daba aquella gracia suya, incluso cuando la bronquitis se lo llevaba en aquella habitación:
-¡Alba, mi niña! Alba, ese marido que tienes es un estúpido redomado, no sabe como hacerte feliz.
-Papá, soy feliz. Quiero a Martín más que a mi misma.
-Mi niña, querer no es suficiente. Nunca es suficiente.
Pasó la mano por aquella pared encalada, el frío de la piedra le sorprendió, en mitad de tanta tibieza. Apartó la mano como quien es sorprendida por una descarga eléctrica, asustada. Volvió a pasar la mano por la pared, era rugosa, como ella misma. Como su vida llena de grietas, de astillas y de desconchones. La habitación que les serviría de dormitorio tenía una gran cama con mosquitera, una cómoda blanca de estilo antiguo y un espejo de cuerpo entero, de color plata. Una silla blanca con tapizado barroco. Dammuso del mare, así se llamaba aquella casa. La silla era cómoda, rígida, con fuertes brazos labrados. Suspiró y salió a buscar a Martín.

Martín investigaba la casa, la hacía suya, como siempre hacía con todo, apropiándose del los lugares, las personas, los sentimientos y las situaciones. Parecía tener una capacidad innata para impregnarlo todo de su presencia, haciendo que la casa no pareciese haber sido habitada por cientos de almas, sino que siempre le hubiese pertenecido. Al igual que había hecho con ella. Parecía que Alba y Martín habían estado juntos desde siempre, y que todos los hombres y mujeres que ambos conocieron sólo fueran sombras anónimas en el recuerdo, sin apenas un rasgo ni un nombre.

La casa estaba a un kilómetro y medio de la ciudad de Kamna. La primera mañana que sucedió a la tarde de su llegada, Alba cogió un sombrero de Martín, un libro y una botella de zumo y se fue caminando por la carretera que llevaba a la ciudad. La isla parecía más desierta que la tarde anterior, más blanca, intocable. Martín siguió con la mirada a su mujer, hasta que desapareció detrás de una curva. Se quedó mirando aquella curva durante largos minutos, temiendo que Alba no fuese a regresar, pensando en que pasaría si ella algún día le dejase. Estúpido, eres un estúpido redomado. Las palabras resonaban en sus oídos. “Creo que todavía me quiere, creo que todavía estoy a salvo”. Los juguetes y los bocetos del proyecto le miraban desde la mesa de madera de olivo de la gran cocina rústica de la casa. Una mesa a la que se sentaban a desayunar dos enormes bancos de madera pulida. Un frigorífico de acero con el termostato roto. Se sentó en uno de los bancos y comenzó a pensar en el juguete con el que todos los niños quisieran jugar. La empresa que le había encargado el proyecto había pedido ingenio, vivacidad, flexibilidad y adaptabilidad, ergonomía y auto-aprendizaje. Pensó en las largas tardes de invierno que Alba y él habían compartido colaborando en los proyectos de él, mientras Alba le miraba desde detrás del lienzo que tuviera entre manos. Pero eso era antes de que hubiese llegado el estudio, antes de su exilio, antes de que la presión y el éxito hubiesen vuelto a Alba un ser tan exigente consigo misma y con los demás que apenas dejaban respirar a Martín. Martín Albarado, diseñador industrial. Viajero vocacional, ermitaño de sentimientos, enamorado de Alba hasta la médula, de su belleza, de su pelo castaño, de la manera en que suspiraba cuando iba sentada en el coche, de la manera en que pelaba la fruta, enamorado de su sabia intuición, de su manera de cuidarle. Enamorado y devastado, como inoculado con un virus exótico que no sabía sacudirse.

Se puso de nuevo con los bocetos. De conseguir un proyecto espectacular dependía que el MALBA, el museo de arte latinoamericano de Buenos Aires, le consiguiese una exposición. Se habían mostrado interesados en algunos trabajos anteriores y ahora el museo preparaba una exposición sobre juguetes, didáctica y accesibilidad. Pensó en si a Alba le gustaría ir a Buenos Aires. Cayó en la cuenta de que jamás le había preguntado si sabía bailar el tango. Cayó en la cuenta de que hacía siglos que no bailaban. Después se sumergió de nuevo en los bocetos.

Alba por fin llegó a Kamna, una ciudad mediana, desbordada por la luz mediterránea. Con la civilización llegó la gente, las pequeñas tiendas, la vida. Allí nadie sabía que ella guardaba la crítica de su destrucción como artista sujeta a un frigorífico estropeado y demasiado grande, con un imán que representaba un sol al que un niño ha dibujado sin ojos. Recorrió la ciudad, las calles empedradas, las casas blancas y color azogue, los pretiles y las flores, el mercado y la vieja zapatería. La plaza mayor de la ciudad tenía soportales, que le recordaron al verano en que Martín y ella fueron a Santiago de Compostela. Un verano en el que no paró de llover y Martín se empeñó en zapatear en cada charco de agua, contándole que si no se miraban juntos en cada charco, a modo de espejo, no volverían juntos a esa ciudad. De eso hacía más de 6 años.
En uno de los soportales de la plaza un café anunciaba focaccios y capuchinos, granizados y té helado. Se sentó en la terraza, con un café solo, con la extraña sensación que le provocaba estar tan lejos de Madrid, de todo aquello que podría hacerle daño. La sensación de estar lejos no arrastró la imagen de Martín, no arrastró la incertidumbre ni la sensación de que después de 15 años juntos todo se estaba rompiendo.
Alba pasó todo el día fuera de casa, con el móvil desconectado. Le sorprendió que en aquella isla pequeña, desconocida, hubiese más cobertura que en su propio ático madrileño. Ningún mensaje en el buzón de voz. Cuando regresó a casa, con los zapatos en la mano, Martín seguía inclinado ante los bocetos, con un prototipo de juguete entre las manos, dándole vueltas.

-Por fin has vuelto. La miró con un sentimiento de abandono que a ella le partió el alma. Podrías haber llamado. Tenías el móvil desconectado.
-Martín, la ciudad tiene soportales, ¿sabes? -Como Santiago- Se apoyó en la ventana.
-¿Volveremos a Santiago algún día Martín?
-Podemos volver cuando quieras.
-No me has entendido. Quiero decir, si Santiago todavía está ahí, si ya no es un espejismo. Tengo la sensación de que ahora podría ser simplemente una de mis pinturas.
-Alba, ¿tú todavía me quieres?
Alba permanecía vuelta hacia la pared, con los hombros encogidos, con un gesto excesivamente familiar para los dos.
-Aún te quiero Martín, pero querer no es siempre suficiente.
-Querer es lo único que es suficiente.
-Y tú, Martín, ¿a quién quieres tú? Quieres a Alba la pintora de éxito, la mujer que está contenta y que te desea, o quieres a Alba, la pintora fracasada, la mujer que te mira con pena, la que hace semanas que no se acuesta contigo.
-No sabía que me miraras con pena. El rostro de Martín se convulsionó en una mueca de dolor.
-Te miro con pena. Miro con pena lo nuestro. No se que me pasa Martín, simplemente, no se lo que me pasa. Creo que con la habilidad para pintar he perdido la habilidad de quererte. No creo que esta casa y estas paredes blancas nos devuelvan lo que se ha quedado allí. No creo que podamos recuperar nada de lo que éramos.
A pesar de aquello, Martín y Alba, Alba y Martín, durmieron abrazados aquella noche, en la habitación blanca, envueltos en la mosquitera, reflejados en el gran espejo plateado. Al día siguiente, Alba pareció despertar con una nueva determinación. Pensó que llevaba demasiados días sin pintar. Martín la había ayudado a instalar todo su material en la parte de arriba de la casa, en una buhardilla con una ventana al sur, en la que la cal caía a pedazos. Él se dedicó a su proyecto, parecía que durante la noche había tenido una idea inquietante que no quería olvidar con las primeras horas de la mañana. El banco de olivo, la mesa de olivo, le recibieron como a un hermano. El proyecto avanzaba, Alba volvía a pintar. No la molestaría en todo el día.

Trabajó en el proyecto todo el día, comió uvas, inspeccionó el jardín y la huerta de la casa. Alba no hacía ruido, parecía que se hubiese volatilizado. Martín dormitaba al final del día en el sofá del amplio comedor, cuando Alba por fin apareció en lo alto de las escaleras.
-¡Martín! Martín, ven, sube por favor.
Martín subió las escaleras. Alba le esperaba en el improvisado estudio, con la cara de una niña impaciente ante su regalo de cumpleaños.
-Mira Martín. Creo que es lo mejor que he pintado.
Martín miró el lienzo. Una oscuridad negra en la que no había resquicio para la humanidad le acogió desde la pared. Un lienzo negro, capas y capas de pintura negra. Miró a Alba sin saber que decir.
-¿Qué te parece?
-Un lienzo negro. ¿Es esto lo que has querido pintar?
-Sí Martín, sí. Quiero que la crítica realmente me destroce con razón. Quiero ver si alguien es capaz de llamar arte a esto.

Durante los dos meses que permanecieron en la casa, Alba siguió pintando cuadros negros, de distinto tamaño. A veces los trazos del óleo eran enérgicos y dejaban adivinar la dirección de la mano, la velocidad del artista. Otras veces eran como olas que desvariasen, perdidas. Pero todos eran negros. Martín no sabía si Alba estaba perdiendo la razón o realmente era tan valiente que se iba a atrever a hacer una exposición con aquellos cuadros. Su juguete estaba terminado, mandó un prototipo a Buenos Aires, y el MALBA se puso en contacto con él. Martín Albarado, diseñador industrial, 39 años, madrileño, comedor compulsivo de cacahuetes con miel expondrá en el MALBA.
Alba apenas prestó atención a la alegría de Martín. Durante mucho tiempo era ella la que había cuidado de él, la que se sentía enferma por su energía, por esa maldita energía de él que la dejaba maltrecha y apaleada. Ahora se había hecho fuerte, era valiente, no tenía miedo a lo que dijeran de ella.

Cuando terminó el período de alquiler, Martín y Alba regresaron. Antes de una semana él tuvo que partir hacia Buenos Aires, para preparar la exposición de sus juguetes. Alba se quedó en el ático, con el frigorífico de acero demasiado grande, el termostato roto y la colección de óleos negros que la miraban de manera insultante. El abismo de la ausencia de Martín la sorprendió, echándolo de menos. Sentía que en cada cuadro que había pintado había enterrado un poco de Martín. Una mano, un pie, un corazón. Maldito estúpido redomado, maldito, maldito. Sin mi te morirías, sin mi, te morirías.
No podía hacerle eso a Martín. No podía cargarle con el peso de su fracaso, con su angustia y su depresión, y sabía que quedándose con él tampoco podría superarla. Metió todas sus cosas en una maleta y cerró el ático, dejando aquellos cuadros en el piso, aquel piso que jamás había desprendido cal.

Tres años después, nos encontramos a Martín Albarado. La exposición de Buenos Aires fue un éxito ché. Ha aprendido a bailar el tango, Buenos Aires le sedujo tanto que cambió de residencia, y ahora habla con un melancólico acento porteño. Vive con una escultora que conoció en una exposición, que tiene el pelo castaño, suspira cuando viaja en coche y le llama estúpido redomado cuando se enfada. No ha vuelto a saber de Alba, aunque Alba le sigue doliendo como la luz cuando empieza a amanecer, como una herida reciente a medio secar con la que tropezamos a cada instante. A veces mira a Martina, la escultora, y piensa en que jamás será Alba. También sabe que eso algún día dejará de importarle.

Han pasado tres años. Alba Martínez ahora firma sus obras como Alba Albarado. Vive en París, disfruta de su experiencia como profesora asociada de arte de vanguardia en la Sorbona. En París conoció a Albano, propietario de una famosa tienda de juguetes situada en la Avenida de los Campos Elíseos. Al atardecer, cuando cierra la juguetería, Albano va a buscar a Alba al departamento de arte moderno de la universidad. Pasean por las orillas del Sena. A veces, Alba mira la frente de Albano. Hay mechones rebeldes que escapan de la boina negra. A veces, le recuerda a Martín en la manera de concentrarse en el trabajo, en un aire de impaciencia que le acompaña., pegándose a los tobillos. Pero no es Martín, lo sabe. También sabe que un día, eso dejaré de importarle.

En un pequeño museo de la capital francesa, una persona mira absorto una pintura. Alba Martínez, reza la firma. París, marzo de 2006. El lienzo muestra a una mujer pintando un cuadro, totalmente negro, y al fondo, reflejado en un espejo de marco plateado, se ve a un hombre. Un hombre que la mira como se mira algo que se está perdiendo, como cuando una canción se acaba y quieres retenerla, sólo que la canción puedes repetirla, y el instante del espejo pasa. El hombre piensa que hay algo conmovedor en ese cuadro, y cree que ese nombre le trae recuerdos antiguos. Mañana traerá a su familia al museo, para contemplar juntos la pintura. Pocas veces puede contemplarse la tristeza en estado puro.