Llevo unos días medio aislada del ordenador, de riff y del blog. Sienta bien un poquito de descanso.
Esta noche España ha perdido, pero yo le he mandado un mensaje de felicitación a mi amiga la francesa, que me ha respondido con un: Vive la France, mais je suis triste pour l'Espagne! Bisous. He comprobado, al seguirle el juego y obligarme a responderle vía sms en francés, que lo que antes dominaba y manejaba con fluidez, me cuesta cada vez más. Hace más de ocho años que no he dado clases de francés. Me pregunto, que más he olvidado en estos 8 últimos años. Creo que he olvidado la emoción tonta, pero terriblemente genuina, de arreglarte un sábado por la noche, mientras desde tu cuarto y de una manera poco civilizada un cd atrona con su música el espacio, mientras piensas si esta noche verás a esa persona con la que apenas has cruzado dos frases y en la que llevas un año de tu vida invertido a base de pensamientos, ataques cardíacos cuando crees verlo por la calle, saliendo de Zara, (no, mierda no, no quieres que sepa que al final puedes ser tan vulgar como cualquiera), y eligiendo regalos imaginarios para él cada vez que visitas una librería. Se acabaron, afortunadamente, los accesos de timidez y la incapacidad para establecer conversaciones intrascendentes con gente con la que tienes que conversar circunstancialmente.

La otra noche estuve cenando con el amigo japonés de mi amiga la pintora, con ella misma, y con mi amiga la francesa, en la armoniosa casa que se construyó el mismo en el fastidoso pueblo de Garrapinillos, nombre que siempre me hace pensar en pepinillos agridulces y en tiendas de frutos secos. Además de jinete olímpico y profesor de equitación, es escultor. Toda su casa, aunque suene a tópico, desprende un equilibrio palpable en cuanto cruzas el umbral. Supongo que es la distribución, la decoración, y la ubicación de la casa. Sonrio ante la manera en que ataca el jamón serrano, sintiéndome algo decepcionada ante la comida española, pero lo soluciona cuando regresa de la cocina con un imponente plato de arroz con curry y setas, pollo y otra salsa que no se identificar y cuyo secreto no quiere reverlarnos. Yo creo que no quiere decirlo porque su cocina está llena de sobrecitos con preparados decorados con esa impagable estética hortera que tienen los productos orientales de supermercado, y algo me dice que la salsa ha surgido mágicamente de uno de esos sobres. De fondo el partido Suecia-Japón se pierde entre las conversaciones, entre su kimono, entre las copas de cristal amarillo que decoran la mesa y entre las patadas que lanza Caracolo, el caballo holandés, contra la puerta de la caballeriza.

Creemos que él intenta conquistar a mi amiga la pintora, pero si es así, comete dos errores:
Cuando ella se deja comida en el plato, él le dice que no está bien dejar comida y que hay gente que no puede comer. Si él la conociera, jamás le habría puesto en su plato tanta cantidad de comida. Pero no la conoce apenas.
Lanza un comentario sobre las manos de mi amiga la francesa, sobre su belleza y equilibrio, y a la contestación de ella sobre la belleza de las manos de la pintora, él dice que son demasiado delgadas. Jamás trates a una mujer como una niña pequeña delante de sus amigas, y jamás dejes que sus manos parezcan menos bellas. Creo que tras su equilibrio, sus consignas de que vivir feliz es vivir con poco y saber apreciarlo, y sus comentarios sobre que una pareja ha de saber comer en el mismo plato sin ir a por el mismo bocado, se esconde un hombre que no termina de conocer las reglas que rigen la educación occidental. Y mi amiga se marcha un tanto dolida, a pesar de que todavía no sabe si este hombre le interesa lo suficiente.

Una pareja amiga de Barcelona nos enseña su piso el sábado por la tarde. Han de emprender una reforma integral. Imagino el piso dentro de un año, cuando el papel de los 70 que asoma bajo otro papel amarillento haya sido sustituído por pintura plástica lisa, cuando ambos compartan esos ajustados metros cuadrados y hayan de comer en el mismo plato. El plato puede compartirse, el ordenador no.
Veo mucha ilusión en sus ojos, les deseo que sean felices, desde luego lo merecen.