Estos días se ha celebrado la Feria del Libro en Zaragoza. Ayer, el Paseo de la Independencia amaneció cortado al tráfico, y vigilado por esos tiernos leones, 25 leones, desde sus pedestales. Crines azules y plateadas, cubismo y egocentrismo. Léase, los autores aragoneses juegan al juego de colocarle la cola al gato, en este caso, al león. 25 leones para 25 pintores. Me pregunto si cada león inmortaliza el alma del pintor que lo ha soñado. O simplemente, es una proyección del alma valiente que todos llevamos dentro.

Este año, la Feria ha querido dar un nuevo impulso al ánimo lector de los zaragozanos, y no se les ha ocurrido otro eje vertebrador que el libro histórico, lo que no hace sino reproducir en pequeña escala lo que viene pasando desde hace tiempo: la mayoría de la gente está atrapada por la novela histórica. Eso sí, en un stand descubro al aragonés Lorenzo Mediano y a Eugenio Fuentes, y me reconcilio con esta Zaragoza abrasadora, con la gente que empuja y sólo compra catones y cátaros y con los leones y su mirada aviesa. A Eugenio Fuentes la gente le llama el "Henning Mankell español". Sus novelas, de aire policíaco, no tienen nada que envidiar al escritor que llegó del norte. Lorenzo Mediano, sin duda, es de esos pocos autores aragoneses que conozco y que, aunque no sea un superventas como José Luis Corral, goza de una sensibilidad exquisita.

Después de mirar y mirar libros, nos encontramos con mis tíos. Él ha comprado dos libros: "el pintor de batallas", de Arturo Pérez Reverte, y, precisamente, uno de Lorenzo Mediano: "donde duermen las aguas". Nos sentamos en una de las múltiples terrazas de la Plaza del Carmen, una plaza donde el aire siempre corre en una de sus esquinas. Es tremendamente curioso que aunque el bochorno más aplastante se cierna sobre Zaragoza, esa esquina siempre guarda un resquicio de brisa para el que se sienta. Pedimos cañas y el camarero las trae canturreando: "zumo de cebada!!!!!", para después impartir una lección magistral del proceso de fabricación de la cerveza. Se que mi tío ha puesto esa cara de querer partirle la cara por darle la vara con algo que no ha pedido, así que espero divertida que le suelte alguna de las suyas. Pero el calor le aplatana, y el momento pasa.

Cuando nos despedimos, sale a flote el tema de la literatura, de las filias, las fobias, las ferias de libros, las aventuras libreras y las editoriales. Mi tío, el hermano de mi padre, es un lector incansable. Mi padre también lo era, lo fue, hasta que un día, según propias palabras, "leyó todo lo que tenía que leer". Hoy se dedica a leer el periódico, economía, diccionarios y tratados de pueblos pirenaicos y del románico, pero nada de literatura de ficción. Un hombre que trajo a la casa paterna títulos como A sangre fría, Archipiélago Gulag, Cabeza de turco, el retorno de los brujos, Homo Faber, Buenos días tristeza o Hiroshima Mon Amour. Increíble. Alguien, hace unos años, se empeñó, con muy mala pata, en que leyese aquella novela infumable de la que confieso no haber pasado de las 50 primeras hojas, de Fernando G. Delgado, "La mirada del otro". Después de aquello mi padre juró y perjuró no volver a coger una novela. Mi tío sí las coge, las lee, las compra, y hasta las presta. Ayer me habló de que le diese una oportunidad a Reverte, atreviéndose a decirme que si no me gustaba es porque hablaba demasiado claro. No, tío, precisamente es eso lo que ha acabado por cansarme, amén de su pretenciosidad escondida tras chabacanería. También me habló de que la literatura norteamericana no aportaba nada nuevo, ni siquiera nada que hiciese pensar. En ese momento los dos nos embarcamos en una larga conversación: yo ataco con Auster él ataca con Vargas LLosa, yo ataco con Mailer o con Roth y él con Cabrera Infante. Me gusta Vargas Llosa, me gusta Cabrera Infante. ¿Por qué se niega a leer algo de Irving, algo del estupendo canadiense que he conocido, Robertson Davies? Contaminación, vacío, la nada por la nada. Intoxicación, tiempo perdido. "No entiendo la concepción del mundo de norteamerica". Me quedo mirándole con la boca abierta, y mi madre casi me la tiene que cerrar de un tortazo como la madre de Alcher en el hospital. Le digo que lea a Siri Husveldt, que escribe sobre el arte y su modernidad, la apostura y la "postura" del mundo artístico que él tanto adora. "¿Es norteamericana?".

Me pregunto si mi recelo contra el código, la novela histórica y tantas y tantas cosas que a veces me asaltan no será al fin y al cabo, como le ocurre a mi tío, una estúpida cancela.

Al final logro convencerle para prestarle un libro de Auster, se que lo va a detestar.