La otra tarde, antes de hacer una de las cosas que más detesto en el mundo, hacer maletas, me senté con una pierna cruzada bajo la otra, en mi postura preferida, postura que curiosamente no adopto al ver la televisión, ni cuando leo, sino delante del ordenador. Curioseando entre la prensa en internet, leo una interesante entrevista al Premio Cervantes de Literatura de este año. La taza de café que me he traído y que peligra en el borde de la mesa del ordenador, atestada de cds con grabaciones de Twin Peaks y de temporadas perdidas de Six feet under, se queda fría. La entrevista a Sergio Pitol es interesante. Un señor del que no he tenido el placer de leer nada, y cuya vida y cuyas declaraciones sí me dicen algo, a diferencia de los exabruptos que Reverte vierte desde el semanal, o de la afectación que a veces sufre Marías, o de las neurosis de Prada . A los cuatro años, Pitol se quedó huérfano, por lo que se fue a vivir con su abuela, y se pasó desde los 6 hasta los 12 años postrado en su cama debido a la malaria. "La literatura me salvó la vida", dice Pitol. Y lo dice con el convencimiento de quien sabe que es cierto. ¿Y porqué no habría de serlo? pienso yo. Cada cual tiene derecho a ser salvado por quien o por lo que elija.


(El señor William Faulkner)

Pitol fue salvado por las manos curativas de Faulkner, a quien imagino, con su pipa, sentado al pie de la cama del pequeño Sergio, fumando impasible, y jugando al ajedrez con Joseph Conrad, mientras el pequeño rie con las aventuras de Lord Jim, y Conrad se levanta a cada rato, arropa al niño, le susurra al oído que un día el también podrá contemplar con sus propios ojos ese mundo inventado que le está esperando.

Quizás el muchacho con quien compartí bus en el viaje hacia Barcelona, también necesite ser salvado. Transcurrida media hora de viaje, y mientras leo, saca el móvil. Puedo escuchar toda la conversación porque su novia, a quien llama, habla en un tono de voz nada aconsejable. Me siento violenta, escuchando una conversación a la que nadie me ha invitado y que por momentos se vuelve claustrofóbica. Discuten, pero todo parece arreglarse, y al final, en un susurro, en un acto, por fin, de algo de púdica timidez, el chico le susurra que la quiere. No hay respuesta al otro lado de la línea, sólo palabras que no son un te quiero. Y él, como otro niño que necesita ser salvado, esta vez por una princesa altiva, mendiga un te quiero. Su salvación no llega, así que arrebatado, saca unos complejos ejercicios matemáticos y pone su mp3 a todo volumen, mandando a la princesa a tomar por el culo. La rítmica cadencia del hip-hop inunda mi oído izquierdo, y su brazo, como el de Don Quijote luchando contra los molinos, me golpea coincidiendo con este ritmo. Es zurdo. Al fin, la música parece amansar a la fiera, y yo puedo volver a enfadarme con Yúrochka, que atrapado con los partisanos, escapa estúpidamente en el último momento de desesperación, tras un año y medio de cautiverio. Me enfado con Pasternak y la manera estúpida en que ha resuelto esta parte del libro.

Quizás todos hemos sido salvados en un momento dado, por una canción, o por un libro, o por la frase de una persona. Mi padre fue salvado por mi madre, que un año después de su desaparición forzosa, volvió a aparecer en el mismo sitio, como si ese tiempo fuese un tiempo no vivido, suspendido en el espacio. Quizás mi amiga no pudo salvar a su novio, que murió en la montaña, falto de oxigeno y sobre todo, falto de aquello que le destruía. Quizás a ella sí le salvó, en un momento dado, una conversación sobre niños con problemas emocionales compartiendo un litro de vino blanco con limonada. Me pregunto si alguna vez algo me ha salvado a mí: los libros que leí de adolescente no me salvaron de mi misma, ni de mi timidez. En todo caso, me arrojaron a formarme prejuicios en cuanto a la lectura, y a los lectores. Alguien que lee en el metro "Ramses", no tiene que ser menos interesante que alguien que escucha el homenaje a Serge Gainsbourg.

(tumba de Serge Gainsbourg)

En todo caso, tampoco concibo escuchar a Serge Gainsbourg, el original, en el metro. Para escuchar a Gainsbourg habría que sentirse un poco Jane Birkin o tener la mirada perdida de la protagonista de Soñadores de Bertolucci. Música perezosa para los sentidos. En todo caso, no creo que se pueda escuchar a Gainsbourg arrancándose las pelotillas de los calcetines que asoman tímidamente, como pidiendo disculpas por existir, entre el pantalón desgastado y las zapatillas. Las pelotillas en los calcetines son de perdedores, siempre lo he sabido. Con su permiso, voy a por el quitapelotillas.