Sushi y tabasco
La otra tarde, estuve ayudando a mi amiga la pintora. Está pintando, por encargo, una reproducción de detalles escogidos del David de Miguel Angel y del Moisés. Me quedo petrificada cuando entro en su estudio y veo la maravillosa reproducción, en unas dimensiones de 2 metros de altura por uno de anchura. El detalle de las manos, del pelo, es increíble. Es bello y perfecto, y entiendo que la gente delante del David llore cuando visita la galería en Florencia.
Me pide que le ayude pintando unos tableros por la parte de atrás, una labor nada artística que no impide que me ponga una bata de pintora y coja una brocha. Me quedo embobada viendo como añade a los fondos unas manchas de óxido que parecen pegotes y después terminan siendo perfectos. Yo, que jamás conseguí dibujar nada que se pareciera minimamente con la realidad. Cuando me mandaban dibujar un perro este acababa siendo el señor Pony de Pipi Calzaslargas, y cuando tenía que dibujar un cerdo, este era el Lassie que adoraba Liz Taylor que ya deslumbraba en la pantalla con sus ojos violetas, cuando las lentillas de colores todavía no se habían inventado. Lo de las lentillas me subyuga más que el tema de las canicas de otra dimensión, me es casi imposible no pensar que si una diminuta arenilla se siente como un elefante, una lentilla haya de sentirse como una apisonadora aplastando un corazón adolescente.
Con los cuadros ya pintados, embalados, y la tarea cumplida, al día siguiente como con ella y con S., mi amiga francesa, en un japonés. Así, a lo internacional. S. acaba de llegar de Milán, de la feria del mueble. La bombardeo con preguntas acerca del diseño, de la línea de España en cuanto a diseño y vanguardia, de si los milaneses son tan chic como parece. Pagaron 18 euros por persona por comerse una pizza y una coca-cola, le robaron el móvil en el aeropuerto de Milán y apenas ha tenido tiempo de dormir, pero está contenta. La ensalada de pepino con sésamo, vinagre de arroz y algas le devuelve el resto de su confianza en el ser humano. Tengo que ir sin falta al supermercado chino que hay cerca del Mercado Central, esta ensalada es lo mejor que he probado en mucho tiempo. Pide el shashimi sin salmón, sólo pescado blanco y atún. Por más que lo he intentado, soy incapaz de hacer deslizar el pescado crudo por mi garganta. En la mesa de al lado, instalados en la zona de fumadores, una pareja come y comparte cuenco y palillos. Demasiada cercanía para mi gusto. Les echo un par de vistazos, y vuelvo a comprobar una estúpida reacción que he observado demasiadas veces: el chico, supongo que piensa que lo miro, con mirada más atrevida que aviesa. Entonces, justo entonces, coge a su chica, le da un beso, y después vuelve a mirarme. Pienso en bombas dinamitando su mesa, regándolo todo de esos estupendos fideos yakisoba a la plancha. Pienso en si el muy engreído ha creído que lo miraba a él con algo más allá de la mera curiosidad. Pienso en qué necesidad hay de demostrar con ese gesto, que él ya tiene novia y es inalcanzable. Pienso en sí mostraría la misma frialdad si la increíble muchacha japonesa que atiende su mesa se abriese el kimono y le pidiése que tocase su piel, que parece recien sacada de una nube de polvos de arroz.
El martes por la tarde comparto un zumo de tomate con tabasco, sal y pimienta negra en El Mañana, con algunas de mis amigas. N., mi querida geóloga, nos habla de que P., el estúpido geólogo y amigo de la que escribe, es un mar de contradicciones, nada que no supiése ya. Quiere irse a vivir con su novia, la que le ha prohibido que él fuese a Bélgica acompañando a N. para ver a su hermana. Quiere irse a vivir con su novia, pero por otro lado, en un acto increíblemente egoista, le dice a N. que ahora sabe que se ha equivocado, y que la echa de menos. Y queda con J., actual novio de N. y amigo de la que escribe, y le repite las mismas palabras.
J. no decae, sigue al frente, pero N. navega en un mar de dudas, que a veces la lanzan contra el acantilado y otras la mecen adormilándola. No hay respuesta fácil, ni tampoco certera, yo sólo le digo que P. es un terrible egoísta. Es duro esperar 10 años mendigando migajas y luego morir de empacho de edulcorante, cuando te has vuelto diábetico.
Seguiremos informando.

fuera D órbita dijo
Nunca he entendido el uso que haces de las iniciales seguidas de un punto cuando personificas (¿o es "personalizas"?) una situación.
A mi, personalmente, me gustaría leer que Núria, la geóloga, critica a Pedro, el geólogo, por decir algo. Manías mías.
Es una percepción completamente subjetiva pero es que al leerte, es como si algo se quedara en el tintero, como si quisieras deshumanizar, en cierta forma, tus relatos.
P. deja de ser un personaje frío cuando se convierte en Pedro. Al igual que N. Aunque sigan siendo unos personajes completamente anónimos. ¿No te parece?
19 Abril 2006 | 10:55 PM