Ester no tenía padres. Ambos habían fallecido aquel fatídico día en que la niebla había sorprendido a su padre en la carretera. Regresaban del pueblo de su abuela materna, con el maletero rebosante, como siempre que iban a ese limbo perfecto suspendido entre colinas rojizas y ríos con nombres imposibles. El pueblo de su madre estaba dominado geográficamente por el río Aguasvivas, siempre seco, yermo, vacío desde hacía unos años. Ya no vivían allí los cangrejos que Ester atrapaba cuando todavía era más pequeña. Desde entonces tenía fobia de esos animales. Su abuela le tiraba de las orejas y le cubría de pequeños besos las mejillas. Hacía mucho tiempo que había perdido la razón, pero sabía atiborrarla de mantecados al vino y queso curado en el granero posterior. En el piso de arriba, en la sala que daba a las alcobas, descansaba toda la vida familiar. Un viejo mueble cubierto con un paño de puntillas parecía un altar lleno de ofrendas: allí estaba el tío Pablo, que se había ido a hacer el servicio militar y había muerto atropellado cuando cruzó a comprar tabaco para el coronel Malvasía, aquella noche de nochebuena en que le tocó una guardia maldita. La abuela de Ester iba todos los años hasta el cementerio, y le ponía unas horribles flores de plástico azul a las que las avispas acudían esperanzadas. Estaba también la tía Eulalia, que se había marchado del pueblo para ser maestra y al final había acabado casándose con un señorito de la capital al que su familia desheredó. Ahora tenía 8 hijos y 30 kilos de más, el señorito se la pegaba desde hacía años con su mejor amiga y echaba de menos las atenciones de Jesús el Remolero, que siempre la llevaba a la ermita y le señalaba los ramos de novia ofrendados a la santa, mirándola. “falta el nuestro”. Tenía un tractor rojo con el que araba las miles de hectáreas que compartía con su soledad, mientras rezaba a la santa para que Eulalia regresase algún día.
La tía Mila también estaba ahí, con su túnica y su pamela. Se había marchado del pueblo con unos músicos hippies que vinieron a amenizar las fiestas. Las canciones de los Who habían salido ganando por tres rounds a cero contra los pasodobles que cantaban lo bella que era España, así que se había marchado con un tipo de espesa barba rubia, pecho lampiño y residencia en Ibiza. Mila nunca había salido del pueblo, excepto aquella vez que se llegó hasta Daroca para adquirir el vestido rojo con el que se presentó a "Belleza de la vendimia 1972". El vestido rojo no la hizo ganar, pero le salieron pretendientes hasta debajo de las piedras, incluido el hijo del mayor rival del alcalde, el Tolomeo, entrenador de mus y guiñote en sus ratos libres. Así que Mila se marchó a Ibiza, abrió una tienda todo a cien versión años 70, que fracasó, y cuando el lampiño la dejó por otra, un restaurante de comida casera con dos platos estrella: "Lentejas a la Eulalia" y "pollo a la Malvasía".

Aquel día de noviembre en que regresaban a la ciudad, con el maletero repleto de acelgas, pimientos rojos, cebolletas tiernas y mantecados al vino, botes de pera en almíbar y queso curado, la niebla descendió como una espesa nube que ocultó toda la carretera. Curiosamente, aquella tarde de noviembre su abuela se había despedido de ella con un abrazo, en lugar de los besos en serie que solía plantarle en las mejillas. Un escalofrío la recorrió por completo. Se fijó, cuando el coche abandonaba ya la calle Miral, en que su abuela se estaba santiguando, de rodillas. Durante el viaje cantaron. Después, Ester sólo recordaba un terrible impacto que la catapultó hacia el asiento delantero, mientras quedaba con la mirada fija, prendida en el pasador en forma de estrella que llevaba su madre, cuya cabeza colgaba como la de una muñeca rota.
Las acelgas y los mantecados tiñeron el campo al que habían caído en apenas unos segundos. En esos terribles momentos, Ester sólo acertó a recoger en su falda las acelgas y los botes de pera, los mantecados, como una autómata. Sus padres seguían inmóviles. Cuando al fin un coche se detuvo, Ester sólo pudo pronunciar "no se mueven".

Después de varios años viviendo con su tía Eulalia, aborreciendo a la caterva de primos y sintiendo náuseas cada vez que veía un mantecado al vino, se marchó a vivir al pueblo de su madre. Sus abuelos hacía años que habían fallecido, y la casa estaba cerrada, aquel altar lleno de fotografías, herido por el polvo y los años. Ester abrió aquella casa de nuevo, convirtiéndola en una casa de turismo rural y restaurante. Adquirió la costumbre de arrodillarse y santiguarse cada vez que iba a cruzar el umbral, y cada vez que la abandonaba, y con el tiempo, hasta volvió a cocinar cangrejos, cuando el río, después de 20 años de sequía, volvió a llenarse, el día en que Ester regresó al pueblo, el mismo día en que la tumba de su tío Pablo se resquebrajó bajo el peso de un enorme avispero.