Los ojos más puros y las manos más fuertes
Tres destellos, como 3 imágenes que llegan en ráfagas que uno no espera, como imágenes que me hacen recordar a Lenny sucumbiendo a las dañada imagen de Faith.
Son las 2 de la mañana de ayer. Comienza a llover levemente. Pero no estamos dentro de Blade Runner, ni tampoco en Irlanda, esa Irlanda de la vieja Europa a la que mi amiga P. irá en breve en viaje de trabajo y en la que me imagino la lluvia cayendo desde el cielo a mares, como si unos señores con manos enormes arrojaran cubos y cubos desde dentro de las nubes. Eso es lo que yo creía que pasaba cuando llovía, cuando era pequeña, antes de saber lo que eran los cúmulos, los nimbos y los cirros, y antes de saber que ni siquiera un fenómeno como el arcoiris escapa a las leyes científicas.
Son las dos de la mañana y yo arrastro los pies, cansada dentro de mis zapatos, planos, enormemente pesados. Pasamos por la zona de la universidad. Un hombre llora en un portal. Otra vez otro hombre, otro portal, distintos pero iguales a la vez. Los sábados noche son propicios a canciones de amor ofrecidas a un público inerte. Otra vez la opresión en el pecho, y las ganas de detenerme. Mis amigos miran hacia otro sitio, y a mi su dolor me duele, pero no puedo decirle nada, o quizás sí, pero no se lo digo. Y de pronto, recuerdo una canción que hace mucho que no escucho, pero que hubo un tiempo, cuando estaba triste y paseaba sin rumbo por la ciudad, algún sábado por la tarde, que tarareaba constantemente:
Alguien que nos pueda ayudar,
alguien en quien poder confiar,
que busque final feliz para esta historia.
Se ofrece pequeño sitio en la memoria,
de un hombre pequeño,
un punto en el espacio.
Una historia muerta a la que nadie le puso un final feliz. El final fue liberador, pero nunca feliz, al menos no para uno de los dos.
Son las 12 de la mañana de hoy domingo, 5 de marzo. Estoy escuchando el B-Sides de Pearl Jam. Hay una canción en ese disco, que creo que pasa desapercibida para la mayoría de la gente. La pista nº 4, el Crazy Mary de Victoria Williams. Hacía tiempo que no escuchaba esa canción, pero sólo los primeros acordes ya me ponen la piel de gallina. Es una canción pequeña, sencilla, tímida. Al escucharla siempre pienso en Mary, Mary, irlandesa, sentada en la estación de una ciudad cualquiera, que podría llamarse Limerick, Cork, Galway, aunque preferiría la inglesa Paddington. Pero no, Mary es irlandesa, y católica. Lleva medias que le flojean y se le arrugan en los tobillos, y sujeta con fuerza entre sus manos una bolsa de viaje que conoció tiempos mejores. Lleva sombrero y trenzas, y un aire a lo Nancy Sinatra, con un corto vestido de flores, abrigo de piel y toscos zapatos de tacón, estropeados. Observándola, sabes que carga el peso del cuerpo hacia afuera, sus zapatos están gastados hacia afuera, sobre todo el izquierdo. Reminiscencias quizás de un esguince sufrido a los 15 años, cuando toda su vida no cabía en esa bolsa que ahora sujeta, y cuando aún no había adquirido la manía de ocultar su mirada tras ese sombrero de fieltro. Y cuando aún no había manchado su intachable educación católica, que ahora le pesa como una tumba. Esa es la Mary con la que soñó Victoria Williams y a la que PJ rinde homenaje. Esa es mi Mary, que quizás algún día decida entrar de nuevo en la estación y no tomar el tren. Nunca he llegado a saber si Mary se baja del tren, o que es lo que la hacía tener esa mirada sombría y esas ojeras mientras espera sentada, ajena a las miradas de desconsolada pasión que despierta su escuálida figura, ajena al movimiento del sistema solar, incluso a la rotación de la tierra.
Tercer destello. Esta tarde, una amiga y yo hablamos por teléfono. Habla de una frase que aparece en la película Memorias de África, algo así como "cuando los dioses quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias". Y entonces, al colgar, recuerdo de nuevo la frase y recuerdo una de las cosas más mágicas que puede observar una niña cuando tiene 15 años y una mente adolescentemente mágica. Una sacristía de una pequeño claustro en Salamanca. Un viejo y enorme arcón, que alberga los cajones más diminutos que haya visto jamás. Y en cada cajón, deseos escritos por corazones anónimos y enterrados por manos anónimas, y ahora leídos por mis ojos. Deseos demasiado íntimos que evidencian que la gente puede, que podemos, a veces, dejarnos llevar por la magia de un lugar concreto o de un momento determinado. Yo también puse el mío. Hoy he recordado y he tratado de pensar que fue lo que escribí, pero no puedo recordarlo. No puedo recordarlo, y no puedo saber si se ha cumplido. Quizás el hombre que lloraba en el portal enterró hace tiempo allí ese final feliz que no le ofrece nadie en la inmesidad de las 2 de la madrugada, cuando la lluvia moja levemente la acera, lo suficiente para que brille, lo insuficiente para que huela a ozono, lo necesario para destrozar un poco más un corazón. Sigue sin ser Blade Runner, sigue sin ser Irlanda, sigo pensando que a lo mejor al final su Mary volvió a buscarle y no resbaló en la acera mojada de las 2 de la madrugada.

Coraline dijo
Yo aún escucho a menudo esa canción de LHR.
Besos
7 Marzo 2006 | 09:16 PM