Esta tarde he sucumbido a un nuevo ataque de consumismo literario, y he entrado en ese templo sagrado que es la librería Cálamo, muy cerca de la universidad, en una plaza que al norte mira al Campus, y al sur, a unas calles donde se esconde parte del mejor tapeo de la ciudad. Las calles Bruno Solano, Supervía (me encanta el nombre de esta calle, tan sonoro, para una calle tan estrecha), y Santa Teresa de Jesús (tanto ascetismo para una calle que encierra innumerables orgasmos de las papilas gustativas), cuentan con algunos de los mejores bares de tapeo.
A veces me pregunto como Cálamo sobrevive, y además, hasta es rentable. Porque la Fnac es como esa plaga que extiende sus tentáculos lenta e inexorablemente. Antes de acercarme a Cálamo me he acercado a la Fnac, por comparar precios, y allí, vestido con el chaleco verde, y con cara de agobio he visto a un amigo de mi hermano, que estudió historia, trabajando en la sección de libros.
La Fnac tiene su moqueta, tiene su café a la entrada, y tiene revistas que la gente lee gratuítamente a pesar de las supuestas prohibiciones. Pero Cálamo es un remanso. Por mucho que caminar sobre moqueta y sentir que tus zapatos no hacen ruido sea muy agradable. En cuestion de pisadas y de zapatos adoro los extremos. Me encanta la gente silenciosa que apenas hace ruido al andar, como si se deslizase sobre ruedas, y me encantan las mujeres que pasan a mi lado con un eterno repiquetear de campana de varios centímetros de altura.

Acompaño a una amiga a hacer un poder notarial para la compra de una casa. 42 euros del ala. El notario es relativamente joven, casi todos los que conozco rebasan los 60 años de largo, y tienen un extraño rictus en el rostro, de persona intocable, de persona ajena a las banalidades de como llegar a fin de mes y ahorrar, de pensar que este año todavía no puedes permitirte viajar a Suecia o a Japón. Le cuento a mi amiga el caso de un muchacho que conozco, que estuvo preparándose durante 7 años para las oposiciones de judicatura, estudiando una media de 10 horas diarias, incluyendo sábados y domingos. Dejó de trabajar, tuvo un hijo, su mujer llevaba el peso económico, engordó 20 kilos en esos 7 años, y cuando por fin aprobó, no se vió siendo juez, así que se limitó a ser fiscal. En la escuela donde les dan el curso preparatorio, en Barcelona, contaba que la gente, tras años en que su vida había sido un terreno yermo, un lapso de toda una vida consumida en que habían perdido todo contacto con la realidad, se lanzaba a vivir la vida como si hubiésen renacido. Polvos, mucho folleteo, borracheras históricas en gente de 40 tacos. Tremendo, y comprensible.

Hasta ayer, no conocía a Jean Dubuffet, un pintor de las vanguardias europeas, francés, uno de los máximos exponentes del llamado "art brut", (eso rezaba la muestra). Una exposición en el Palacio de Sástago lo anunciaba a bombo y platillo. Junto a la exposición de Dubuffet, una exposición de fotografía, de distintos artistas. Algunas bellísimas, otras simplemente kitsch, modernas, arriesgadas o estúpidas. Me quedo mirando una sobre un astronauta que parece de la NASA, conquistando tierra, con la bandera norteamericana. De pronto reparo en que la superficie no es la luna, sino un pecho de mujer. Dubuffet pasa sin pena ni gloria para mi, excepto una serie de litografías, oscuras, tristes, con nombres preciosos como "Soledad", "Encarnación", "Recogimiento". Es la parte de la exposición que más me gusta, y las contemplo sola, mientras la gente se amontona para ver las obras más reconocibles del artista, al otro extremo de la sala, llenas de color y quizás mucho más plásticas, inocentemente llamativas, excéntricas. No me gustan.

Cuando me marcho vuelvo a ver la fotografía del pecho y el astronauta. Un chico acaricia el pecho de la foto, me quedo observándolo, pienso que estará pensando. Puede estar sintiendo deseo, una erección. Puede pensar en que simboliza el dominio que en tiempos tuvo el hombre sobre la mujer. Puede simbolizar la mujer como terreno a conquistar. Seguramente, pienso yo, no signifique absolutamente nada. Es posible que ese pecho sea de la compañera, de la mujer, de una amiga del fotógrafo, y el astronauta, una ocurrencia, un perfil que podría haber sido cualquier objeto al que dotar de significado.

Y me vienen a la mente los comentarios sobre Danto (habrá que leer ese libro) y lo que es arte...

Arte es sobrevivir con una librería que apenas hace concesiones a lo comercial, y que es un oásis en mitad de una ciudad sedienta. Arte es cobrar 42 euros por un papelito que te otorga un derecho que ya antes era tuyo.