Nunca eres demasiado puro ni estás demasiado conectado
Ya estoy de vuelta en mi adorado hogar, con olor a ambientador de flores silvestres, con suelos encerados y con mamá cocinando a las 6 de la tarde. Todavía tengo un regalo por comprar, el de mi padre, un corbatero. Que dirán ustedes que para qué quiere alguien un corbatero, y si efectivamente sirve para lo que su estúpido nombre indica, para guardar las corbatas. Pues sí. Pero es que tras muchos años regalándole cosas, ya no sabemos que comprarle, y como mi señor padre tiene que ir todos los días ataviado con corbata, se vuelve un objeto que pierde parte de su capacidad insustancial. El ir a trabajar todos los días con corbata y traje hace que el fin de semana no te alejes de tus pantalones vaqueros y tu chandal de táctel para estar en casa, con el que no dejas que te hagan ni una foto casera de navidad.
K. me ha regalado un libro acerca de uno de los hombres que me acompañan desde pequeña y que he heredado por vía paterna. Conversaciones con un superviviente, de Leonard Cohen. Leonard Cohen, antes poeta que cantante, antes amante que marido. Su vida, marcada por su judaísmo y su constante búsqueda de la verdadera naturaleza del ser humano y de la tristeza, le ha llevado a vivir, en los últimos tiempos, alejado de la civilización, exiliado a la manera de un budista en busca del zen, compartiendo, eso sí, un buen vino tinto con su guía espiritual. Cohen habla, y escribe, con la profundidad de quien parece haber vivido bastante más que uno mismo. Eso quizás no sorprenda a los 71 años, pero sí a los 25. Un chico con 25 pocas veces se pregunta quien es con esa profundidad y esa oscuridad que destilan sus poemas o novelas como "los hermosos vencidos", seguramente el libro que a cualquiera le gustaría escribir. Leonard, dulce Leonard, que nombre tan poco atractivo tienes, con lo bonito que es llamarse Dylan, pero supongo que tus padres, buenos judíos, eligieron ese nombre pensado en la celebración del Bar Mitzvá. Me pregunto si celebras el Yon Kippur, y si tu desatada sexualidad, que te llevó a ser infiel a esa malograda Marianne a la que cantas con desatada aflicción, te permitió mantener intactas las maneras que te enseñaron tus padres.
Junto al libro de Cohen, me he traído a Zaragoza otro libro del que ya había leído fragmentos y que ahora he podido comprar: Proyecto X, de Jim Sheppard. Olvidado, casi consumido en el estante de literatura extranjera, delgadito, lástima, adoro los libros gruesos. Dos adolescentes como cualesquiera otros, como los que fuimos nosotros, supongo.
Ayer recordaba que en primero de BUP, enamoriscada de un chico de tercero, dedicaba parte de mis recreos a dibujar en su mesa, donde le dejaba mensajes que pensaba que tocarían su fibra sensible, cuando descubrí que a los dos nos gustaba U2. Rattle and Hum, The Eye. Estúpidas consignas de unos adolescentes y tímidos 14 años.
Una chica que sacaba buenas notas, apasionada por la historia y que se pintaba a escondidas los sábados a las 5 de la tarde, como los toreros. 15 años después sigo siendo tímida, imperfecta, cada día me pinto menos, pero creo que seguiría dejando mensajes cifrados dirigidos a un amor platónico, quizás esta vez, en un word abierto en su ordenador, cuando nadie me viese.
P.D. El título es un homenaje a una de las canciones más hermosas que he escuchado jamás. Tremenda letra. Sebadoh y su Too Pure.
Bob Dylan, que también es judío, se llamaba Robert Zimmerman. Apellido bonito donde los haya. Supongo que Dylan era más corto o le sonaba mejor, porque Zimmerman siempre ha sonado a director de música clásica.

Thanatos dijo
Siempre creí muy humillante que una chica dejase mensajes en la mesa de otro alumno.
Aunque supongo que era una proyección de mi propio sentimiento de humillación porque no me los dejaban a mi,
6 Enero 2006 | 01:15 AM