Tenía la impresión de que los dos últimos años de mi vida los había pasado haciendo de copiloto en un auto de choque embestido por el resto de conductores de una gran pista. Atrás y adelante, hacia los lados, a la deriva y sin poder de decisión para saltar y arrojarme corriendo hacia la salida. Ahora vivía en una casa de techos altos, donde las palabras de mi soledad se perdían y rebotaban, diciendome que estaba sola, donde me encontraba demasiado a menudo conmigo misma, a pesar de entre esos muros se podían vivir varias vidas completas y ajenas la una a la otra. Buscaba trabajo como redactora, lo único que sabía hacer. En realidad, el dinero se estaba agotando y me hubiese dado igual servir copas en el Angel Azul vestida como Marlene Dietrich que escobar las hojas secas de las calles y volver a barrer una y otra vez ese ciclo sin retorno al que todos contribuimos.
Muchas tardes las pasaba sin hacer nada, después de mirar los anuncios de empleo. Tenía la manía de mirar sólo los grandes, así que estaba segura de estar desperdiciando el trabajo de mi vida. También tenía que ponerme mis calcetines rojos, aquellos que me había comprado la única vez que había estado embarazada. Pensaba comprarle unos iguales al niño cuando naciera, rojos con dedos blancos, pero perdí al niño en el sexto mes de embarazo. Una cicatriz me recordaba que yo era una mujer estéril que nunca podría volver a comprar calcetines rojos con dedos blancos. Me sentaba en una mecedora, el único objeto que conservaba de mi vida de solitaria errante, y miraba, miraba pasar el tiempo. Una de esas tardes me senté a mirar un libro, un libro de arte que había comprado aquella mañana, junto con un montón de manzanas con las que iba a comenzar mi segunda semana de dieta baja en calorías.
Estaba comiendome mi segunda manzana y retorciendo mis dedos dentro de mis calcetines cuando dos timbrazos resonaron en esos techos solitarios de mi vida solitaria. Dos timbres firmes, seguros, como de alguien que llega a su casa. Al abrir la puerta me encontré a un hombre rubio, de barba rubia, ojos claros y muy alto. Tenía un agujero en el jersey, y llevaba zapatos sin cordones. Me pidió por favor que le diese un café. Le dejé pasar. Todavía no se porqué.
Se quedó mirando por la ventana, al lado de la mecedora, como si fuese su casa, como si llevase esperando mucho tiempo el momento de estar allí de pie, confiado, seguro. Me volví todavía más pequeña. me sentí fea ante aquel gigante hermoso y desafiante.
-¿Te gusta esta casa?
Tenía una voz que provocó un deseo inmediato en mi.
-Todavia no lo se.
- Es difícil encontrar el lugar de uno.
Lo miré con extrañeza. Creo que notó que lo imaginaba sin ropa, abrazándome
-Voy a por tu café
En la cocina imaginé que él me seguía, que me cogía por la cintura y me apretaba contra el fregadero, que me penetraba por detrás y que me decía que sabía a manzana. Él sabía a hoguera, lo sabía. Imaginé que hundía su cabeza en mi pelo y me decía que no tuviese miedo, que fred el gigante ya estab aquí. Imaginé que me daba la vuelta y me obligaba a mirarle mientras me hacía el amor y yo grababa en mi su cara que desconocí hasta hacía instantes.
Pero el café ya estaba listo y allí sólo estaba yo y ese techo alto, desde el que otra yo se reía de mi.
Él seguía mirando por la ventana, ausente y a la vez seguro.
-Te pareces a la mujer del libro.
-¿A quién?
A ella. Señaló con la mirada.
El libro que estaba mirando antes de que él llegase. Se había quedado abierto en mi cuadro favorito, después de haber estado mirándolo más de diez minutos, soñando con haber posado para el artista.
-¿En que me parezco?
-En su soledad. En las lágrimas que guardas detrás de tus recuerdos.
Me dijo que al día siguiente, me contaría la historia de ese cuadro, algo que sólo él conocía. Todo me parecía absurdo, pero quería volver a verlo.
-¿Te llamas Fred? Le pregunté
-No. Me llamo Tom.
-¿Qué crees que está pensando ella?
-No lo sé.
-Mañana te contaré algo sobre ella.
Al día siguiente me descubrí deseando que llegasen las 7 de la tarde. Me miré en el espejo del baño. seguía siendo atractiva, pero mi piel reflejaba sufirimiento y mis muñecas no podían ocultar que en un pasado no había sido lo suficientemente valiente para seguir adelante. Tuve miedo.
-A las 7 llegó Tom, con las manos en los bolsillos y los mismos zapatos sin cordones.
Entró en la casa y me cogió de la mano. Me llevó al salón, al lado de la ventana.
Se sentó en la mecedora, con sus largas piernas encima de otra silla. Me atrapó con una mano y me sentó sobre sus rodillas. Yo apenas me atrevía a respirar. Comenzó a hablar con su barbilla pegada a mi espalda. Toda yo ardía.
La mujer de ese cuadro, se llama Jo. Josephine. Fue pintado en 1961.
Josephine era prima del pintor Jimmy Beste. Desde pequeños sintieron que sentían más que amor fraternal el uno por el otro, y en la adolescencia, aquello explotó, pero Beste acabó abandonando a su prima, y ésta enloqueció. Josephine comenzó a perseguir a Beste. Llamadas telefónicas, amenazas de suicidio, por entonces él todavía no era ni mucho menos el mito que sería más tarde. Un día, se presentó en su casa. Llevaba sólo una gabardina, y debajo, el cuerpo que tantas veces había sacrificado para él. Ese día, Josephine sólo le pidió que la pintase, y que conservase su retrato. Se desnudó, se tumbó en un sofá, y escuchando a Jacques Brel de fondo, lloró lágrimas de impotencia. Jimmy Beste era amigo de Roy Liechstentein. Compartían confidencias, exposiciones y el mismo amor al arte. Liechstentein fue un día, como solía hacer a menudo, a visitar a Jimmy. Sobre un sofá vió el cuadro de Josephine. Se enamoró de esa imagen al instante. Dos meses después, Jimmy murió de un enfisema pulmonar, con él en el hospital, cuando fue a visitarlo, estaba aquella mujer que parecía ser el primer ser humano en el mundo que hubiése aprendido a llorar. Estrujaba las sábanas de su cama en un gesto de locura que jamás la abandonaría. Roy recogió gran parte de las cosas de Jimmy, al que apenas le quedaba familia. Sobre el sofá de cuero negro seguía reposando ese cuadro, la mujer sin nombre seguía mirándole, en un gesto que ya entonces tenía algo de locura. Se lo llevó consigo.
En 1963, Roy Liechstentein ya había conseguido gran éxito. En una exposición en Nueva York, presentó su obra estrella: "Hopeless". Y ahí estaba Josephine, el mismo rostro y la misma melancolía pasadas por el filtro de unas nuevas manos, pero cautivando una y otra vez a la gente,
con esa terrible certeza de que no había nada por hacer. Última parada: desesperación.
En realidad fue ese cuadro el que le lanzó al éxito mundial. Josephine jamás dijo nada, creo que tras morir Beste todo dejó de importarle. Hay rumores de que se internó en un centro psiquiátrico de Louiseville, donde vivía una hermana suya.
Pasó el tiempo, y nos quedamos sentados, escuchando como el anochecer se adueñaba de todas las cosas. Tom se levantó.
-Tengo que irme. Son casi las 9.
-¿volveré a verte?
Una mueca de sufrimiento pasó por su rostro.
Le dije que le estaría esperando.
Pasaron días, y Tom no volvió. Mientras tanto, yo había logrado saber que en Louiseville vivía una tal Josephine Moran, las fechas se correspondían. Fui hasta allí en mi viejo automóvil. En la ciudad, logré dar con ella con relativa facilidad, todo el mundo la conocía. Si esperaba encontrarla en un psiquiátrico, vieja y consumida, con la razón perdida, me equivoqué. La Josephine Moran que me abrió la puerta de su casa seguía siendo hermosa, y parecía vivir en este mundo más que yo misma.
-¿Señorita Moran?
-¿Siiiiiiii?
Me miró largamente, de arriba a abajo. Parecía feliz. En la entrada alcancé a ver un retrato de boda, parecía antiguo. Supe que toda la historia del cuadro era una gran mentira, una ilusión perdida. Seguramente la Josephine Moran de Tom era una pariente, una conocida, o una mera coincidencia.
-Va a parecerle una estupidez y seguramente le parezca una maleducada pero...
En aquel momento apareció el gigante rubió. Me cogió del brazo.
-Ana, ¿qué estás haciendo? Tenemos que volver a casa.
Lo miré sin comprender.
-¿Qué haces aquí?
-Me dejaste una nota recuerdas?
-Mi mente está confusa...
Volvimos a casa, Tom me acostó, y se quedó abajo, mirando por la ventana, sentado en la mecedora.
Dormí hasta que las noches y los días se confundieron. Cuando me desperté me levanté, me enfundé en mi bata blanca y me senté en el borde de la cama. Miré mis manos. Miré las fotografías que había sobre la pila de libros que hacía las veces de mesilla.
Allí estábamos, Tom y yo, en la orilla de un río. Yo llevaba el pelo muy largo, y él su barba, me cogía y sonreía como un gran gigante inmortal.
Bajé las escaleras. Tom seguía durmiendo en la mecedora. Me senté sobre sus rodillas y puse sus brazos alrededor de mi cuerpo. Me dormí así. Al cabo de un rato nos despertamos.
-Ana. Ana, luego va a venir el doctor. No puedes continuar así, has estado durante días engañándome, no te has tomado la medicación. Ni siquiera me reconocías.
Ahora recordaba todo. Yo vivía allí, con Tom. Nos habíamos mudado poco después de perder al niño. Tom hacía guardias de una semana fuera de la ciudad, en otro centro médico. El psiquiatra me había diagnosticado pérdida de memoria transitoria, debido al trauma emocional. El libro de pintura me lo había regalado Tom.
-No volveré a contarte ninguna historia, al menos hasta que estés bien.
Esa noche volví a sentir deseo dentro de mi, tras meses de evitar cualquier acercamiento con Tom. Me quedé embarazada, una niña llamada Hope que emitía chillidos de placer cada vez que veía el rostro de esa Josphine imaginaria.

muy chulo
Buen relato!!!:) Feliz año!!!!!!
Un abrazo
Cada día que pasa te vas superando. Enhorabuena y suerte.
Pronto, este barco se te quedará pequeño y tendrás que saltar a la inmensidad del mar.
Que tengas buena suerte en el salto, maña.
De los últimos que has escrito, el que más me ha gustado. En cuanto a escritura, para mi, perfecto. En cuanto a historia, no veo por qué dice al principio que es estéril y luego tiene un hijo. Más que amnesia transitoria paraece amnesia selectiva.
De donde ha salido Jimmy Beste?
El tal Tom, en esa primera aparición, me ha recordado al oso que se convertía en hombre y seducía a Maggie en Docor en Alaska. Me caía mal, pero eso es otra historia
Gracias gente!!
Troutman, yo creo que a ti te cae mal cualquiera que se lleve a una hermosa mujer!
Jimmy Beste simplemente no existe.
La esterilidad de ella es como bien dices, amnesia selectiva más que transitoria. Seguramente habría que reescribir esta parte.
Cuidado, me caen mal los hombres altos, rubios y fuertes que se llevan a la bella. Es una cuestión de pura identificación con el Doctor Fleischman. De todas maneras, debo ser un envidioso.