Dice Arthut Daane en el día de todas las almas, que hay palabras que se quedan prendias de uno. Palabras que pertenecen a ciudades, a situaciones, o a personas.

Hoy, en un intento de arreglar el desorden de algunos de mis cajones, un intento que se dilata varios días, he dado con las fotografías que hicimos L. y yo en Lisboa. Lisboa será para mi siempre la felicidad, la iniciación, las promesas en cada mensaje de móvil, en cada llamada, en el impacto de un corazón que se conmueve con cada gesto. Esas pequeñas etapas en que apenas puedes creer que eso te esté pasando a ti. La alegría se refleja en cada gesto, en la forma de sonreir delante de la plaza del Comercio, de esa mirada perdida en lo alto del elevador de Santa Justa.

Esa felicidad compartida con mi amiga L. me duele por su ausencia emocional, ahora que ella parece abducida por su futuro inmediato. Me cuesta perdonar la infidelidad emocional de una persona que te busca cuando carece de pareja pero que te relega a un segundo y hasta a un tercer plano cuando la vida le regala un novio, aunque vista con polos y a mi me parezca más aburrido que una pajarita de lazo.

No me imagino a L. y su futuro marido mirando con emoción la fotografía de la portada de "El día de todas las almas". No los imagino interesados en saber que fue su mujer, Simone Sassen, la autora de la fotografía que muestra la portada, ni en saber que Siruela es un pueblo de la Siberia extremeña. Yo no quiero saber el tamaño de los puros que fuma ni cuantos jerseys burrberry tiene en su armario, ni el nombre del diseñador pluma gay que les he dicho "oissssssssss el papel pintado es lo que se lleva en el salón". Que me dejen con mi linares y su gramola. Y paso a explicar.

El viernes tuve otra experiencia mística con los compañeros de curro. Como decía el novio de una de mis compañeras, en estas cenas hay que beber mucho para aguantarlas. Y yo apenas bebí. Después de la payasada obligada del amigo invisible, de celebrar las ausencias de los que no estaban (momento épico regado con un Motosierra del bueno), y un momento maño entrañable cuando el grupo de la mesa de al lado (creo que eran del sindicato OSTA), se arrancó con una jota ovacionada por todo el comedor, nos fuimos a uno de esos bares que tengo en el número uno de mi ranking de lugares que nunca pisaré a no ser que sea estrictamente necesario: los pubs irlandeses. Y si no me gustan es porque la música, los hombres, y la bebida son malos con avaricia. Reggeton, cuarentones y gintonics a 5'50. Huyamos por patas. A las 2 la gente comienza la retirada y de 20 quedamos 8, que decidimos ir al Linares, un sitio mega-cutre, con olor a bodega y a grasa antigua, con una gramola donde las canciones cuestan 50 céntimos y que igual te ofrece el "Linda" de Miguel Bosé que el "Mediterráneo" de Serrat. Cantar el Mediterráneo de Serrat (siempre que no sea en tu casa, a solas, donde está permitido hasta emocionarte), como si la vida te fuese en ello, es un buen medidor de que la gente ha perdido la compostura, la vergüenza, y bastantes euros en lo que va de noche.

A las 4 sólo quedamos 4 chicas, y el lapa. El lapa, que está más sujeto que cualquier artilugio de los que fabrican en Bricomanía. "Una más y luego os dejo solas". (esa fue su frase). Mentiroso. A las 6 la lapa humana seguía ahí, emocionado porque en un bar sonaba Café Quijano y una canción que hacía "turururú". E intentaba llevar el ritmo con sus dedos. Para alguien totalmente arrítmico, resulta tarea imposible. Fue sin duda el momento más cómico de la noche. A las 6 y media de la mañana tuvimos que mentirle y jugar a despistarle. ¿Hace un chocolate? (sugirió él). Con excusas le dijimos que nos íbamos a casa.

Ayer no tuve resaca. Fue un día estupendo. Decidí que es hora de que el "Ten" de Pearl Jam conozca un formato más actual que el vinilo. Quité el polvo de la casa mientras sonaba "Black", mientras cantaba emocionada "call me a dog" de Temple of the dog. Paseé por la ciudad con mi amiga la pintora, que se compró un sombrero, y yo me compré un libro. Comimos pan japonés y pinchitos de gambas, nos olimos los dedos camino a casa, que seguían apestando a marisco. Recibí una felicitación navideña de una amiga que vive en Burdeos, y un largo email de otro amigo querido. Pensé a menudo en esas fotos rescatadas de Lisboa, de hace 3 años, cuando L. me parecía más feliz que ahora, antes de que dejase de creer en que hay cosas que sí se pueden alcanzar, antes de que se resignase. Y me dió pena. Entre las fotos de Lisboa encontré una que sin duda es mi foto favorita, porque también refleja lo que fue un día perfecto. Barcelona, barrio gótico, calle Avinyó. L. y yo compartimos un plato de humus, nos reímos como nos reíamos antes. Me hace una fotografía y yo sonrío, no hay nada que me enturbie ese momento en que ambas somos transparentes, la una para la otra. Quizás si se la enseño, recordará que hubo un tiempo en que todo fue distinto. O quizá si le canto "call me a dog" al oído, o si le cuento como Arthur Daane se reinventa a si mismo, o si le cuento que quiero emborracharme con ella mientras bebemos grandes dosis de vino tinto, o si volvemos a hacer ese viaje a Lisboa, y si se acuerda de otra foto, una en la que dos personas algo más jóvenes que ahora sonrien, vestidas con pijama, y juntan mucho las cabezas para caber en el encuadre de la foto.

Otra vez una entrada demasiado personal. Y además me doy cuenta de que en lugar de "prendidas" he puesto "prendías". No tengo ganas de corregir, que nadie piense que tengo gracejo sureño, mis ascendentes son bravos gascones.