Semana extraña. Quizás todas las semanas deberían ser así. Decidimos el menú de Navidad, triunfa la lubina con gulas ante la merluza y el tournedó de cebón con foie y boletus ante el entrecot. Nos volvemos cosmopolitas, como el nombre de ese cócktel que vi el sábado por la noche pero no probé. No tengo ganas de trabajar.
Veo Retorno a Brideshead, con ese estupendo Jeremy Irons que desde siempre saca mi instinto sexual. Jeremy, ven que te hago un favor. No me importa que tengas el doble de mi edad, ni que juntos sumemos 90 años. Llámame si un día ruedas la segunda parte de Herida. Me gusta Louis Malle.
Falla el sistema informático de la biblioteca y la aplicación principal se avería. No podemos trabajar. ¡que alguien saque el vino y esos berberechos que quedan en la nevera! Se respira el espíritu navideño. El frío de estas mañanas me estimula y me vuelve viva. Quiero a todo el mundo. Quiero un trineo, quiero nieve, quiero luces en mi casa. No quiero un Papá Noel descolgándose por mi fachada.
Calamares y papas bravas, en un sitio nuevo que han abierto. Y cañitas. Conversación entre amigos. Zaragoza y yo nos reconciliamos, vivimos un idilio. Quiero, amo a mi ciudad, aunque a veces eche de menos más modernidad, más estilo, más cultura y menos tráfico. Pero soy feliz. La gente es agradable, quiero a mis amigos. Estoy feliz porque tengo cuatro días de fiesta por delante. Cine, vemos "Feliz Navidad". Viva el espíritu navideño.
La estación es un caos de gente que se va, gente que llega, accidentes con maletas y gente que se equivoca de autobús. Apenas hace frío en Barcelona cuando aterrizo en Nou Barris. Largas horas viendo Twin Peaks. La televisión decide que es hora de morir, después de 13 años prestando servicio. Si no fuera por la play a K. le daría absolutamente igual.

Marujeo obligado: hago la compra, hago una tarta. Un viernes estupendo por delante. Comida con amigos en un estupendo sitio en Plaza Universitat, una alta taberna alemana, donde sirven Choucroute, Kartofen, Goulash y Steak tartar. Me como un sandwich de dos pisos alimentado con salsa Perrins. Conversaciones con S., un amigo de K. que trabaja en la editorial Ramdom House Mondadori. Le interrogo sobre los mecanismos complejos de como a un completo desconocido le llegan a publicar algo. Primordial, saber a que editorial enviarlo. Tener la suerte de que uno de los lectores (esas personas asalariadas que trabajan en las editoriales y cuyo trabajo consiste en leer los manuscritos que llegan) pase de las 10 primeras páginas. Conocer a alguien. Enviarlo directamente a los agentes en vez de a la editorial. Autoeditarse. ¿Y una librería? Según él, difícil, pero no imposible. ¿Alguien quiere asociarse conmigo?
Caravaggio, pase de las 5 de la tarde, visita guiada en castellano. Velázquez, Zurbarán, Ribera, pintura realista en Europa. Me encanta el entorno del MNAC, en plena montaña de Montjuic. Estoy derrotada cuando volvemos a casa.
Compras navideñas. Por la noche vamos a cenar al Rita Blue, el de los tomates verdes fritos. Piel de vaca en los asientos, bancos en piel blanca, velas en las mesas, performance en directo. Tatsiki griego, fajitas de pollo tandoori y un B-Koko, helado de coco con trufa y mangaroca. Deambulamos por el barrio del Raval, por detrás del mercado de la Boquería, este extraño barrio mezcla de la más absoluta modernidad, el mestizaje y prostitutas transexuales. Bromeamos sobre la ciudad sin ley que S. nos describe acerca de Ciutat Meridiana, donde vive su novia. Quiero a esta gente, siento que además de los amigos de K., son también mis amigos. Y me enervo cuando alguien habla tan mal de los catalanes.
Domingo casero. Vemos más Twin Peaks, recogemos todo. Esta vez no vuelvo sola, K. se quedará unos días en mi casa aprovechando que tiene vacaciones y que tiene que hacer cosas en Zaragoza. El viaje es mucho más corto con él a mi lado. Me gusta viajar con él. Sueño con que el verano que viene podamos viajar a Suiza y con que conoceré a sus primos.

Una semana estupenda, aunque al llegar a Zaragoza leo que el abuelo de una persona que aprecio de veras ha fallecido. Lo siento. También me entero del accidente de Londres, de las muertes en la carretera. Mis padres me informan de que el hijo de unos amigos se debate entre la vida y la muerte en la UCI, por una embolia pulmonar ocasionada por una simple operación de rodilla. Vuelvo al trabajo y una querida compañera me cuenta que su marido, que ha superado dos cánceres de pulmón, está a la espera de un escáner de urgencia ante la sospecha de los médicos de un cáncer de riñón.

Tengo la sensación de que estos días he cerrado mi burbuja y no he dejado que nada que no me hiciése feliz me rozase, como si sólo con un susurro pudiese romperse la frágil levedad de su dulzura jabonosa.