Nací un 17 de julio, cuando las macetas de mi tía Eulalia acababan de florecer. Mi madre dijo que sería un buen presagio. Me esperaban para los San Fermines, pero creo que yo intuí que sería anti-taurina, y me retrasé diez días.
También nací en domingo. Dicen que los niños nacidos en domingo tienen una suerte especial. Para festejar esa suerte celebraba mi cumpleaños cada domingo, les llamaba: los cumplesemanas. Mi hermano pequeño, Miguel, siempre me regalaba lo mismo en cada cumpleaños: una canica azul. Para él representaban la tierra a la escala a la que él podía dominarla.
Mi padre era vendedor de enciclopedias, uno de los que llaman: venta a puerta fría. A pesar de que engañó a mi madre más de una vez con aquellas mujeres a las que les colocaba la enciclopedia ilustrada de la fauna ibérica o la de historia del arte, no fue un mal tipo. Por la noche, cuando llegaba arrastrando los pies dentro de sus zapatos baratos, todavía rescataba un resuello y una pizca de amor para sentarse en mi cama e inventarse historias sobre vendedores de enciclopedias que se hacen millonarios. Los domingos por la mañana me despertaba temprano y me arrastraba hasta la churrería de la esquina, y por las tardes, me llevaba al cine, un cine donde solamente ponían películas en blanco y negro. A veces también me llevaba al colegio, y cuando me dejaba allí, hasta creía ver alguna vez una lágrima furtiva asomando en el ojo, lo que me llevaba a pensar que quizá ese día pensaba fugarse con alguna de aquellas señoras que compraban sus enciclopedias, y abandonarnos a mi madre y a mi hermano y a mi. Y yo entraba en clase, arrastrando mi cartera, en la que mi hermano había metido un montón de canicas azules, para que me dieran suerte.
Compartía el pupitre con Nano, un chico que a sus 8 años ya recitaba fragmentos del Quijote. De Nano me gustaba todo, sus ojos oscuros, sus manos regordetas, el cuaderno con la ilustración en la portada de un Cadillac blanco y plateado. Hasta su manera de sorberse los mocos y como los calcetines le colgaban siempre enrollados en los tobillos. Le ponía ojitos tiernos que él no veía o no quería ver. Siempre me robaba la goma de borrar, de manera sistemática, quise pensar que en el fondo era verdad aquello de que si a un niño de 8 años le gustas, te hará rabiar.
Pero los años pasaron y Nano dejó de robarme la goma, dejó de sentarse en mi pupitre, dejó de sorberse los mocos y de llevar pantalón que dejase ver sus calcetines enrollados en los tobillos. Se hizo mayor, se dejó el pelo largo, se compró una moto y las chicas empezaron a fijarse en él. Y yo me quedé allí, atrapada en mitad del pasillo del instituto, mirándolo con el corazón a punto de resquebrajarse. Yo y mis dos coletas estúpidas, yo y mi vestido nuevo, yo y mi libro de poesía que quería regalarle. Yo y mi timidez, mi miedo, mi inseguridad. Haber nacido en domingo no me sirvió de nada entonces. Creo que para entonces ya era transparente para él, y seguiría siéndolo hasta que acabamos el instituto.
Cuando cumplí 19 años, tomé la decisión de irme lejos de casa, a estudiar. Mi padre finalmente nos había abandonado, dejó de vender enciclopedias cuando cumplí 12 años. A partir de ese momento, comenzó a ejercer de representante en una empresa alemana que se dedicaba a la producción de tupperware. En tres meses le hicieron jefe de ventas. En una de esas reuniones con mujeres de edad ya no tan juvenil, en la que enseñaba las ventajas de la conservación en los recipientes de plástico y la importancia de que estaban en casi 29 colores distintos, conoció a una viuda rica de buen ver, que tenía casa en la playa y la montaña. Dejó a mi madre y nos dejó a mi hermano y a mi. A mi hermano le dejó un montón de canicas nuevas, y a mi, una nota.
“Querida hija. Sé que sabrás comprenderlo. He intentado ser buen padre y buen marido, he intentado ser todo aquello que la gente esperaba, pero no ha funcionado. Eres mi hijita querida, te haré saber donde estoy. Te quiere, tu padre”.
Aquella protección invisible que guiaba mis pasos se había acabado definitivamente. Y así andaba cuando cumplí los 24 años. Estaba estudiando en Bruselas, en la UCL. Justo ese año había cambiado de piso. Vivía al lado de la estación de Alma. Me encantaba la estación y su evocador nombre, que para el resto de no españoles seguramente pasada desapercibido. Compartía un piso de techos altos con otras tres personas: Maya, una chica de origen brasileño fascinada por Europa y por el lujo, Céline, una francesa tan blanca como la nieve, delgada como un junco, etérea como una nube, y con un carácter tan volátil como el de un pétalo mecido por una corriente de aire. Por último estaba Stuart, un chico escocés que siempre masticaba caramelos de menta y apasionado del jazz. Y ahí estaba yo, en mitad del naufragio.
Nuestra casa era un tremendo maremoto por la que la gente entraba y salía. Una muchacha vendedora de objetos de la India, trapecista, un reprógrafo actor, un profesor de inglés escritor de textos de teatro, una médico con pierna ortopédica, una veterinaria con miedo a los pájaros, un educador social con fobia a hablar en público, un operador de turismo que no había salido de Bruselas, un geólogo con complejo de Edipo, una historiadora con mucha historia, una economista hippie que repudiaba el capitalismo, una filóloga que soñaba con regentar un Parador Nacional en el sur de España. Y me preguntaba la de sueños perdidos, encontrados, paradojas, con las que me cruzaba cada día, sin darme cuenta.
Me encontraba perdida entre tanta gente. De vez en cuando recibía carta de mi padre, que me contaba que le iba bien con su esposa, la viuda rica, había montado su propia empresa de tupperwares, logrando arrastrar a dos empresas de la competencia a la ruina. A veces veía a mi hermano Miguel, que seguía adquiriendo canicas de todos los tamaños. Seguramente su incapacidad para demostrar cualquier tipo de afecto más allá del de un padre biológico lo volcaba en aquellos minúsculos objetos que también le regalaba. Mi vida se reducía por aquel entonces a ir a clase (literatura comparada), preparar la comida en la enorme cocina de aquella enorme casa, escuchar los absurdos diálogos de Maya, las absurdas conquistas de la inconstante Céline, y la absurda música que componía el no tan absurdo Stuart. Lástima que tuviera nombre de ratón, nunca le podría ver como un hombre aunque me hubiése compuesto una canción llamada “dulce pérdida en otoño”. Dulce, mi madre. Pérdida, mi padre. Yo misma. Otoño. Nano cumplía los años en octubre.
Vivía enamorada de Bruselas, pero me sentía sola. Ni siquiera me alegraba el chorrito del Mannenken Pis hasta donde me gustaba llegarme en mis paseos nocturnos. Y qué poca gente paseaba por Bruselas a altas horas de la noche. Toda la ciudad para mi sola para poder ser cualquier cosa. Pensé en lo estúpida que a veces me sentía alejándome conscientemente de las cosas que podrían hacerme feliz. Encontré un café abierto, así que decidí entrar y calentarme el estómago, ya que el alma andaba perdida entre los techos demasiado altos de aquella casa que me hería y que no terminaba de darme la bienvenida. La barra estaba vacía. El dueño, un señor de unos 70 años, me miró con curiosidad. Supongo que no tenía muchas visitantes femeninas a esas horas intempestivas en las que las niñas buenas han de estar en la camita, arropadas por un nórdico y por unos brazos amorosos. Pedí un doble americano, uno de aquellos cafés que casi nunca me servían como a mi me gustaba. Aún así, era obstinada, creía en la convicción de que cuando persigues algo al final obtienes tu recompensa. Milagrosamente me lo sirvieron como a mi me gusta. Me senté en una mesa, al lado de la ventana, y por un momento deseé que ya fuese navidad para volver a mi casa, ver a mi hermano Miguel, ver a mi madre, celebrar un cumplesemana como cuando era pequeña. Al cabo de una media hora me levanté y me acerqué a la barra a pagar, mientras el dueño seguía mirándome con curiosidad. Le pagué, me dio las vueltas, y con ellas, una canica azul.
- las colecciono desde niño, dijo él
- Yo también conozco a alguien que las colecciona
- ¿y es especial para ti ese alguien?
- Sí, mucho. Es mi hermano. Tiene un retraso mental. En realidad, es la primera vez que se lo cuento a alguien que no es de mi familia. No se porqué se lo cuento a usted.
- Quizás porque en cuanto salgas por esta puerta, no vas a recordar ni que existo. Me volveré invisible
-Gracias. Se la daré a mi hermano por Navidad.
Salí de allí y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Miré el nombre del café: “Dulce pérdida en otoño”. Dios, todo y nada tenía sentido a la vez. Pensé que en cualquier momento me despertaría, empapada en sudor o llorosa. Pero nada ocurrió. El Manneken Pis seguía allí, inmóvil, eterno. ¿me había guiñado un ojo?
En diciembre regresé a mi casa. Mi madre había envejecido desde que mi padre era el rey de los tupperware. No se había vuelto a casar, ni siquiera tenía una pareja, pero parecía conforme después de todo. Mi hermano Miguel me recibió con un inmenso abrazo que me conmovió y resquebrajó la piedra que me envolvía desde hacía demasiado tiempo.
-Toma, es para ti. Saqué de bolso un bonito paquete lleno de estrellas.
- ¿Qué es?
- Ábrelo
Una preciosa canica del color azul más intenso del mundo, con vetas color negro, salió de aquel paquete.
-Alguien me lo dio para ti.
-La pondré en un sitio especial, dijo Miguel.
Más tarde, la piedra terminó de resquebrajarse por completo. Mi madre y yo compartíamos conversación y dos tazas de café extra-fuerte cuando me cogió las manos.
-Tú sabes que Miguel siempre ha sido especial.
-Claro.
-Tú sabes que lo quiero más que a nada y que me moriría si le pasase algo.
-Lo sé. La miré asustada.
-Miguel está muy enfermo. Todos estos meses hemos estado realizándole pruebas, parece que le han diagnosticado una extraña enfermedad.
-¿Qué enfermedad? Fui consciente de que estaba gritando.
- Bueno, le han diagnosticado el síndrome de Budd-Chiari.
-¿Qué? ¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué es eso?-
- Pues verás, El síndrome de Budd Chiari es una enfermedad muy rara, caracterizada por la obstrucción de las venas suprahepáticas o de la cava inferior.
-¿quieres dejar de hablarme como un médico? ¿Qué le va a pasar a Miguel?
- Pues es posible que pronto no esté con nosotros. Quiero que sepas que si Miguel muere, me pegaré un tiro o meteré la cabeza en el horno. Te lo digo para que no te coja por sorpresa, lo tengo todo preparado.
Me quedé allí inmóvil, incapaz de reaccionar. Hasta que Miguel entró en la cocina, se sentó encima de la mesa, me puso los pies descalzos en el regazo y me miró con sus ojos vacíos:
-la canica no brilla, pero me gusta. Lo abracé, lo abracé tan fuerte que temí que terminaría de hacer que sus venas cavas o lo que fuese aquella mierda que se lo llevaba lejos de mi explotasen.
Meses después, Miguel empeoró rápidamente. Postergué mi vuelta a Bruselas, aunque sabía que de alguna manera quería volver. Acmpañaba a mi hermano al hospital, pruebas, análisis, hospitalizaciones. Mi hermano se encogía por momentos en la cama de aquel hospital. No soltaba de su mano la canica azul con vetas negras. Su talismán. Rogué que me la diese y descansase y la metí en mi bolso.
Salí por el largo pasillo hasta la máquina del café. Aquí no había manera de tomar un doble americano, pero la cafeína me mantenía despierta para las largas noches que pasaba encerrada en esos 8 metros cuadrados. Había recibido carta de Stuart, me enviaba una cinta con sus últimas composiciones. Una discográfica parece que finalmente se había interesado por él. También me contaba que él y Céline salían juntos y que Maya ya no vivía con ellos. Pensé en responderle antes de que la pereza y la tristeza no me dejasen hacerlo. Busqué un bolígrafo, revolví el bolso entero. La canica azul salió disparada y se metió debajo de la máquina del café. La vida de mi hermano salió disparada como un tremendo motor a reacción sin posibilidad de retroceso. Me lancé al suelo y traté desesperadamente de sacarla de ahí. Sentí que la vida de mi hermano dependía de aquella estúpida bola rodante, aunque sabía que era absurdo, que estaba haciendo el ridículo.
- Mara.
Me golpeé la cabeza al oir mi nombre. Me levanté y miré a la persona que me había llamado.
-Mara. ¿cómo estás Mara?
-¡Nano!. ¿qué estás haciendo aquí? Cuanto tiempo.
-Hago las prácticas de medicina. Oye, siento lo de tu hermano, lo sé porque vi los apellidos y además me acordaba de él, a veces venía a buscarte a la escuela con tu padre. Por cierto, ¿qué tal está tu padre?
-Bien. Es el rey del tupperware lo sabías?
-¿cómo?
-Nada, no importa. ¿Qué tal estás tú?
-Más o menos. Oye Mara, escúchame, voy a intentar ayudar a tu hermano en lo posible. Creo que tu hermano tiene una posibilidad de salvarse. He estado investigando artículos que todavía están en fase de estudio, pero creo que podemos hacer algo. Leí algo sobre un manantial que existe en una zona de Bélgica, Etalle. ¿Has oído hablar del mal del flúor?
-¿el flúor de los dentífricos?
-Jajaja. El flúor que se encuentra en algunas aguas de manantial. Un exceso de flúor puede estar relacionado con la osteoporosis, pero un grupo de científicos belgas y de coreanos que trabajan juntos están investigando su poder curativo para otras enfermedades, entre ellas, la que tiene tu hermano. Ya se que suena desesperado y absurdo pero podríamos probar a llevarlo allí. Hay un balneario precioso. ¿Piensas que estoy loco?
-¿Loco tú? Yo creo en el poder de las canicas azules. Te acompañaré al fin del mundo si con ello puedo ver crecer a mi hermano.
Semanas después, Miguel, Nano y yo nos alojamos en el balneario de Etalle. Miguel disfrutaba enormemente de las vistas, los pájaros y las flores. Comenzó a someterse a un tratamiento a base de flúor inyectado y bebido. Nano y yo dimos largos paseos, nos pusimos al día de nuestras respectivas vidas en aquellos 6 años en que cada uno había seguido caminos distintos. En un arrebato de ternura, me contó que conservaba todas las gomas que me había robado, y que en aquella época se hacía pis en los pantalones sólo de pensar en mis dos coletas.
-Pues en el instituto no te fijabas en ellas. Le sonreí con coquetería.
-Si te las pones ahora podemos ir arriba a jugar a que tenemos otra vez ocho años.
Le miré con ojos como platos y le besé. Le dije cuanto me gustaban sus calcetines enrrollados en los tobillos, cuanto me gustaban sus ojos y cuanto lo admiraba por estar haciendo todo aquello por mi hermano.
Pasaron unas semanas más y regresamos. Los médicos no entendían nada cuando los exámenes de Miguel demostraron que la enfermedad remitía. A partir de entonces le aplicaron un tratamiento de un compuesto de flúor, y aunque la enfermedad no remitiría por completo, con el tratamiento adecuado, le permitiría llevar una vida normal.
Nano y yo nos fuimos a vivir juntos, y visitabámos a Miguel muy a menudo. Cada vez que íbamos de visita, Miguel se tiraba a los brazos de Nano.
Creo que la suerte por fin había regresado a mi vida. Por un momento habái dudado de todo aquello. Le dije a Nano que si teníamos un hijo tenía que nacer en domingo, así que debía investigar algún artículo que permitiese planificar con exactitud el día de la semana en la que alguien debía nacer. Y su primer regalo sería una canica azul, sin duda.
La canica azul de vetas negras debe seguir debajo de la máquina de café del hospital. Espero que le de suerte a quien la encuentre.

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Se dice Tupperware, no? Te debo un comentario por e-mail. Será largo, así que prepárate. Nano me cae mal. Lo veo, sin necesidad de que me lo hayas descrito así, como un criajo con melenitas y cara de perdonavidas que juega a ser Médico Precoz. Sabihondo!
La historia está muy bien. Pena que no mataras a nadie.
Joder que curioso. Para ver tu comentario, he tenido que hacerlo desde modo edit. Será que el beatlejuice me ha echado una maldición.
Pobre Nano... no te creas, yo al final he pensado que podía morirse, ahogado, por chupar con desenfreno una de las coletas de Mara. Pero me ha dado pena, soy una blandengue.
¿se lee taperware en lugar de tupperware? Porque al principio lo había escrito mal y lo he corregido. Creo que esta página no va muy fina hoy.
Agradeceré todos los comentarios que me hagas
¡Qué bien, qué feliz!
¡Y no muere nadie!
¡Ahora voy a tener que mirar debajo de todas las máquinas de café del hospital!
y no crees que lo que le pasaba a Mara es que quería tenerlo controlado todo y que sólo fue feliz cuando el mundo se le escapó de las manos y se escondió debajo de una máquina de café?
me encanta la forma en la que empiezas la historia
Estoy con Troutman, Nano el superdoctor con sus superartículos me cae gordo. Se aprovecha de la debilidad de Mara...mmm...me traiciona el subconsciente, era yo el que tenía que rescatarla.
Preciosa y evocadora primera mitad, sigue escribiendo por favor.
Genial, un amigo trabaja en una importante editorial, si lo deseas puedo hacerle llegar algo tuyo.
Saludos.
Vlada Stosic, es una broma?
¿Tú crees que se tomaría la molestia de leer algo?
gracias
Tu relato de ficción estaba tan bien redactado que verdaderamente parecía real, supongo que han querido gastarte una broma, Blackstar.
Vlada Stosic fue un antiguo jugador del Betis, de la primera época de Serra Ferrer.
De todas formas, seguro que llegará alguien de verdad.
Adios.