Llegando y partiendo
Si un día un amigo en su blog hablaba de la desaparición de los calcetines y la posibilidad de una vida más allá de las lavadoras de carga frontal, hoy me toca hablar de la desaparición de los post-it. Un neologismo que dudo tenga correspondencia en nuestra lengua. ¿"El papel amarillo que pega y que sirve para dejar notas"?. Toda la parte inferior de mi ordenador está llena de post-it, sin llegar al extremo de tener que pegármelos en la frente como el agente Andy en Twin Peaks.
Los amarillos para cosas pendientes, los verdes, para cosas pendientes más prioritarias. Los rosas, para logins y contraseñas de bases de datos. Los morados para números de teléfono. Un caos organizado que sólo yo entiendo. Creo que tendré que hacerlos desaparecer cuando venga la auditoría externa porque si me preguntan buscaré un número de teléfono en el post-it verde y una contraseña en el amarillo. Y tener un montón de cosas apuntadas en post-it da muy mala impresión, pero no soy capaz de tener agenda, siempre acaban en un rincón.
Peor impresión da tener un montón de botellas de vino en el office, parecemos una banda de borrachos funcionarios tocahuevos. El lunes todavía se respiraba olor a cerveza, cerveza que degustamos el viernes en la despedida.
Volviéndo a los post-it. Es increíble que en un trozo de papel tan minúsculo puedas decir tantas cosas. Puedes marcharte un fin de semana, regresar a tu casa y dejar un post-it pegado en el interior de su libro a tu pareja diciéndole que le echas de menos. Aunque para eso, siga prefiriendo el correo tradicional. A pesar de que las endorfinas segregadas por el enamoramiento sólo duren un año o que tu pareja sea el "mono cariñoso" de la manada, y no el mono varonil y seductor (teoría de un programa devulgativo). Las cartas y los post-it también pueden socorrer al más cobarde, el que no se atreve a dejarte en persona. Recuerdo un episodio de esa absurda y divertida serie que es Sexo en Nueva York, en el que la prota guapa periodista escritora que nunca lee libros es abadonada por el guapo, escritor y con éxito, pero emocionalmente estéril y con miedo al compromiso. El muy idiota la deja a través de un post-it pegado en la pantalla del ordenador. "Lo siento. No puedo". A un tío que hace eso habría que cortarle los huevos, o mejor aún, colarte en su piso e inundar de post-it con frases descarnadas todos y cada uno de los rincones. Qué sufra. Que se sienta culpable. Una frase por cada día perdido. J. también se merecería que hubiese inundado su casa de post-it. Me dejó en Navidad. Las peores navidades de mi vida, incapaz de tragar un bocado mientras toda mi familia pensaba que mi palidez, mis pocas ganas de hablar y mi total falta de apetito, amén de unos ojos proclives a las lágrimas y un sentimentalismo digno del culebrón de Cristal se debían a un exceso de ron y a los sentimientos que despiertan estas fechas.
Ayer tuve que ir a la central de servicios del banco que nos lleva la hipoteca. Por teléfono había hablado con un tal Sergio. Es curioso pero siempre que hablo por teléfono con alguien que no conozco y que trabaja en un banco o algo parecido lo imagino tocándose la corbata mientras me habla. Luego lo conozco y ni siquiera lleva corbata, sino unos vaqueros y un jersey. Me pregunto si alguien que habla conmigo y no me conoce pero sabe que soy bibliotecaria me imagina con moño y gafas. Y con zapatos de suela de goma, por supuesto.

Hace dos días tuve mail de mi hermano. Llueve en Granada, y ha sacado un 10 en el examen de lógica. Siempre fue más lógico que yo. El día 22 estarán de vuelta en Zaragoza, cargados con el frío aire de la sierra y con casi tres semanas de vacaciones. Yo tengo vacaciones desde el día 31 hasta el día 9. Días que pienso dedicar a ver películas que esperan pacientemente su turno, a comer mazapán y guirlache, a pasear por la ciudad iluminada con mi hermano (aunque aquí no tengamos unos almaces Harrods o unas galerías Lafayette y sus luces que deben verse desde el espacio), a hacer compras navideñas (todavía he de pensar el qué), a cenar con los amigos, con la pareja, a escuchar el sorteo de la lotería de Navidad. Antes de que acabe el año mi amiga R. sabrá el sexo de su hijo. Voy a su casa y admiro lo perfecto que parece todo, su casa ordenada, su relación, su sincronización con los meses para tener a su hijo. Hay gente a la que le resulta muy fácil coordinar, ordenar, organizarse. Me siento tan ajena a ello, a los comentarios sobre que producto es mejor para quitar la cal de la mámpara del baño, sobre los días que puedes conservar un caldo en la nevera, al ácido fólico y al hierro que ha de tomar. Me enseña el comedor que acaban de comprar. Es elegante, elegante, frío y muy clásico para mi gusto, pero perfecto para ellos. Miro esos muebles y miro su tripa. En el sofá veo el best-seller "Qué esperar cuando se está esperando". Me cuesta reconocer a la chica que iba al Devizio, perdía el control cuando sonaba el "cannonball" de The Breeders y bebía toda la noche. Y seguramente, hoy la quiero más que nunca. Me pregunto si soy yo la que se queda atrás, pero realmente no me importa. Duermo pocas horas, he cogido afición al pacharán sumada a la que ya tenía por el ron, nunca he hecho un bizcocho en el horno. Me miro en el espejo del ascensor, ya no tengo 20 años pero Peter Pan me guiña el ojo como cada día.
A los reyes Magos este año no se que pedirles:
- Progresos en mi hipocondria. Ejemplo: si tengo dolor de estómago durante una temporada asociarlo a una disfuncional intestinal y no a un cáncer terminal de colon.
- Progresos en mi paciencia con mi jefa. Ejemplo: llamarla interiormente "vieja bruja amargada" 3 veces a lo largo de la mañana en lugar de 33. Si hace falta haré como la Pantoja: ¡"dientes, dientes"!
- Progresos en la búsqueda de pareja de mi amiga N. Quedan descartados los geólogos que intentan seducir comparando su miembro con un trilobite gigante.
Y para que no se quejen, algo sencillito... nieve en el día de Navidad.

Nuala dijo
Jajajajaja...
¡Qué cruel eso de inundar la casa de alguien de post-it recriminativos! ¡Pero qué buena venganza!
A mí también me encanta dejar notitas tiernas escondidas para que mi "mono cariñoso" las encuentre cuando me he ido. Es infantil y estúpìdo, pero a nadie le amarga un dulce.
3 Diciembre 2005 | 01:23 PM