Tienes los ojos de tu abuela
Tengo la idiota sensación de que soy la única persona en kilómetros a la redonda que no tiene el extraño morbo de ver como un tío se come la sandía que una actriz ha introducido previamente en su vagina. Puro porno chino, la llaman. Y yo contesto que eso no puede ser porno, sino que será erotismo, y entonces me veo envuelta en un estúpido y largo debate (bueno, no es tan estúpido) sobre la delgada línea que separa el porno más suave del erotismo más salvaje.
Me resulta estimulante ver a Harvey Keitel vestido de mujer, con un apretado vestido rojo marcando sus músculos y su barriga, manoseando a Kate Winslet. Me resulta infinitamente más estimulante ver a Jeremy Irons cogiendo del pelo a Juliette Binoche mientras se la folla en uno de los polvos más excitantes que hayan contemplado estos ojos. No me seduce la idea de ver a alguien comiéndose una sandía repleta de posibles flujos orgánicos. No señor. Prefiero la sandía fresquita, a taquitos y conservada en hielo picado. Es curioso lo que excita a cada uno.
Los orientales, y en concreto los japoneses, tienen un dilatado arte amatorio, pero por lo visto todo ese refinamiento que luce tan bien en pantalla se reduce en la vida real a jugar a ser puras máquinas de follar. Pum pum pum. Con la precisión de una taladradora. Un ser humano con una Black & Decker entre las piernas. Y vayan olvidándose las féminas que sueñan con ser abrazadas tiernamente en mitad de la noche, eso sí, tras haber alcanzado tres estupendos orgasmos casi encadenados. Todo esto siempre basado en experiencias que me han contado. Vamos, que podemos estar perfectamente ante el relato de una mujer despechada.
Me gustaría conocer Japón, a pesar del Karoshi, que no es ningún pescado que se coma crudo, ninguna dinastía del siglo V, ninguna técnica amatoria o mortuoria. Es simplemente, el término con el que se designa al síndrome de la muerte provocada por exceso de trabajo. Creo que en España estamos a años luz. Me horroriza pensar que una analista de valores no sabe que hacer en su día libre (ojo, su día libre semanal), y piensa en volver frenéticamente al trabajo.
Mi abuela materna tenía ojos de japonesa, unos tremendos ojos rasgados, aunque eran grises, muy caucasianos. Yo los he heradado pero más atenuados. Mi madre tiene la teoría de que es posible que tengamos ancestros orientales, pues está documentado que en los albores de la Edad Media las tierras turolenses recibieron la visita de viajeros con rajitas en lugar de ojos. Mi madre también tiene los ojos rasgados, muy rasgados, aunque no fueron los ojos lo que enamoraron a mi padre, sino sus piernas, unas piernas que vislumbró bajando la escalera de una discoteca. Flechazo. Mi madre se enamoró, dice ella, de la cara de intelectual, las gafas de montura negra de mi padre, y su camisa negra. Él sigue enamorado de sus piernas, que ella detesta, y ella, de sus ojos de estudiante que ha estudiado demasiado. Más de 30 años juntos. Qué inmensidad. Me parece tantísimo tiempo... Mis abuelos estuvieron casi 70. Él cumplió 100 años este verano, y sigue hablando con ella. Cuando pasa temporadas en mi casa, escucho las conversaciones a dos (charlas con un fantasma) que se trae. Le interrumpo porque me dan miedo esas conversaciones imaginarias. Le pongo la tele, y emiten Doctor Zhivago. Ve la nieve y se empeña en que fuera está nevando. La abuela va a tener frío, dice....

diego dijo
mis ojos cambian de color a lo largo del día, no lo supe hasta que una mañana me lo dijo alguien que, curiosamente, tenía los ojos rasgados (y me hubiera gustado estar 30 años o 70 con ella)
me ha gustado mucho tu historia
29 Noviembre 2005 | 09:46 AM