Un año más. Un día más en realidad. ¿suena más amenazador el 9 que el 8?
No puedo evitar pensar en la cantidad de cumpleaños que llevo a mis espaldas. El azar quiso que el sábado naciese el hijo de unos queridos amigos de K. y míos. Pensar que tengo 29 años más que esa pequeña cosa que todavía no sabe nada del mundo. LLegará su primer cumpleaños que será invisible para él, como el segundo.

Cumpleaños ausentes, cumpleaños que todos celebran y que tú recuerdas a través de la imagen que te has formado, una fotografía que tu tío Pepe, el hermano de tu padre, te tomó con su cámara mientras tú sonreías con la cara llena de nata, nata de esas horribles tartas que se estilaban hace años, llenas de nata azucarada, con hojaldre en forma de rosas artificiales decorando su superficie. Cumpleaños en los que los abuelos sonríen a la cámara, rejuvenecidos, cuando todavía vivían los dos, cuando ninguno tenía que soportar la soledad que te deja la ausencia del que ha compartido 60 años de tu vida.

Llegaron los cumpleaños escolares, cuando llevabas un paquete de sugus para repartir entre los compañeros de clase. Y después lo celebrabas en casa, invitando a 5 o 6 amigos, y tu madre preparaba meriendas a base de emparedados de pan bimbo, rellenos de foie-gras, que entoces no llegaba para paté, o ni siquiera se veía en el barrio, vete a saber, emparedados de salchichón, de chorizo de pamplona y de queso, de mortadela de olivas. Ganchitos y gusanitos, patatas fritas, que acacaban mojadas en la coca-cola, o en la naranjada, y que tu hermano pequeño se empeñaba en declarar lo mejor que había probado nunca. Cumpleaños en los que se jugaba a disfrazarse, o al asesino, al Enredos o los tragabolas.

Pasaron los años y llegaron los cumpleaños del instituto. Aquellos que ya celebrabas con champán, al que todos le añadíamos azúcar. "Me han dicho que pega más". Agua de valencia. Gritos de adolescentes. Vómitos. Las doce de la noche, hay que ir a casa y todavía voy pedo. Cada amigo, al cumplir los 18 me ha regalado algo suyo. Una zapatilla de ballet de mi amiga la bailarina, que un día bailará en el ballet ruso. El primer libro de mi amigo. Una cinta de música de guitarra compuesta por otro de ellos. Lo recuerdo como el mejor cumpleaños de todos, cuando estabamos todos, cuando Ángel todavía no había cambiado las calles por cipreses.

Pasan los años, celebraciones en pareja, celebraciones con la familia. Me caen mal los 20 años, y después, jamás me vuelven a caer mal. Sólo soy un día más vieja, al fin y al cabo. Me siguen gustando los cumpleaños, me gustan especialmente los de los demás, elegir un regalo que sepas que le va a gustar y esperar su cara de alegría. Habrá algo de vanidad en ello? Supongo que también hay vanidad en anunciar que he cumplido un año más, pero no me resisto a hablar de los cumpleaños.
Me gustan los cumpleaños como me gusta la Navidad, a pesar de la lotería, las cenas de empresa y el amigo invisible. Hay algo especial en esos días en las calles, en las luces, en la cara de la gente. O seré yo que me empeño en que todo el mundo es un poco más feliz en esos días.

Mi amiga Arancha me felicitó ayer con un happy birthday por teléfono, cantado por Joni Mitchell. Qué bonito detalle. Qué bonito que los amigos se acuerden.

Feliz cumpleaños.