Ayer me corté con el cuchillo del pan. Una herida limpia, una linea recta, que duele de manera asombrosa en proporción a su tamaño. Un poco de betadine y listo. Una tirita para protegerla de las agresiones. Listos fuera. Lástima que ni el betadine o las tiritas estén indicadas para heridas del alma.
Las fotografías son heridas del alma, o halagos, triunfos, sonrisas, recovecos de uno mismo. A veces duelen y otras veces te hacen cosquillas. Hay quien gusta de tenerlas siempre cerca, y a otros como K. les basta llevarlas en el corazón.
Ahora que se plantea una futura mudanza de aquí a unos meses, me descubro muchas veces mirando esas fotografías. En la pared de mi habitación tengo dos láminas, una de Herbert Draper: " "El lamento de Ícaro", y la otra, "La Madonna", de Edvard Munch. Las dos tienen un tinte trágico y oscuro. Completa el mosaico de la pared un póster de la película "Dolls".
No siempre han estado ahí. Por estas paredes han desfilados posters de Alice in Chains, de Pearl Jam, de los Doors, de los Beatles. Cada agujero de la pared que ha dejado una chincheta y que no ha cubierto la última capa de pintura, me recuerda a un instante que he pasado contemplando esas imágenes.
Las fotografías personales que acompañan mi vivir diario están llenas de gente que todavía me acompaña y de otra que quedó en el camino. Creo que fue G. quien una vez comentó que lo que le gustaba de las cámaras analógicas, era que nunca sabías como había quedado la foto hasta que la revelabas. Esa dulce espera del resultado ante las artes o las malas artes del que busca la originalidad en un foto, la esencia del momento o del objeto. Es bonito disfrutar por fin del momento en que la memoria se da cuenta de que lo recordabas fielmente, o por el contrario, de que gratamente todavía es mejor. Ahí están de nuevo las calles, la gente, el gesto.
Capturar la memoria como quien atrapa a un peligroso asesino dentro de una celda. Capturar los recuerdos. Recuerdos ante los que somos capaces de llorar o de temblar. Recuerdos que enviamos al cajón de los errores y que esquivamos intencionadamente cada vez que lo abrimos, pero que no tiramos.

Si una fotografía me gusta especialmente es una en la que K. y yo sonreimos imperceptiblemente él, un poco más yo, hecha de manera espontánea por un amigo en una boda. Hay complicidad en ese gesto, sin necesidad de mirarnos el uno al otro. hay complicidad en las manos, en el espacio compartido que no avasalla. Hay una fotografía en la que 6 mujeres, en un lugar perdido del mar, miran al objetivo como si fuese la última noche del mundo. Esos ojos derriten, echan fuego. Se palpa la felicidad. Es tan física que duele. Duele porque por un momento sientes que la felicidad son momentos como éste, y que algo se perdió para siempre entre el nitrato de plata de la película fotográfica.
A mi amiga L. le gusta hacer fotografías en sitios absurdos, extraños y originales. Y yo la secundo. En Lisboa hicimos un montón de fotografías espontáneas, con cualquier cosa que nos pareciera interesante. Me gustan esas fotografías que alguien te hace cuando no te das cuenta. Ahí no hay pose, que diría M. Puedes quedar retratado como alguien que se muerde las uñas o el labio inferior al pensar, que babea cuando duerme. Alguien que muestra en sus ojos que lo ha perdido todo, o alguien que pasa por el mejor momento de su vida. Los estados de ánimo sólo pueden ser captados así, en momentos en que uno baja la guardia. Las fotografías premeditadas se contaminan de exceso de celo, de máscara de formalidad que oculta el interior. Quizás porque nadie quiere que se le adivine en la mirada absolutamente todo. Nadie quiere revelar tanto de si mismo. Por eso hay fotografías mágicas, que te cuentan absolutamente todo. No abundan, son especiales. Aunque algunas duelan. Duelen tanto como la herida de la mano, y no cicatrizan tan rápido. Algunas son como una infección, que vuelve cuando estás bajo de defensas. Se agarran a ti y te producen fiebre, dolor de estómago. Sólo quieres meterme en la cama, con esa griposidad emocional que te ha vencido. Y disfrutas de tu periodo de convalecencia, sabiendo que pasará.
K. me mira desde su retrato con sabia inteligencia. Hace tanto tiempo que no tengo fiebre...
Dicen algunas culturas que las fotografías capturan el alma de las personas, con lo cual incluso son peligrosas.
Afortunadamente mías no existen demasiadas, así que por su concentración las que están en tu escondrijo están bien cargadas de aquella. No lo dudes.
Siempre me ha gustado esa teoría. Pero sólo valdría con fotografías desprovistas de todo artificio.
Te intentas escapar de ese materializador de esperanzas, pero cuando te conquista la tierra tiembla, desafio.
Hola sabes me encantaria cambiar mi pequeño e insignificante espacio a algo que se le acerque a tu pagina espero poder lograrlo porque me considero amante de la lectura y me encanta escribir, como solo tengo esa direccion disponible espero hacerlo ahi, me encanta poder decifrar los lamentos del alma que escriben algunos autores, gracias por permitirme entrar adiosin
atte. una lectora
Gracias MAR. Seguro que si te gusta escribir logras crear lo que te llene.
Un abrazo