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La Coctelera

Las cosas que nunca mueren

Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Cine, libros, música, neurosis y confusiones mentales

13 Septiembre 2005

Quien fuese Hemingway

Fin de semana de chicas. Con lo que eso implica. No hace falta depilarse, no hace falta llevar lencería de última generación. Que tu amiga te vea al dormir las bragas de colorines o tu veas que las tetas de ella (y por supuesto, eso incluye las tuyas) ya no son lo que eran a los 18, no importa. Todo queda entre amigas.
Acompañé a mi amiga la pintora a hacer unas fotografías a Arnedo y Pradejón, provincia de La Rioja. En Arnedo quedamos con los clientes que le han pedido los cuadros. Una pareja de unos 30 y pocos años con tanta pasta que se les sale por los cuatro costados. Montamos en su coche para tomar fotografías de la iglesia de San Cosme y San Damián y yo recuerdo una bella frase de una canción de Bunbury con el mismo título, que dedica al hermano que perdió hace algunos años. Siento una tonta emoción adolescente al ver que claramente Bunbury la compuso pensando en la historia de este par de hermanos santos. (pero si soy atea!!) "desplegamos los mapas de todos los sueños, nos volvemos a encontrar en un punto entre San Cosme y San Damián". Después vamos a su "pequeño chalet de verano" a tomar unas fotos de la casa. El pequeño chalet resulta ser una finca de dimensiones impresionantes, con una casa de dos plantas con cúpula de cristal incluida. Nos explicaron que estudiaron en Deusto. Me pregunto si estudiar en Deusto es excusa sufiente para tener a los 33 años semejante fortuna. Me pregunto que hubiese pasado si hubiese aceptado la oferta de la Universidad Privada de Navarra para trabajar allí hace 5 años. Para una agnóstica que cada vez es más atea (y un estúpido test lo confirma) ese encuentro con la sociedad opusina de Navarra hubiese supuesto un gran conflicto interior.

Nos fuimos a Pamplona, ciudad que a pesar de su cercanía con Zaragoza no conocía. Preciosa ciudad. Pasamos por Sos del Rey Católico. No se si sabeis que esa ciudad arrastra el dudoso honor de sufrir el llamado "mal de la piedra", que afecta al carácter de sus habitantes. Gente osca, oscura, extraña. Un lugar precioso que ostenta uno de los más bonitos paradores nacionales de nuestra geografía, pero que te contagia frialdad.

Yo sólo había visto Pamplona a través de óptica que ofrecen los Sanfermines televisivos. Pamplona sin Sanfermines parece una ciudad casi vacía. Es innegable que Pamplona tiene clase, es armoniosa, con un bello casco histórico y unas vistas inmejorables. Pero también tiene un aire rancio de conservadurismo que tienen casi todas las ciudades de ese tamaño. Una ciudad donde demasiada gente te conoce. No me gustan las ciudades que no son anónimas. Y no sólo porque es más fácil que la gente hable de ti. Siempre he obviado el "que dirán", sino que me atosiga la sensación que me recorrió cuando mi amiga saludó, en el transcurso de una recta de menos de 100 metros, a 3 personas distintas, parándose a hablar con ellas. Eso me gusta en los pueblos, no en la ciudad. En la ciudad me gusta poder estar 5 horas paseando sin tener que comunicarme con nadie. Realmente, cada vez me doy cuenta de que me gusta más el silencio.
El conservadurismo y la religiosidad de Pamplona convive con un sector que se inclina por el euskera como lengua a reivindicar y sustitución de su bandera por la ikurriña. Qué contraste.

La familia de esta amiga es una familia de artistas. Hermanos que trabajan como actores en grupos teatrales, músicos, y escritores de novelas. Impresionante. En Pamplona uno de sus hermanos nos obsequió, además de con un impresionante bonito a la plancha, con un recital de piano que me hizo pensar que no hace tantas décadas, las veladas entre amigos transcurrían así. Alguien leía en voz alta, otro tocaba el piano. Una sana alternativa a las noches de reggeton que también asaltan a Pamplona.

Dormirmos en Campo Real, en la casa que su familia tiene allí. Un pueblo que está prácticamente en la franja entre Navarra y Aragón, pero que pertenece a la segunda. Una casa sencilla con un jardín con huerto, con tapia, con luz propia, robada al mundo. Dormir con manta me pareció un placer inmenso. Desayunar a la luz del sol, también. Tirarnos al sol y charlar durante horas. Hacernos nuestra comida consistente en fideos de soja con verduras, en un wok, también. Y de vuelta al coche.

No puedo resistirme a contar una anécdota que a Pepé Cerdá,
el "guía" y pintor aragonés, jefe de mi amiga, le ocurrió hace un par de años. Pintor reconocido, posee una casa de gran valor en continente y contenido. Pepé estaba de vacaciones, pero dejó a su perro guardián a cargo de la casa. Una banda de mafiosos colombianos entró a robarles. El perro, obviamente, se hizo amigo de los mafiosos. Seguro que hasta movió la cola con alegría. Cuando Pepé volvió, le habían robado hasta el carnet de identidad. Puso una denuncia, y al cabo de unos días, se presentó un chico colombiano en la puerta de su casa, diciendo que él ayudó a robar y que se quiere entregar, puesto que prefiere la cárcel a morir a manos de otra banda de mafiosos colombianos rival de la suya, que quiere matarle. Pepé se queda con él en la casa, y mientras llega la policía, hasta se toman un café juntos, charlan de lo divino y de lo humano y Pepe le enseña algo de su obra.

A los pintores realmente les gusta ver películas sobre pintores, pero nunca cumplen sus expectativas. Desprecian Pollock aunque salven a Ed Harris, le dan un aprobado raso a "Sobrevivir a Picasso", que tachan de pseudo-biografía con ínfulas de documental. Ellos quieren ver la técnica, la manera de pintar, no sus demonios personales en la vida del día a día. Y creo que eso es una equivocación. Porque supongo que vida y obra caminan de la mano, y una se traduce en la otra.

Quiero volver a Pamplona, pero en Sanfermines. Me ilusiona pensar que Hemingway visitó con frecuencia algunos de esos lugares. El bar Txoko, el Hotel La Perla y el café Iruña, todos en la céntrica Plaza del Castillo y el Hotel Yoldi, taurino por excelencia. No me resisto a poner una foto del café Iruña, que me dejó impresionada.

Me recordó a esos cafés de Viena que visité hace dos años. Cafés que sólo puedes imaginar en tardes con baja temperatura. cafés que invitan a charlar y a divagar, dónde el café llega hasta quedar frío en la mesa, mientras las conversaciones se animan.

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

m.

m. dijo

me alegro de que te gustara pamplona, pero en eso que dices de conservadurismo y ranciez no estoy de acuerdo. no se conoce una ciudad por visitarla una sola vez.

7 Mayo 2008 | 04:25 PM

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