Hoy no es el mejor día de mi vida. Y no es el mejor día de mi vida, porque mi hermano se ha marchado a Granada. Mi hermano se ha marchado y la casa se ha quedado teñida de nostalgia. Una nostalgia que bien podría ser la que Caye, la prostituta de "Princesas", refiere constantemente. Una nostalgia de lo no vivido, de las cosas que sólo imaginas y nunca ocurrirán, por eso te dan nostalgia, de tan bonitas como las imaginas. Yo imagino los no momentos que ya no podré compartir con mi hermano, y siento nostalgia.

La nostalgia y la tristeza van de la mano, casi siempre. Siento nostalgia de lo fácil que resultaba todo cuando sólo tenía que desear algo para conseguirlo. Siento nostalgia de cuando la sorpresa del día venía envuelto en papel albal en el recreo. Siento nostalgia de los libros leidos de los que voy olvidando cosas y de los que jamás leeré, por falta de tiempo, o por una total ignorancia de su maravillosa existencia.

Hay libros que nunca olvidas y que te miran desde su estantería sabiéndose eternos, como esos amores que saben que mirarás hacia su portal, apenas sin darte cuenta, cuando pases por su calle. Hay libros que requieren situaciones y lugares especiales para darte cuenta de la magia que encierran. Lei la sombra del viento en un viaje por Viena y Budapest. Y me alegro enormemente de que el final de ese libro llegase en la ciudad bañada por el Danubio. Budapest es melancólica, desgarrada, una ciudad para jugar a perderse, una ciudad donde uno podría vivir un año entero de su vida, intentando recomponer piezas que no encajan. Budapest tiene la enorme facultad de hacerme sentir desnuda de todo, sensible, con el cuerpo abierto y dispuesto a recibir heridas con la cabeza agachada. Pasear por sus puentes y detenerte en ellos, mirar al Danubio, y esperar a que anochezca. Y no necesitas nada más. Esa ciudad encierra algo sumamente especial, pero algo me dice que hay que estar especialmente receptivo a recibirlo.

En Budapest acabé la sombra del viento, y así conjugué, en un acto totalmente imprevisto, las dos B, dos ciudades llenas de alma y de secretos. Pero Barcelona es la luz, la claridad, los paseos de día y el bullicio, y Budapest son tranvías que atraviesan las noches de otoño cortando el frío, mirando siempre hacia el Danubio, la ciudad con un mayor índice de suicidios de toda Europa. Entiendo que no es casual, y que no es pura cuestión estadística que el mayor número de suicidas vivan en esa tierra, sino que Budapest es el lugar idóneo para llegar al supuesto estado de ánimo que tiene que pervivir en tu memoria para hacerlo. Igual que el viento de ciertas localidades configura el carácter, una ciudad hilada a base de tristeza y nostalgia te empuja a sentirte mas triste. Estoy segura de que cuando un actor no logra llorar de forma natural, le bastaría llegarse hasta el puente y atreverse a mirar cara a cara a la eternidad de lo inmutable.

En los gimnasios no hay tiempo para la nostalgia, así que me he marchado con mi toalla y mi botellín de agua dispuesta a ser la próxima candidata a ganadora de los "arrástrese como un caracol maltrecho en la cinta". No puedo con el pelo. Una sesión de GAP hasta que mis muslos han ardido, una sesión de abdominales hasta que no he sentido el estómago, y una de spinning, hasta que he pensado en darle un toallazo a la profesora para que dejase de gritar: "6 puntos de resistenciaaaaaaaaaaaaa arribaaaaaaaaaaaa esas piernaaaaaaaaaaaas". Joder que piernas ni que piernas, si a esas alturas eres una camiseta sudada y maltrecha. Es duro compartir la clase de spinning con 4 hombretones que sudan más que tú, e intentar no quedar a la altura del barro.

Si hay algo que parezca imposible es que una sauna te pueda quitar ese cansancio físico. Lástima que no existan saunas capaces de estabilizarte emocionalmente. "Haga desaparecer su tristeza a 80º" Porqué coño no se dedicarán a inventar cosas así en lugar de vaporettas ponti. Claro que entonces la vida comenzaría a parecernos tremendamente aburrida, tremendamente insípida, tremendamente igual a la de todos. ¿Y que sentido tendría entonces viajar a Budapest y contemplar el Danubio mientras aflora la tristeza? Absolutamente ninguno. Me gusta la nostalgia, me gusta ser capaz de estar triste. Me gusta porque puedo escuchar a Sigur Ros y sentir que los violines te arañan, me gusta ver Azul y jugar a adivinar emociones en el rostro de Juliette Binoche. Me gusta Budapest porque son dos ciudades hermanas separadas por un rio, pero indivisibles. Me gusta pensar que aunque lejos, están cerca.