Los últimos días han venido marcados por acontecimientos o descubrimientos que me recuerdan que el tiempo pasa, inexorablemente.
Recibí un escueto mensaje de móvil donde mi amiga L. me comunicaba fecha de su boda. L., a la que recuerdo comiendo plastilina en la guardería, bocadillo de mortadela cuando todavía no sabíamos recitar la tabla del 9, la que cogió su primera borrachera a base de agua de valencia adulterada. L. trabaja en una empresa que fabrica electrodomésticos, y la considero afortunada porque puede disponer gratis de esos innovadores hornos de carrito extraible. Vive sola en un piso que era de sus padres y que ella compró, independizandose y ofreciendome con ello un agradable lugar donde es posible cenar a las 5 de la tarde y desayunar a las 6 de la madrugada, sin que nadie te pregunte.
Es curioso como una cosa tan común como una boda se convierte en algo tan ajeno cuando se trata de un amigo. Me pregunto si en esa extrañeza no residen también grandes dosis de nostalgia y un amplio complejo de Peter Pan. ¿Es que hay alguien que quiera renunciar al niño que lleva dentro? me parece tan tonto como preguntar si hay alguien a quien no le gusta la nieve.
Por cierto, he copiado a mi amigo G. en la acertada decisión de poner las iniciales. Para el que quiera comprobarlo que se dirija a este estupendo blog.
El segundo llega en forma de golpe directo al estómago, o bocado a la yugular, o fiebre que sobrepasa los 39º. Es curioso la cantidad de uniones lingüísticas que puede uno imaginar para expresar el impacto de la cosa más insignificante. Para mi no se trata de algo insignificante. Y vuelvo a ver como planea encima de mi la sombra de Paul Auster, las casualidades, los debates inútiles y esa pereza que no me sacudo desde hace 10 años.
Todo porque una tarde paseaba sin rumbo por el centro de Zaragoza. Después de pasar más de una hora en la Fnac, intentando decidir si el dependiente era idiota o simplemente era idiota al cubo cuando intentó explicarme porqué la pobre Lucinda Williams boqueaba como pez fuera del agua en un maldito stand de pop/rock internacional, compartiendo mantel con Robin Williams en lugar de convivir tiernamente e irse a cabalgar por Louisiana con Mary Gauthier en la maravillosa sección de country, country-rock, neo-country o como demonios quieran llamarla, siempre medio vacía, siempre descorazonadoramente pérdida.
En ese momento me dieron ganas de que todo se detuviese y disfrutar de un momento surrealista que podría encajar en una película de Michael Gondry:
Si vives en el profundo sur de los Estados Unidos sólo tienes dos caminos, el bien o el mal. O te conviertes en un devoto servidor del Dios más severo, o en un criminal. La iglesia o la cárcel, no hay otros escenarios posibles. A pesar de esa aplastante evidencia, hay una tercera vía, la artística.
Con mi ego dolido y mis euros casi intactos caminé hacia la calle Blancas, esa calle perfecta que tenía un café perfecto al que sólo le molestaba el nombre, El Sol. Desde que ha sido tomado por el reggaeton y la salsa ha eclipsado a otro café de cinematográfico nombre: El ángel azul, así que necesitaba mi milagro particular para tener una razón por la que volver a esa calle. Un milagro de la altura del último libro de Jeffrey Eugenides. Y entonces, al llegar casi a la esquina allí estaba, perfecta, la librería de mis sueños. Creo que tuvieron que ver la batalla que se libraba en mi interior. El deseo de entrar y preguntar, de comprar esas piezas exquisitas que tentaban al ciudadano, y o salir corriendo y calmar a mis voces interiores, las que desde hace tiempo me vienen pidiendo auxilio.

Los portadores de sueños, se llama. Una pareja joven, muy joven, que se ha lanzado a la aventura con una librería con escaleras, con planta superior, donde te espera una cafetera para que tu mismo te hagas un café y lo degustes mientras ojeas los libros, comodamente sentado en las butacas y sofá que han instalado.
Me batí en retirada, intimidada por esa pareja que me miraba desde su reino conquistado con aire de preguntarse porqué alguien puede permanecer más de cinco minutos mirando el escaparate. En cuanto tenga bien mi pie he de volver y tomarme un café mientras paso tres navidades en compañía de Quim Monzó, permanezco un día más con vida de la mano de Ryszard Kapuscinski o decido permanecer en el mundo de ayer con Stefan Zweig.
De entre los titulares que llenaban la portada del periódico uno ha conseguido cautivarme, por encima de esas once esquelas que a partir de hoy pasan a engrosar el número de muertos: 42.500 almas en el desierto. Lástima que sólo se trate de una reseña acerca del Monegros Festival. 42.500 personas en un festival que cumple su séptimo año de vida, un fesitval donde el sol no perdona, el termómetro amenaza con desbordar todas las escalas que pudieran inventarse y que año tras año sigue imparable, ascendiendo. Casi me ha sorprendido más que los yogures de aloe vera que ha traido mi madre, adquiridos en ese ya mítico espacio de precios ultra-competitivos y cero de en decoración llamado Lidl, que me hacen preguntarme si me suavizarán el estómago como si hubiese ingerido tres botes de norit. Y todavía me pregunto si serán prebióticos, probióticos o simbióticos.
Bueno, Los portadores de sueños sin duda es una gran librería, pero la que tú tienes en mente es mucho mejor, estoy segura.
Entiendo la sensación, duele darse cuenta de que se te han adelantado, que tú aún no has osado estar allí en lugar de esa pareja.
Pero nunca es tarde si la dicha es buena...
Lo se. Uno no puede quejarse cuando no hace nada para cambiar las cosas, pero si no no seriamos humanos. Es que es tan bonita, y tan parecida a lo que me gustaría.
Si vienes a Zaragoza te voy a llevar
Para el texto en cursiva recomiendo el apoyo incondicional de 16 Horsepower. No es que sean los primeros en exprimir el sucio sur, véase Muddy Waters, pero bien da una idea próxima para jovenes corazones occidentales.
Por cierto y aunque no venga al caso, muerte a Auster.
Hay mucha gente que renuncia al niño que lleva dentro y que ven la nieve como el engorro que les hace llegar 1 hora tarde al trabajo. El problema es que son mayoría. Nos invaden!
Ya has visto que G.(el truco de las iniciales me gusta, siempre que no se inunde el texto de iniciales y sólo tengas 1 o dos personajes) tiene direcciónb egocéntrica propia sin typepad.
me encanta tu blog, y ya van tres blogs (gonzo,troutman y el tuyo) que tengo que leer a cada actualización que hagais.
un placer y una lección diaria, gracias...
"...esa calle perfecta que tenía un café perfecto al que sólo le molestaba el nombre, El Sol".
¿Es algo molesto que se llame "El sol"?, ¿Por qué?.
Disculpad, ¿sabeis cuál es la dirección
del blog de Troutman?
Gracias.
Bloggero, tienes el enlace al blog de Troutman en la sección de enlaces de este blog, donde pone "l increible mike". Ese es su blog, altamente recomendable.
"El sol" me molesta porque esa calle me es tremendamente meláncolica, y jamás la hubiése llamado así.