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La Coctelera

Las cosas que nunca mueren

Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Cine, libros, música, neurosis y confusiones mentales

Categoría: Ficción

27 Julio 2005

Yo también fui un hipster (I)

A los tres años de edad, no cuatro ni dos, sino tres, Marcus miró a su madre y le dijo: voy a ser el motorista de las estrellas. Ese era Marcus, un niño marcado a fuego con un nombre sueco viviendo en Arizona.

Marcus no era un niño normal. Cuando tenía un año comenzó a pasar largas horas sentado viendo en televisión todas las películas en blanco y negro que pasaban. Era ver aparecer esos fotogramas carentes de color y gatear entusiasmado. El símbolo TCM en la pantalla se iluminaba para él como un semáforo encendido, y gorjeos de satisfacción salían de su boca ante la bella imagen de una Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma.

Cuando cumplió dos años Marcus hacía gala de ser todo un carácter. se comió las dos velas de su tarta de cumpleaños, y cuando le preguntaron como se llamaba, contestó que no tenía un nombre especial, simplemente se llamaba Marcus, un nombre que al menos no le hacía sentirse ridículo.

Todo el mundo parecía darse cuenta de las extraordinarias facultades de Marcus. Todos, excepto sus progenitores. Su madre cultivaba grandes orquídeas en un invernadero, que luego exportaba, y su padre traducía textos desde el ordenador de un viejo sótano en la casa. Marcus creció así en compañía pero irremediablemente solo. Una madre demasiado ocupada en cultivar la orquídea perfecta y un padre muy ocupado en las traducciones al hebreo. Marcus pensaba que sería bonito no establecer reglas, y traducir orquídeas al japonés, pétalos de orquídeas llenas de bellas traduciones y haikus, mientras un texto de la cultura judía crecía en una maceta hasta llegar a formar un libro semejante a la Torá. Por las noches, cuando todo el mundo dormía, paseaba en el invernadero, recitando todos y cada uno de los nombres técnicos de las orquídeas, y después, violando la intimidad de una contraseña carente de originalidad (****), accedía al ordenador de su padre, donde además de los textos traducidos al hebreo pervivían las ilusiones muertas de toda una vida.

A los 6 años Marcus entendía que aquellas personas nunca le darían lo que necesitaba, pero cuidó de ellos, creció como un buen hijo, pasó las paperas, perdió dientes, se peleó en el colegio, ganó un premio por un proyecto de ciencias y empezó a salir con una animadora. Todo por el bien familiar y el de la mismísima Arizona.

El mejor amigo de Marcus se llamaba Tim, obsesionado por las películas en blanco y negro. Tim era la Audrey de Marcus. Así, Marcus, Tim, y Audrey, conformaban los lados de un triángulo imperfecto que volvía perfecta la vida de ambos. Audrey siempre tenía el jersey que Marcus necesitaba cuando tenía frio, la frase exacta, las bolsitas de mostaza en el bolsillo. Pero Audrey murió el día en que se marchó a lomos de una Harley y cedió su jersey, sus bolsitas de mostaza y sus frases perfectas a un doble de Michael Paré en calles de fuego. El mismo bigote y la misma afectada manera de imitar a un hombre que lo ha perdido todo.

Ese día Marcus destrozó todas las orquídeas, y en su imaginación borro aquellos haikus, todos los poemas que había escrito a tinta en cada uno de sus pétalos. Derribó todas las macetas que contenían aquellos textos. Aquel día abandonó aquella ciudad y como Lot, no miró atrás. No se convirtió en estatua de sal, no quedó atrapado en el viejo sótano familiar.

Marcus no iba solo, sino con Dust, el viejo corvette de su padre, un corvette de color azul. El viejo Dust tenía un pie en la tumba, y una tos de ultratumba, pero unas cuantas millas bastaron para que Marcus sintiese que estaba destinado a acompañarlo hasta el final de su viaje.

Tomaron la ruta 66, lo que sobrevivía de ella. Demasiadas lecturas de Kerouac. Marcus no podía dejar de sentirse como Dennis Hopper pero sin algo entre las piernas. Los largos kilómetros de este símbolo americano desfilaron ante sus ojos con orgullo, con una dignidad que sólo tiene quien se sabe eterno e indestructible, aunque un día lo sea sólo en la memoria. Nada mejor que miles de kilómetros y la promesa de llegar al desierto de Mojave para empezar a sentir que ahora tu vida ya es un poco menos la de los demás y un bastante la que habías perseguido.

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