Ante los contínuos problemas y el spam que asola últimamente este sitio, Las cosas que nunca mueren se muda a :
http://mismanitasdevelcro.wordpress.com/
Gracias!!
Ante los contínuos problemas y el spam que asola últimamente este sitio, Las cosas que nunca mueren se muda a :
http://mismanitasdevelcro.wordpress.com/
Gracias!!
El despertador no ha sonado. No hay luz en la habitación. ¿Qué hora es? ¿Qué día es?
Tardo unos minutos en darme cuenta de que no han transcurrido años desde ayer, que solamente han pasado unas horas. Las cortinas siguen cerradas, dejando tras el ventanal al resto de la humanidad. Quiero quedarme aquí un rato más, entre las sábanas, aspirando el olor a suavizante, que contrasta con el olor a tabaco que desprende mi pelo. La suavidad de las sábanas me hace pensar en la cantidad de cosas que recordamos por un sentido concreto. La voz de mi padre cuando se enfadaba. Los pliegues alrededor de la boca de mi madre cuando sonreía al ir a recogernos al colegio. El sonido del fluorescente de mi cuarto de estudiante, donde pasé tantas horas. El olor a manzana que siempre desprendía Valentina, la rugosidad de los codos de Mario, los pies hundiéndose en la nieve en aquel viaje a Dinamarca, los fuertes abrazos de mi último amante en el andén de la estación de Atocha, la cinturilla de esa falda que me aprieta, los roces buscados en el autobús de camino al trabajo, las voces monótonas que anuncian la salida de los trenes en la estación, el cerco que deja el vaso de café con leche en la mesa de mi despacho, tan perfecto, tan imperfecto, tan imperecedero.
La fiesta de ayer fue un auténtico desastre. Mi vestido de 300 euros no acabó en el suelo de un hotel caro, arrugado de cualquier manera. No hubo una habitación 305 cargada de olor a sexo, ni cristales empañados, ni tampoco sexo apresurado y doloroso en un ascensor parado entre dos pisos. Me recuerdo a mi misma sentada en el largo sofá, entre aquella gente desconocida, anónima, dormida. Mi ingenio desaparecido, sepultado por un vestido demasiado caro que me disfraza. Apenas lo vi, sepultado entre aquellas personas que no me interesaban nada, secuestrado por artistas, por lolitas treinteañeras, y sobre todo, por el tipo aquel que no se despegaba de él. Apenas pude dirigirle un par de frases estúpidas. “Estás preciosa esta noche”, me había susurrado él al llegar. “Gracias, tú también”. Me sentí increíblemente estúpida tras pronunciar aquellas palabras atropelladas. Él me había mirado, con una sonrisa irónica colgada de la boca, como analizando que había tras aquellas palabras, sopesando si merecería la pena intentar descubrir algo más de aquella amiga de su novia, de la que sólo sabía que vestía bien, que odiaba las ostras y que era una apasionada de Haydn y el rock sinfónico, que tenía en su casa un Giacometti original y que le gustaba ir sola al cine. Sintió que él miraba su nuca, que bajaba su cremallera de 300 euros con la mirada, que se detenía en el sujetador invisible, que medía su cintura con aquellos rayos X que a ella le parecían tan sexys. Desapareció entre la gente, los canapés y las charlas fútiles.
Volvió a verlo al final de la fiesta. Intercambiaron unas palabras, sus manos se rozaron en el marco de la ventana cuando él se acercó a decirle que escogiera una canción de despedida. Ella eligió, conscientemente, “L’encontro improwiso”, la ópera que sonaba en la exposición cuando los presentaron por primera vez. También fue la primera vez que el tiempo se detuvo, se hizo tan denso y tan corpóreo que pensó que podría atravesar el espacio. Durante días pensó que una enfermedad degenerativa le estaba haciendo perder visión lateral, hasta que comprendió que su mente había borrado todo lo superfluo para centrarse exclusivamente en él, y colocarlo directamente en su centro de visión. Como un disparo de precisión, una diana iluminada, un altavoz atronador resonando en su cerebro. Ni siquiera el éxtasis que había tomado ocasionalmente le había provocado una sensación tan maravillosa y tan cruel al mismo tiempo.
Vuelvo a aspirar con lujuria el olor a aquel sucedáneo del sexo que no he tenido, que quizás jamás tendré. Descorro las cortinas, y Madrid me parece sucio, caótico, como todas las copas apiladas en el fregadero de su casa, de la casa que comparte con Nuria, mi amiga, mi hermana del alma, a la que se que acabaré traicionando, a la que ya he traicionado. La culpa es de Haydn, de las malditas exposiciones del Círculo de Bellas Artes, de los cigarrillos, las películas románticas que acaban bien, de su voz, sus camisas negras y las arrugas de sus manos.
Recuerdo su mirada encendida cuando traspasé el umbral de su casa, cuando estaba esperando el ascensor, la puerta de su casa todavía abierta, despidiendo a los últimos invitados. Nuria le besa en la boca pero él me mira a mi, y el tiempo se vuelve a detener. Pero el romanticismo se ha ido a la basura, y ahora sólo queda el deseo, la urgencia de tener lo que el vestido de 300 euros no puede saciar.
Me levanto, preparo café. Destierro a Haydn al fondo de la librería, castigado por la Santa Inquisición del apartamento 12 de Recoletos 129. Y fumo, fumo mucho, fumo en blanco y negro, me fumo todos los momentos de la mañana, y luego de la tarde, y me dedico a no hacer nada, a recrearme y a retorcerme como una gata en celo agazapada en el sofá, esperando lo inevitable, esperando que el teléfono suene, y que el círculo se cierre.
Hay algo reconfortante en saber que hay cosas, que nunca cambiarán. Como el olor de la cena de Nochebuena en casa de mis padres. Hay algo inherente al ser humano que le agarra insistentemente a los recuerdos antiguos, a las cosas que una vez le hicieron feliz, a la memoria impoluta y a los recuerdos idealizados.
Hace escasos días leí una interesante teoría acerca del dolor acerca de las cosas perdidas. Según este famoso antropólogo, la gente, ante la cercanía o la suposición de una ruptura, elabora un dolor más imaginario que real. La gente eleva al cubo un dolor que luego, cuando llega la ruptura, no es ni tan fuerte ni tan intenso, ni tan largo. Y que la gente predispuesta a imaginar el dolor ante una ruptura, la vive con mucho más dolor que aquellos que jamás pensaron en ella.
Así que supongo que para este señor, la clave está en no pensar jamás en aquello que no sea el presente. Deberíamos borrar entonces cualquier recuerdo que nos condicione en relaciones, afectos, vínculos sociales, en la búsqueda potencial de un trabajo, en una mudanza. Y deberíamos ser capaces de no intentar jugar con el futuro, no intentar adivinar qué va a ocurrir, no preocuparnos por lo que todavía no ha sucedido. Inevitablemente, soy de esas personas que intentan no pensar en el futuro, sobre todo, de un tiempo a esta parte, pero tampoco quiero renunciar a soñar o hacer planes.
Estos cuatro días festivos han sido días de excesos. Excesos gastronómicos, excesos de momentos familiares bien recibidos, de gastos a golpe de tarjeta, de carreras en busca de regalos. Como si la Navidad tratase de compensar la falta de tiempo, de palabras, o incluso de instantes que dejamos escapar por falta de tiempo a veces, por pereza otras, durante el resto del año.
Y ha sido un exceso de cine en versión original, variado y acertado:
En estos días he visto:
-El pájaro de la felicidad, de Pilar Miró, en el que una mujer se busca a si misma y se destapa como una mujer imperfecta y hasta de buenos sentimientos tras haber sido una hija de puta.
-No sos vos, soy yo. En el que un hombre se busca a si mismo tras la ruptura con su pareja, que le engaña con otro a los dos días de casarse. Al final el que parece encontrarse a si mismo es el psicólogo.
-Como ser John Malkovich, de Spike Jonze, en el que cada uno se busca a si mismo y es tal el caos que al final no sabe uno donde se ha metido.
-High Art, de Lisa Cholodenko, en el que una editora de fotografía y una fotógrafa acaban encontrándose a si mismas y descubriendo que las mejores fotografías son aquellas sin cualquier signo de impostura, pero en las que parezca que estás posando.
-Velvet Goldmine, donde varios personajes de nuevo se buscan a si mismos, pero todo ello adornado con brillantina y la música de T-Rex y Bowie sonando por los altavoces.
-Días de vino y rosas, de Blake Edwards, aplastante película en la que dos buenas personas se pierden y sólo una llega a encontrarse, dejando al espectador con la lágrima colgando y la sensación de que el suelo es frágil y todo lo que ha construído una persona se puede perder fácilmente por una debilidad.
Al final, todo parece ser cuestión de perderse y encontrarse. Yo todavía no sé quien soy. La bibliotecaria responsable? la impostora de escritora frustrada? la librera otra vez frustrada? la amantísima cocinera? la corredora de fondo? la hija mayor obligada a cumplir el prototipo de hermana obediente?
Viendo Retorno a Brideshead hace unos días decidí que no estaría mal ser Julia, la hermana mayor del oligofrénico Sebastian. Amada por Jeremy Irons, viviendo en una mansión con jardines y fuente con chorritos y vestida siempre a lo años 20. Y sobre todo, indolente, soñadora, y con una perpetua sonrisa en la boca. Aunque no pueda llevarle la contraria al antropólogo tocapelotas, porque cuando Julia empieza a preocuparse por el futuro, en un rendez-vous imaginario, se vuelve un ser desdichado y hace lo que mucha gente que sufre una particular enfermedad, matar el dolor antes de sentirlo. Abandona a Irons, abandona su particular sonrisa y se recompone fría como un tempano, por el miedo a sufrir, el miedo a que la felicidad se acabe, a que el suelo se hunda, a que la brillantina pierda el brillo y la música llena de energía de T-Rex se transforme en la marcha fúnebre de Chopin. Una manía de algunos seres humanos que incluso ahora, en Navidad, se resisten a abandonar.
El frío no da tregua. Llevamos una semana en la que el mercurio apenas se atreve a subir durante el día hasta los 4 grados sobre cero, para bajar despiadadamente hasta los -6 durante la noche. Este fin de semana no iba a ser una excepción, así que servidora, bien apertrechada de ropa de abrigo, le ha plantado cara al frío no dejando que le arrinconase en el hogar.
Me encanta hacer compras de Navidad. Bueno, no nos engañemos. Me encanta hacer compras, sin más. Por gustar, me gusta incluso ir a comprar al Mercadona. Me gusta mirar los productos, comparar ingredientes, sorprenderme cada semana con productos nuevos que van lanzando. Y me gusta cotillear que compran otras personas. El viernes acabé visitando un espacio que han abierto en Zaragoza hace escasos meses, una especie de "espacio de encuentro de diseñadores y exposición de tendencias", muy al estilo de Barcelona o Madrid. Yo creo que tiene los días contados en Zaragoza. Ropa de gente desconocida a altos precios, objetos de menaje a precios de Alessi. El sitio se llama Eslab: http://www.eslabshop.com/,os invito a que lo visitéis en un próximo avistamiento a la ciudad. Lo que me mata de estos sitios es que siempre tengo la impresión de que los dueños, o los dependientes, te miran con cara de suficiencia. Además, girar las etiquetas de los precios en Zara no queda mal, pero en estas tiendas siento que ellos te miran como pensando: "Esto es diseño, no te tiene que importar lo que cuesta, porque lo que vas a comprar es arte". Así que volteo las etiquetas tímidamente y casi sufro un colapso cuando veo que una tetera que me ha gustado cuesta casi 300 euros. Ni que esto fuera Vinçon y la calle San Vicente de Paul el Paseo de Gracia.
En la parte antigua de la ciudad compro unos guantes para mi madre en una tienda de guantes de toda la vida. Esto es como la frutería del barrio, sabes que es más caro pero que la calidad es mejor. O a lo mejor estoy haciendo el primo, pero me voy de Guantes Sancho sabiendo que si salen pelotillas siempre me puedo escudar en aquello de "pues eso que son buenos". La calle está atestada de gente, y ya tengo mi regalo para el puñetero amigo invisible que se la ocurrido hacer a una de mis amigas.
El sábado tengo cena y después de unas ensaladas y bocadillos en un bar irlandés nos vamos al concierto que ofrecen los Green Apples, un grupo zaragozano formado en 1990 cuyo repertorio se basa íntegramente en temas de los Beatles. El local en el que tocan se llama The Cavern, y para la ocasión han dispuesto mesas bajas con manteles negros, velas. Se supone que el concierto de esta noche es un homenaje a temas de Lennon. Los tíos son buenos, y durante casi tres horas desgranan un repertorio en el que, como luego les reconozco, suenan muchos temas para mi desconocidos. El cantante me explica algo sobre que los temas de Lennon, son más fáciles de descomponer aunque las composiciones parezcan más difíciles de componer que las de McCartney. Como no quiero parecer estúpida hago que lo he entendido. De hecho, creo que lo he entendido, aunque la verdad, es que después de la gloriosa frase de mi amiga francesa cualquier cosa que diga quedará bien:
-¿A ti te gusta esquiar?
-"Yo estaba buena", responde. Y es que después de dos años la pobre todavía confunde ser y estar. Pero como es francesa, y rubia, y además encantadora, todos nos reíamos, con ella, no de ella. Así que yo hago que entiendo perfectamente lo que me cuentan de los Beatles y coincido en que el Abbey Road es un disco poco apreciado por el gran público. Soy la impostora de las impostoras.
El domingo, tras comida familiar, Krys y yo nos vamos al Cine Eliseos a ver "Deseo, peligro", de Ang Lee. El cine Eliseos ya en sí es un bonito preludio a la película. Siempre me ha parecido más un teatro que un cine, con bonitos frescos y lámparas de cristal, columnas, y máscaras adornando las paredes de acolchado. Es el único cine de una sola sala que queda en Zaragoza. No sé ni como se financia, esa es la verdad.
Ayer había overbooking para ver la de Lee, y la media de edad digamos que estaba por encima de los 40. La película de Lee, y no diré demasiado para los que vayan a ir a verla, es buen cine, como casi todo lo que toca este hombre. De hecho, hay muchísimo oficio en ella, y una buena historia, y unos actores estupendos. Casi diría que de hecho, la actuación de los dos protagonistas es lo mejor de la película. Pero la película y la historia calientan, pero no queman. Así como Brokeback Mountain me removió entera y me hizo daño, esta película me ha dejado con la sensación de que esta vez no hay herida. Si tuviera que ponerle un adjetivo la definiría como tibia. Y a mi las medias tintas me decepcionan en cierta manera. Aún así es una muy buena película que muestra una vez más que el señor Lee está muy por encima de muchos directores actuales.
Vayan a verla, a pesar del frío, o precisamente por ello, que en el cine se está muy calentito .
Cuanto tiempo sin escribir, demasiado. He constatado que la pereza de un día lleva a la pereza del otro y no puede ser. Tengo que encontrar tiempo como sea, pero los cursos de las últimas semanas han alterado mi ritmo de vida "normal".
Cosas o acontecimientos reseñables de las últimas semanas:
- He descubierto que hago una "respiración abdominal", lo cual es correcto y se supone que tengo una edad física de 20 años, por el número de inspiraciones por minuto. Entonces, por qué no alcanzo a tocarme la punta de los pies al agacharme?
- Mi padre sigue un proceso inverso a la mayoría de la gente que envejece. Siempre ha sido desprendido, pero ahora estamos que lo tiramos! Viajamos a Granada en compañía de mis padres, y en tres días apenas conseguimos pagar una ronda de tapas. Es cierto que a ellos el esfuerzo económico les es considerablemente menor, pero tampoco hay que olvidar que mi abuelo paterno guardaba religiosamente cientos de gorros de baño recolectados por hoteles de Benidorm, patillas de gafas, cientos de estropajos que durarán generaciones. Acumulaba cientos de cajas de ibuprofeno, supongo que ahí la culpable era mi abuela. Cuando murió, hace dos años, mi padré sufrió un fuerte shock al descubrir que su padre tenía cierto "síndrome Diógenes" en forma de miles de cachivaches escondidos en un trastero al que él hacía años que no pisaba. Mi abuelo había sido panadero, digo yo que ya podía haberle dado por pasar su jubilación haciendo encanelados en lugar de reconstruir las gafas perfectas.
Por cierto, Granada sigue siendo una de las ciudades más bellas de España. Oriente, Occidente, perroflautismo, cierto aire de gente de ida y vuelta, trasnhumancia humana, olor a especias, frío húmedo, calles empedradas que te permiten contemplar la Alhambra. Mi hermano se ha instalado en el Albayzín, en una casa de 40 metros cuadrados en la que hay que descalzarse para pisar el salón decorado por Ikea. Y hasta tienen una azotea para subir a tender la ropa. Creo que el año que viene, cuando cambien Granada por Salamanca o Cádiz, e incluso por La Laguna, van a añorar los despertares nazaríes.
En Granada nos dedicamos básicamente, a comer, beber, reir (todos) y fumar (ellos). Y a hacer kilómetros y kilómetros de autovía por Despeñaperros y el polígono de "Peligros", gran nombre para una película que seguramente rodaría Miguel Albadalejo o Benito Zambrano y que trataría sobre una mujer ya madura, con un hijo recién salido de la cárcel, que trabaja en el polígono en una fábrica de colchones de látex, que come bocadillo de choped y que vive la vida como una segunda oportunidad. La madre a la par se enamora de un transportista que trabaja donde el hijo, y ambos viven este nuevo amor "maduro" con entusiasmo, y el transportista la lleva en el camión por esas carreteras plagadas de olivos, mientras suena Melendi o El Barrio de fondo. O Bebe, que las cosas siempre pueden ir peor.
Y tras el fin de semana granaíno, Barcelona. Visita rápida a hermano y amigos, mucho frío, pizza en casa, Persépolis, sesión maratoniana de la décima temporada de Friends, que no había visto completa, y vuelta a Zaragoza. Y una semana relativamente tranquila, tras las tres últimas semanas. Tengo un año más, se me desactiva la visa, Endesa quiere venderme un seguro hogar que es la panacea, pierdo un décimo de lotería y he de volver a comprarlo, se me ocurre ver "Carmen" de Vicente Aranda (gran error), tengo cena de cumpleaños atrasada con amigas, que sorprendentemente me regalan un kit de decoración navideña para mi casa, en el trabajo se baraja ir a un chino guarro para la cena de navidad, y Bankinter me obsequia con la posibilidad de hacer una primitiva desde casa.
Está acabando el 2007 y puedo considerar que ha sido un buen año: he aprobado las oposiciones, Krys ha encontrado un buen trabajo, por fin vivimos juntos, sólo he tenido dos episodios hipocondríacos y hasta se pudo hacer una mini-reunión riffer. Ahora a por Casa-Bara, o lo que se tercie.
Deuda pendiente: leer todas las actualizaciones de vuestros blogs, que además hay muchas ganas.
Ayer por la noche volví a ver La última noche, sin duda, una de las 10 mejores películas que he visto en los últimos 5 años. Y sin embargo, el impacto fue menor. Quizás por aquello de que las primeras emociones siempre dejan un recuerdo más vivo. En un momento de la película los amigos de Monty hablan de que tras esa última noche, todo acabrá. Jamás volverán a verlo.
Hay veces en que conoces a alguien y sabes que será efímero, durará poco. La película me hizo acordarme de Isabel, una amiga de la universidad a la que hace 5 años que no veo, pero con la que me escribo cartas esporádicas.
Isabel y yo nos conocimos como se conoce mucha gente, tras años de vernos en clase, sin hablarnos, sin saber nada la una de la otra, sin saber reconocer esa conexión especial que una persona establece con un potencial amigo. Yo conocía a Pedro, amigo de Isabel, y sabía que estaba enamorado de ella, hasta los huesos. Pedro era muy alto, jugaba al baloncesto, pero sin duda, era un chico tremendamente feo, de barbilla muy pronunciada, orejas enormes, y muy desgarbado. Todo ello lo suplía con una inteligencia brillante y un sentido del humor muy rápido y bastante negro. Isabel, desconociéndolo, o sabiéndolo, ejercía de mejor amiga de Pedro, al que le contaba sus inquietudes sentimentales, destrozando el corazón del chico, que le dedicaba sus canastas en los partidos del instituto. Isabel tampoco era muy guapa, pero él la quería y eso le bastaba. Obviamente, la carrera terminó y Pedro e Isabel siguieron siendo amigos. Para entonces, ella y yo, apuntadas a un mismo curso de francés, nos habíamos hecho amigas. Isabel se marchó a trabajar al extranjero con una beca, a París, concretamente. Pedro, impulsivamente, buscó trabajo en aquella ciudad tan inhóspita como bella siguiéndola, algo que Isabel interpretó como algo ridículo e incluso agobiante. A los meses de su estancia en París, Isabel hablaba como una verdadera francesa, trabajaba como documentalista gráfica en Renault y se había enamorado de Youssef, un chico árabe que trabajaba como ingeniero en la Renault. Pedro, desesperado, me escribió un largo mail donde me contaba que Isabel se había vuelto loca, que iba a casarse con el tal Youssef y que tenía que hablar con ella. A día de hoy Isabel y Youssef llevan 5 años casados, tienen una hija y viven en Burdeos. A Pedro le ha crecido más la barbilla, si todavía era posible, está más feo, si todavía era posible, y está más solo, aunque sigue manteniendo su sentido del humor, doy fe de ello y de los monólogos que alguna vez ha desgranado en un conocido bar zaragozano.
Isabel se ha convertido en una verdadera señora francesa, mientras que mi amiga la francesa, la diseñadora industrial, sigue manteniendo su charme francés pero cada día maneja mejor la jerga maña. Creo que no va a volver a Francia, ya que el mayor vínculo que mantenía allí se llama Antonin, un imbécil redomado que la lleva a bodas en palacios y a cruceros pero que no sabe comer jamón con los dedos ni decir Saragosse. Creo que Antonin no volverá a ver a Solenn. Creo que Pedro no volverá a ver a Isabel. Creo que es posible que Solenn y Youssef se conozcan porque ella estuvo un tiempo trabajando para la Renault en París. Creo que a Pedro, le crece el mentón cada vez que pasan un documental de París en la televisión o cada vez que Isabel le manda una instantánea de La Torre Eiffel para su cumpleaños.
Esta semana corro de campus a campus para hacer un enésimo curso de formación. Unos tres cuartos de hora de bus para hacer el recorrido, a las 4 de la tarde, en los que intento leer un artículo sobre los nuevos perfiles de la sociedad de la información, pero en el que acabo dormitando hasta casi pasarme de parada. Zaragoza está bonita, teñida ya de color rojo, y a esa hora el bus se llena de niñas con palestinos que van a estudiar filosofía, derecho, o químicas. Veo sus granos adolescentes y escucho sus conversaciones, y me siento mayor, vieja por momentos. Estoy cansada y eso que sólo estamos a miércoles. La energía adolescente de sus hormonas y los años que les quedan por delante me llena de una nostalgia momentánea que sin embargo pasa de largo enseguida. Dicen que la década de los 30 es la mejor para el ser humano, joven todavía, con ganas de hacer cosas, maduro, pero sin el bajón que todo el mundo dice que llega a los 40. Y eso que estoy convencida de que a los 40 seguiremos escribiendo en riff y soñando. Si la vida nos lo permite claro.
Mi curso está lleno de gente desencantada, hastiada, mustia, llena de problemas. Joder, ¡si son funcionarios! tienen un buen sueldo, trabajo para toda la vida. ¿Deberían quejarse como lo hacen?
Veo al típico que se acerca peligrosamente a la cincuentena, camisa ajustada dentro de un pantalón demasiado alto de cintura, que hace el curso porque "así me pagan". Veo a la megapija que va a saberlo todo antes de que el profe habla la boca y que seguro que también le gusta Jorge Bucay (luego me equivoco y le gusta más Coelho, y en mi maquinita imaginaria le asesto un golpe de puching-ball que le desmelena sus perfectas mechas). Veo la insegura, la que se sienta en la última fila y tartamudea al leer, pero que seguro que es una fan de las novelas de Galdós y en vez de a Bucay lee a Garton Ash o Noah Gordon.
Y de pronto veo al profesor, que os prometo que es un clon de Joaquín Reyes, incluso habla como él. A los dos días del curso estoy desencantada totalmente de él porque nos recomienda libros como "El alquimista" de Coelho, al que tengo una inquina sólo superable por Dragó, y nos manda leer en clase, como si estuvieramos todos en quinto de EGB. La gente parece fascinada mientras yo me callo mi opinión. Les pregunto si no creen que se parece a Joaquín Reyes y nadie conoce la hora chanante, ni muchachada Nui, ni siquiera han reparado en él en Camera Café. ¿Somos extraterrestres?
Critico a Coelho y creo que con eso ya me he ganado 3 o 4 animaversiones de mis compañeros, que leen con ansia esos pequeños cuentos "vitales" que adornan las últimas páginas del suplemento dominical.
Les digo que me interesan mucho más los temas de las enfermedades mentales, que el otro día tocamos de pasada, y me miran horrorizados. Quizá imaginan que escondo tendencias psicópatas. Me siento a veces una extraña, la gente desnuda su intimidad en este curso de manera alarmante, mientras yo siento que no aprendo nada, y me pregunto si el último día de curso debería pedirle al profe que nos gritase: "Lemoooooooooon". "Bono, Bono, hagamos merienda cena Bono". Que se joda Coelho.
Hay mañanas en que una compañera te enseña su nuevo Toyota Auris y hasta te entran ganas de aprender a conducir. En que otra te cuenta la marabunta del October Fest en Munich y te planteas una escapada para el puente de noviembre. Hay mañanas en las que hasta la bruma, la niebla, la contaminación, los atascos del Actur, los gritos, los móviles a todo sonar, te suenan a música, a algodón de azúcar, a anuncio ñoño de compresas con acento francés.
Y todo, porque la calma sigue a la tormenta. Una tormenta en forma de nuevo episodio hipocondríaco, de cuatro días exactos de duración.
Vas al médico por un análisis rutinario de control por la enfermedad que tuve el año pasado, y la doctora te dice que el análisis indica que hay inflamación. Tengo la espalda fastidiada desde este verano, tras la oposición, aunque el problema de lumbares (escoliosis dorso-lumbar y cifosis) lo arrastro desde hace unos 5 años. Y en lugar de pensar en un pinzamiento, una vértebra comprimida, o cualquier cosa meramente coherente, mi mente divaga hacia los cánceres óseos, que claro, también pueden originar dolor de espalda, cuando el cáncer ya está avanzado. Para quien no sea hipocondríaco quizás le resulte difícil ponerse en el papel. Tu cabeza sabe que si tuvieras una leucemia, o un mieloma múltiple, tan avanzado como para que te estuviese destruyendo los huesos de la espalda, no te dolería desde hace 5 años. Que tendrías leucotisosis, ferropenia, anemia perniciosa, habrías adelgazado y no te tendrías en pie, pero aún así te empeñas, te mueres, miras una página tras otra en internet cavando tu tumba. Y cavas la de al lado, porque Krys intenta llevarlo con humor, pero al final me dice, seriamente, que debería visitar a un psicólogo, y creo que tiene razón. Si a los 30 estoy así, no quiero saber lo que me pasará con 50. Total, que el médico me manda repetir la analítica, una radiografía de columna y la prueba de la proteína C reactiva, por si en vez de una lesión de la espalda tengo una enfermedad reumática o inflamatoria autoinmune. A cualquiera eso podría asustarle, pero al lado del cáncer todo me suena de nuevo a canción de anuncio de compresas, lo que da idea de lo mal que estoy.
El viernes nos fuimos a Barcelona, donde el paso de los días y las distracciones han logrado que pase mi episodio de pánico, al menos, momentáneamente. La cartelera se pone en nuestra contra, pero el sábado comemos y cenamos con nuestros amigos de allí. Comemos en el Flamant, un sitio elegante de cocina moderna pero a precios muy asequibles. A Krys le sorprende que esté lleno de pijos, sobre todo porque se supone que el tipo de gente que frecuenta al local a mediodía podría gastarse perfectamente 4 veces más en una comida. Eso ocurriría en Zaragoza, pero no en Barcelona, que es mucho más democrática.
Por la noche chino, y el domingo temprano vuelta a Zaragoza, tirados en el sofá, donde mi mente por fin puede disfrutar de una película sin que en su cabeza resuenen términos como "neuropatía periférica", "leucemia crónica linfocítica" o "discitis". Y aún así, termino viendo House, Urgencias, y pensando que sería bonito haber estudiado medicina, aunque hubiése terminado siendo ese cadáver con que todos los estudiantes practican la asignatura de anatomía comparada.